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Pies en la arena

En Copenhague viví por 4 años, hace ya casi 16. Hace un par de semanas regresé por unos días de visita, llevaba unos 7 años sin ir, y tuve curiosidad de revisitar épocas, amigos, recuerdos. Fueron 4 días lindos. Decidí ir sin mi esposo; habitación de hotel sola para mí, tele grande (que no prendí), room service (que no usé). Alquilé una bicicleta, como corresponde, y me adentré de lleno en un pasado que me conmovió. Lugares donde lloré mucho, reí mucho; lugares donde me rompieron el corazón, y me lo recompusieron también.

Al regreso, al poner pie en este monstruo de ciudad que es Londres, me sentí bien, orgullosa, incluso: I thrive and exist in this massive gritty real thing London is, me dije. En inglés, porque mi cabeza está revuelta.

Pero así es Londres, un monstruo enorme, que a veces viene con sus bondades, y a veces te da unas patadas en el culo, y te aborda una soledad tremenda, una soledad que ninguna otra ciudad en el mundo te puede generar.

Hoy es un día de sol, pero solitario, al menos aquí adentro. Me monto en un bus de dos pisos, arriba, y como protegida por una cortina tropical, observo el mundo, toda esa gente que no para, nunca, va de aquí a allá, de aquí a allá.

Voy hacia el este, el camino desde el suroeste de la ciudad es largo, lento entre las masas de tráfico que abundan a toda hora. Dos recuerdos, sin ninguna conexión, vienen a mí mientras reclino mi cabeza contra el cristal de la ventana.

En uno estamos mi marido Ben y yo en su apartamento esquinero en Copenhague. Son nuestros primeros días juntos, un destino incierto ya que nuestras visas están por terminar. El iría a Estados Unidos, yo de vuelta a Costa Rica. Nos tocamos con cautela, nos reímos mucho cuando dejamos de lado el papeleo, la migración; hacemos el amor un poco asustados, ¿podemos? ¿tiene sentido si viene un final? Ben tiene un bonsái en su ventana. No recuerdo si era invierno, u otoño, pero esos días en su cuarto los recuerdo luminosos. Y siempre, en todo momento, el aroma a pan fresco que venía desde la panadería de abajo; el aroma fresco que envolvía esos días tan extraños, tan confusos, y nosotros tan jóvenes, metidos ya en aquella historia.

El otro recuerdo viene casi seguido. De nuevo un viaje a solas, esta vez a Boston, ciudad en la que también viví. Una parada de camino a Costa Rica, ver a amigos, caminar por Harvard Square, pero sobre todo ver a Larry, abrazarlo; a Larry que siempre me quiere, que siempre me hace sentir bien. Larry terapeuta, pero en realidad, en mi corazón, Larry padre. Boston en verano es hermoso, la presencia del mar, de la sal, es ubicua. Tomo un taxi a Swampscott, donde vive él. En nuestras visitas semanales a su consultorio Ben conducía, y hay cosas, debo decir, que después de tantos años de matrimonio, he olvidado hacer sola. El taxi me deja en esa puerta a la que Ben y yo llegamos tan dañados, tan tristes, y por la que un tiempo después salimos mejor, conscientes de que la vida es trabajo; de que nada se nos da. Allí estoy de nuevo, en esa puerta, eléctrica de felicidad por ver a ese hombre-papá que me ha hecho creer que sí, la vida puede ser bonita, y sí, me merezco ser feliz.

No puedo decir que la charla con Larry fuera la charla con un amigo, después de todo hay una transacción económica al final, un pago por su tiempo, la escucha. Pero es algo importante, algo que no se siente como una formalidad más, para ninguno de los dos. Larry me acompaña hasta la puerta y me pregunta a dónde voy. Al mar, le digo, sin más. Te llevo, me dice Larry con esa enorme sonrisa suya. ¿De veras? digo yo, toda niña, toda emoción. Voy por las llaves. Larry regresa con las llaves en su mano, lleva chancletas, camiseta y jeans. Me pone la mano en el hombro y juntos nos montamos en su camioneta alta. El mar, ese Atlántico enorme que tantas veces vi cubierto de nieve y tempestad en aquellas visitas con Ben, está a pocos minutos. Le hago muchas muchas preguntas, no sé de qué, de todo, de nada. Es la primera vez que Larry y yo existimos fuera de su oficinita, que cruzamos el umbral de aquella puerta. Quiero que ese paseo en camioneta, jamás se acabe. Larry me habla, no sé de qué, la verdad. Llegamos, me dice. Y se parquea en una esquina. El Atlántico está hermoso, con un sol casi tropical derritiéndose en sus olas. Larry saca un confite, me lo ofrece. Ambos lo comemos en silencio, sonriendo y mirando las olas caer. Bueno, le digo arrugando el papelito. I love you, sweetie, me dice. I love very much. I love you too, Larry. Y la puerta se cierra, y mis pies descalzos se hunden en la arena fresca.

Ahora estoy en una esquina del Este, y Londres sigue allí, sucediendo como siempre.

Ojalá que el día que ya no esté aquí, en algún bus de algún lugar, un recuerdo cálido como los de hoy me asalte, y piense yo con cariño y añoranza en un presente que a veces, coño, no es tan fácil de calar.

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22

05 2018

Luisito

Me crié en un residencial de Cartago llamado González Angulo. Era un residencial lindo, tranquilo, respetable, en esta pequeña provincia del Valle Central. Empecé a vivir allí antes de entrar en mi etapa lingüística, por lo que el dicho: Residencial González Angulo, le pica el culo, me tomó por sorpresa. No arruinó mi experiencia de barrio, pero rompió algo de la inocencia del estar. Quizás empecé a prestar más atención a los elementos de ese ecosistema, quién es quién, a quién le pica el culo de verdad.

Las casas estaban construidas de modo estrecho, una a la par de la otra. No había sensación de intimidad, sino de chisme. A la izquierda de nuestra casa, si se ve de modo frontal, había una pequeña plaza de deportes-libertad, pero a la derecha, una familia, oreja a oreja. La mamá se llamaba Grace, el papá Luis, y el hijo Luisito, o Luis Manuel. Grace era una mujer menuda, silenciosa, creo que hacía trabajos en la universidad, y Luis, papá, yo no sé. Es uno de esos hombres ocupados, pero sin ocupación. Mató todas las culebras de río que aparecían en nuestra casa, las arañas enormes y peludas, nos enseñó cómo cultivar orquídeas, pero trabajar, lo que es trabajar; nunca lo vi. Mi mamá, psiquiatra, tenía hipótesis de una personalidad múltiple. Pasaron muchos años antes de que entendiera ese concepto, y luego no sé, ya era muy tarde para comprobar cualquier cosa.

No sé si era amiga de Luisito, o no. Era lo que se conoce como un nerd, un raro. Lo cierto es que, 20 años después, o más, escribo sobre él. La ventana del cuarto de Luisito daba a la calle principal, como la mía. Lo que yo hacía con esa ventana era: 1) darle de comer a gatos callejeros (mayoritariamente sin cola), 2) hacer pedidos de dulces en la pulpe, porque pasaba mucho tiempo castigada. La ventana de Luisito, sin embargo, y de acuerdo a mi recuerdo, estaba cerrada, ocultaba los tesoros que este niño de anteojos gruesos conservaba al interior de su habitación. A Luisito le cantaban la canción: gris, gris, el moco es gris, cuando se saca de la nariz.

Qué crueles pueden ser los niños, pienso ahora, qué facilidad de destrucción. Yo no sé si me gustaba Luisito, o no, pero sí que recuerdo, con ternura, calidez, la colección de cosas raras, innecesarias, que resguardaba en la oscuridad de su habitación. Las piedras, bichitos, disecciones, que parecían un norte de su existencia, un augurio de ese que un día llegaría a ser.

Es domingo por la noche en Londres, no muy tarde, pero parece que sí. La noche cae estos días a eso de las 6, y la oscuridad se alarga. Pasé una de esas veladas multilenguas, multiculturas; ese tipo de noche común a la persona que se aleja de un hogar biológico, y crea una casa alterna, con puertas y ventanas y paredes de distinto color. Una de esas noches de mundo, en las que se expande tanto una, que se llega a pensar en un momento, dónde está el centro, dónde estoy yo.

Regreso a casa, feliz y cansada; se pueden las dos cosas a la vez. Abro la computadora, el Facebook por inercia, y lo primero que encuentro, al azar, es el siguiente posting de Luisito, Luis Manuel:

No sé dónde esté, si está triste, o solo, o es un hombre feliz. Pero en esa foto, en esa nota, reconozco al chiquillo raro del González Angulo, a ese pequeño coleccionista centroamericano que décadas después sigue siendo el mismo, coleccionista de bichos, piedritas, y demás.

Miro la foto de Luis Manuel y siento con enorme alivio que siempre hemos sido quienes somos, que a donde sea, como sea, llevamos lo que nos hace la persona que siempre hemos sido. A veces me siento sola, en esta internacionalidad, en este intercambio de lenguas, pero en esta noche larga, encuentro consuelo en verme como aquella chiquilla que alimentaba gatos por una ventana, que probablemente admiraba de modo secreto a ese muchacho raro, solitario, que era capaz de imponerse al mundo, y hacer cosas pequeñas, llenas de placer.

22

10 2017

Businesswoman

My relationship with numbers has always been a difficult one. As a child, some of my darkest moments have to do with numbers: counting the hours till dawn in a sleepless night, imagining how zero, infinity, looked. I preferred stories. I used to write them, not sure how often but they stand out in the landscape of my childhood. There was a happy point growing up in which my mother was with a partner that made her happy, at least for a while, and together they invented a storytelling night, once a week. I am not sure how much it lasted, or what the others wrote, my mother, her partner, my brother; not even sure what I wrote myself. There is only this one story that remained in my mind, called The onion and the garlic. I was very young, perhaps seven, or six, and wrote this little story about a salad, and the onion and garlic that lived within. It was probably really silly, and I think I even thought so at the time, but through all these years, it has stayed. Not sure if the onion and garlic were friends, or hated each other, I kind of feel, as a hunch, that they were survivors, that they were trying to connect.

I have been never been good with numbers, so I chose Psychology, and cheated in every single exam that involved memory, mathematics and calculations. And yet, here I am, a businesswoman. It was a tittle that was hard for me to bear. Tittles in general are difficult for me, or have been. Being called daughter, wife, sister, it feels heavy, committal. Why not Sara, or just me? I studied Psychology but never ever liked to be called psychologist, and then I left Costa Rica and mutated into all those strange things that a person in exile, voluntary or not, becomes. I hung cheap stinky winter coats in the basement of a Copenhagen disco from 11pm until dawn, I cleared giant barbecue messes from Norwegian and Swedish tourists in a ribs place, I cleaned a Pakistani woman’s home, who offered me her second hand clothing and cleaning shoes, I attended with patience the angry calls of IBM clients while I sat in a desk, buried in the depth of the Scandinavian woods; and like this many other random jobs, that allowed me to drift, not commit.

In Boston I was first called Spanish teacher (the shivers) and then Project Officer. I liked those two tittles, but they didn’t bother me because they were things I could escape, if I felt like it. I could take a plane, fled, become a bum, or not. But then I came to London and without knowing it, planted all the seeds for this tittle: businesswoman.

However, my relationship with numbers hasn’t changed, and I cannot even picture what 60 square feet is, really is. It is hard, being a businesswoman without being able to understand what 60 square feet are really all about. Never before in my life have I loved and cared so much for anything like my business, Battersea Spanish, and yet numbers are hard.

I am not sure if I will ever become a mathematical woman. I am plus forty now, and I sort of doubt it. So, what to do? I am not too bothered with titles and names, in a different way than before, in a call me whatever you want way, that’s not the point. What I have always been good at, I think, is at striving to foster connections, human bridges, at fighting loneliness and lovelesness, which I think, in the bottom of it all, is what Battersea Spanish is all about. I lost a home many years ago, and that’s what I’m doing, building one; a warm, welcoming one, like a giant salad bowl, where all the little odd pieces come together, and live in harmony, no matter what. I think the onion and garlic loved each other very much, I think that’s what has stayed from the story, the love.

I am not sure how to be a businesswoman, to tell you the truth, and at times it’s scary, very much. For now, I will tell myself it is okay, what matters, what really matters, is to make the dream come true, regardless of what it takes. The numbers; perhaps they will come.

10

09 2017

Decay

Hoy me dio una tristeza enorme, que haga frío en verano.

Recordé un momento en la playa en Costa Rica, en Jacó, con mi mejor amiga, Antonieta. Era un viaje de despedida, el último viaje que haríamos juntas antes de que yo me fuera del país. Hace más de 15 años, y todavía no regreso. Nos quedamos en una cabina más fea que básica, en una parte del país que no nos gustaba a las dos. No sé por qué escogimos Jacó, o esa cabina algo triste, no sé tampoco de qué hablamos, si estábamos tristes, o evasivas. Lo que sí recuerdo como si fuera hoy, como si estuviera allí, es un momento, un momento en la playa, en el que yo me tiro sobre la arena, en un pequeño vestido de baño, miro primero al cielo, el cielo enorme y tropical, luego miro al lado a mi amiga Antonieta, fiel como un San Bernardo, estoica, y le digo: Anto, esto es la perfección. No hacía calor, ni frío, era un momento ideal, allí, sobre la arena, bajo el límpido azul.

Es primero de agosto y hace frío en Londres. Me pongo un vestido de lino fino que compré en Jaipur, India hace un año, o dos. Me pongo mis joyas indias también. A veces me gusta salir así, como si fuera india, recorrer las calles y ser confundida por alguien que no soy. Me pongo mi vestido verde y salgo, lento aunque voy tarde a la cita con el dentista. Siempre voy tarde, no sé por qué. Una chica embarazada me recibe en la recepción, me hace llenar formularios, odio los formularios, odio los consultorios clínicos. Lo lleno con mala letra, de prisa. Ya puede pasar, me dice. Camino lento. Un doctor indio me abre la puerta de su consultorio. No lo dice, pero lo sé. Es guapo, me veo instintivamente sonriendo. Me recuesto en esa silla enorme y plástica. Es simpático, pero reservado, formal. Abro la boca, cierro la boca, aparatos entran y salen, me aguanto las ganas de vomitar. Miro al doctor, que se funde con el cielo de gris profundo que veo a través del tragaluz. Quiero que, mientras yo abro y cierro la boca, aguanto el vómito, me diga algo. ¿Es usted india? Ah no, por su aspecto, sus joyas, su andar. Pero aquí no se dice nada, no se cruzan las barreras. Distinto a aquel doctor americano-libanés que tuve en mis años en Boston, que me cortaba pedazos de encía mientras me hacía reír, con chistes de monos y café. Ya no recuerdo por qué, pero me hacían reír, mucho. Ahora somos amigos en Facebook y puedo decir que le tengo cariño, mucho.

There is decay in one tooth, me dice el doctor mientras me muestra radiografías donde los dientes parecen dentadura de rata, torcidos y feos. Decay? What is decay? le digo. Entiendo la palabra pero quiero saber qué es eso, exactamente, ese decay que ahora es parte de mí. Saca su teléfono, en un app de dentistas con figuras en tercera dimensión me enseña eso, el decay. Miro el dibujo, la progresión. Escucho las cifras del tratamiento, siempre altas, en esta parte del mundo. Pago por la sesión, doblo el papelito con el tratamiento, costoso, que un día me tendré que hacer, para detener el decay.

Salgo lento, más lento de lo que llegué. Me detengo en el local de al lado. Corelli’s, una institución. Me pido un trozo de pizza. Para ir caminando con él, digo. Camino, mordisqueo la pizza con mi decay, y voy muy lento, sin querer llegar a ningún sitio. Entro a mi edificio, al parqueo. Me siento en una banca de un jardín, me levanto. Ahora me recuesto contra un carro verde, de hecho del mismo color de mi vestido de Jaipur. Desde allí puedo ver la ventana de la oficina de mi apartamento. Cuántas horas hemos trabajado allí mi esposo y yo, cuántas horas infinitas y sin fin trabaja una en esta ciudad; sin parar. Mordisqueo lento, me pregunto si eso es el decay, la vejez, la lentitud.

Termino la pizza y lloro, allí en el parqueo. No solo porque es primero de agosto y hace frío, pero porque siento una nostalgia terrible de cosas que están lejos, inalcanzables, en esa playa de mi pasado, bajo ese cielo enorme, y lleno de ilusión.

01

08 2017

Japón

Una vez leí en un relato de Grace Paley una frase que subrayé con ahínco. Decía algo así como ‘necesito la distancia para escribir sobre los hechos’. La subrayé porque yo también necesito eso, la distancia, para saber de qué es de lo que quiero hablar, o mejor dicho, escribir; pero en este momento tomo el riesgo de hacerlo porque siento es la única red que tengo entre este espacio extraño que se abre entre el momento en que volvemos de un viaje lejano, y regresamos a este lugar que llamamos hogar. La mañana no termina de arrancar, aplacada por la densa niebla londinense, y siento un deseo de contar, por el solo hecho de aplacar la desazón de este espacio de transición en el que ya no se es la turista llena de levedad y aventura, y tampoco se es la persona que se era, no solo porque eso lleva un proceso de reajuste también, sino porque los viajes nos cambian, aunque de esos cambios solo sabremos con la distancia, como lo dijo Paley.

Sentada en mi cama en Battersea, con la luz apagada como para retrasar este día que empezará, lo quiera yo o no, pienso en algunas experiencias de mi reciente visita a Japón. Las escribo para forjarme un puente, para que quizás ustedes puedan viajar conmigo también. Pienso en,

  • la mano de mi esposo Ben, que me lleva por entre la multitud del enorme aeropuerto Haneda en Tokio, y luego la enorme estación de trenes de Shibuya, en el centro de la ciudad. “Los japoneses son unos genios en organizar el tránsito de masas” me dice Ben, que ha estado en Tokio antes. Miro a mi alrededor, tiene razón. Es una masa de hormigas que se mueve con perfecta armonía, y nosotros somos ahora parte de la masa, hormigas japonesas en acción.
  • la fila larga que se arma fuera del puesto de ramen en el que comimos nuestro primer almuerzo. Estamos de pie en una acera llena de colores, ruidos electrónicos que despiden las pantallas ubicuas que cuelgan de cada uno de los inmensos edificios a nuestro alrededor. Todos los japoneses en la fila (somos los únicos extranjeros) con sus caras consumidas en sus teléfonos. Yo sigo a Ben, y su mano que me sostiene. Vamos bajando unas graditas hacia un sótano, poco a poco, hasta llegar a una máquina con muchas opciones, y la bendición de las ilustraciones para cada una de las opciones. Ben aprieta botones, pone monedas, y la máquina escupe unos papelitos indescifrables. Eso comeremos. Pareciera el vestíbulo de un antiguo prostíbulo. Se oyen voces, movimientos, pero frente a nosotros solo hay cortinas de color rojo, con esos hermosos caracteres japoneses que no comprendo ni comprenderé. Se abre la cortina izquierda y un hombre bajito, como casi todos, nos hace pasar. El pasillo es de medio metro de ancho, y lo que hay son bancos con casillas donde se come de manera individual, mirando a una pequeña cortinita roja, que solo se abre al inicio, cuando un veloz e imperceptible mesero pone el pedido, cierra la cortina, y vuelve a desaparecer. Ben y yo encontramos la forma de abrir la separación entre nuestras butacas. Decimos poco, yo sonrío, mucho, estoy allí, en Japón. Le envío una foto en whatsapp a mi mamá que está en Costa Rica. “Saludos desde Japón”, escribo. Pero sé que no lo entiende, el momento, las butacas, ese caldo celestial y espeso, las cortinas que se abren y se cierran, de manera veloz, imperceptible.
  • un pequeño bar en el barrio de Shinjuku en Tokio en un conglomerado de bares y yakitoris, pinchitos de carne que se asan y se sirven, normalmente con cerveza. Ben y yo entramos cuando había pocas personas allí. De nuevo, los únicos extranjeros en el lugar. Es una barra que encierra una cocina donde tres enérgicos y amistosos chefs se mueven como gacelas y sirven delicias. Nos dan un menú en Engrish con las recomendaciones. El sitio se va llenando, nos apretamos más y más, para dar cabida a los hombres solitarios que vienen después de sus largas jornadas laborales, a las parejas de amigas jóvenes, a los hombres que deben de llevar una vida de sentarse allí, en ese banco, con ese menú. A mi lado hay un hombre que bebe con ganas y talento, no es joven ni viejo. Intuyo que debe ser escritor. Me recuerda a muchos hombres con los que hablé, me acosté, a los que amé, en Costa Rica. Hombres solitarios que merodeaban las calles de mi universidad y enamoraban a chiquillas que buscaban drama, y profundidad. Quise hablarle, reconectar con esa parte de mi pasado que fui yo. Pero llegamos a poco, pude decirle de dónde era, pudo decirme que era de allí, local, y no mucho más. Las barreras de nuestras lenguas se hicieron presentes. Salud, Campai, dijimos. Y luego él se marchó.
  • Un café en una esquina en Kioto, hace frío pero el sol es cálido y reparador. Estoy sentada en la terraza de afuera con Lee, una chica australiana a la que conocí en un viaje reciente a Sri Lanka. Ella viajaba con su esposo inglés, Rob, y yo con Ben. Hicimos conexión, inmediata, y unos meses después los recibimos una noche en nuestro apartamento de Londres. Coincidió que ambas parejas estaríamos en Japón para la navidad, y decidimos pasar tres días juntos en Kioto. La idea era fantástica, la realidad, como siempre, más rugosa. Allí estamos Lee y yo, dos extrañas con la intuición de que algo intenso nos conecta, pero invadidas por el hecho de que en realidad somos un par de desconocidas. Allí estamos, hablando, tratando de acelerar una intimidad que requiere de más pausa, más naturalidad. Me disculpo para ir al baño y fuera de la puerta me encuentro con una escultura de un trasero blanquísimo de mujer, desnudo, con una vagina bien detallada y una flor roja que surge por encima de las nalgas. Orino, largo, tengo miedo del afuera, de la intimidad.
  • Rob, Ben, Lee y yo en bicicleta pedaleando como locos bajo el atardecer a lo largo del río Kamogawa de Kioto, luego por una terrible zona industrial. Vamos camino a un templo hermoso de arcos rojos, es todo lo que sabemos: que esos arcos son dignos de ser vistos, pedaleamos para llegar antes de que el sol caiga. Lo logramos, tomamos un selfie frente a una imponente puerta de madera. Allí somos viejos amigos, invencibles; es una linda foto. Cada pareja asciende tomada de la mano, Rob y Lee, Ben y yo; la luz del atardecer se cuela por entre los arcos rojos y lanza figuras con las que nuestros pies juegan. Subimos así, en silencio. Aparece un gato, Rob se acerca, lo acaricia, el gato se deja, es un gato de montaña. Todos lo miramos en silencio. La vulnerabilidad de todos bajo las formas de los arcos, el olor a noche japonesa que se acerca, el destino extraño que nos unió. Todos hijos de infancias jodidas, allí estamos, el gato y ese templo hermoso son nuestros testigos. Seguimos subiendo, rumbo a la cima.
  • Ben en un kimono, sonriente. Ben sonriente y liviano es lo más lindo de este universo. Japón me dio mucho mucho de esto.
  • El silencio de las montañas de los Alpes japoneses, la nieve que lo cubre y sana todo, la paz que cae serena del cielo y se posa sobre los objetos, las personas y todo lo embellece y purifica. Mi rostro de alegría infantil por estar allí, entre ese silencio blanco y esa paz, yo que crecí con los estruendos del trópico y su calor demencial.

 

La mañana sigue luchando por surgir, así son tantas mañanas en Londres, este sitio que, debo decir, no termino de sentir como hogar. Supongo que es por eso que me desajusta tanto volver y esa brecha entre el no haber estado y el estar me cuesta, mucho. Quisiera seguir escribiendo, solo para que el viaje no termine, para seguir un poco más suspendida en ese tiempo liviano y puro del tránsito, pero hay correos por responder, responsabilidades puestas en pausa que asumir.

Eso está bien, es la vida también, pero hubiera querido poder quedarme un rato más camuflada, como este sol británico sobre el que tantas veces me pregunto, ¿y dónde se meterá?

“There is a long time in me between knowing and telling” es exactamente lo que Grace Paley escribió.

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30

12 2016

Qué raro es viajar…

Viajar es una cosa rara. Un día estás en tu vida cotidiana, la tostada de cada mañana, la esquina que siempre luce igual, y ese mismo día, en cuestión de horas que se comprimen hasta casi desaparecer en el periodo del viaje (sobre todo si es por avión), estamos en otro lugar, con una esquina distinta, nunca antes vista o al menos no familiar, con un desayuno irregular, o un menú que ni siquiera logramos descifrar.

Siempre me ha gustado viajar, tengo una adicción al movimiento y la novedad. En mi blog de apenas hace un par de días mencionaba la huida, el endurecimiento, que creo es una parte personal que motiva esa necesidad de no permanecer, pero hay otro lado más lúdico, adrenalínico, que viene por asuntos emocionales, pero también por curiosidad e historia: la familia de mi mamá es panameña, por lo que crecí de niña viviendo en Costa Rica pero viajando con frecuencia a Panamá. Es un vuelo de menos de una hora, pero para una niña, entonces, era el mayor acontecimiento del año: sacar los zapatos de charol negros, lustrarlos, empezar a hacer la maleta con un mes de antelación, una prenda por día; escoger el cuadernito hermoso, perfecto, que serviría de diario en el exterior: los besos con Panchito, que me llevaba en su moto y me hablaba suavecito, caribeño; las peleas de gallos de mi tío Chichingo; los desayunos de arroz con guandú; las lluvias torrenciales que rompían la densidad tropical; y mi cuerpo que fue cambiando, con los años y los viajes, hasta llegar a ser una adolescente, allá en Panamá. Adolescente que después de una de las primeras y tremendas fiestas de mi vida se besó con furia y deseo con un brasileño hermoso, al que en mi rudimentario inglés le decía: I don’t want to make love, please. Qué niña era, y qué grande era ese muchacho, carioca, hermoso. Todas estas son cosas que pasaron allá, en Panamá, cosas que nos permitimos en el exterior, aunque esté a menos de una hora de distancia.

Hace un par de días un alumno de la escuela y amigo brasileño que acababa de volver de un viaje a Grecia puso en Facebook al publicar sus fotos del paseo: No one realizes how beautiful it is to travel until he comes home and rests his head on his old, familiar pillow. I love you Greece! Leí la frase una y otra vez, yo que acabo de volver de un viaje a India y Sri Lanka, y me quedé pensando desde entonces en ella; sin juicio, solo meditando, tratando de comprender mi reacción ante sus palabras.

Este viaje que acabo de hacer me trajo muchas preguntas. La pregunta principal: ¿por qué viajar? Una necesidad de desgranar algo que hasta cierto punto se ha convertido en mi vida, como en la de muchos otros, en un hábito. ¿De dónde viene la necesidad de separarnos de esa esquina común, de ese desayuno familiar, para lanzarnos a lo incierto, a aquello que sale de nuestro control? ¿Nos hace mejores personas viajar? ¿Nos sensibiliza?

No tengo, la verdad, respuestas a estas preguntas. Una parte de mí está cansada de ir a lugares sobre los que conozco poco para “desconectar”. Lo empiezo a encontrar ofensivo y me parece que en el futuro buscaré formas más profundas de conectar con algo, propio y nuevo, en lugar de buscar lo opuesto.

Por lo pronto, mientras venzo el jetlag y escribo a las casi cuatro de la mañana de un día en cuya normalidad ya debería estar yo más que profundamente dormida, me quedo con la emoción esa de poder cruzar fronteras, tiempo y lengua y poder ser y existir en otra dimensión distinta a la habitual. Me quedo con la belleza del momento ese, de una quinceañera costarricense, que en un país extraño, en una lengua que no es la suya, le puede decir a un chico de otra nacionalidad que no, que todavía no es el tiempo para hacer el amor.

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08 2016

Volver a casa

Irse de casa es difícil, pero también lo es volver. Para irse hay que sentirse solo, aislado, y muchas veces superior. Es un sentimiento horrible, tienen que pasar muchas cosas, años, para sanar ese gusanillo que nos carcomía día a día en las calles, las rutinas, de ese que fue nuestro hogar. Rechazar los dichos locales para marcar una clara diferencia, aprender una lengua extranjera, obscura, inútil, leer en esa lengua, jamás en la nuestra, o pretender leer, en un café, en uno que no sirve productos locales, en uno que no pone música en nuestro idioma, uno plagado de personas como nosotros, solas, rotas, corrompidas por el gusanillo de la superioridad.

Irse de casa implica no vivir más en el presente, intoxicarse de un futuro vaporoso, inútil en su irrealidad. Implica dejar de querer a nuestra gente, de a poco, para que ese día en el que finalmente eso que tanto deseamos -ese irnos, esfumarnos- llegue, nos duela menos, y podamos, como piedras astutas, dar un beso breve, un abrazo casual, y correr, como si el monstruo del tiempo nos pisara los talones, lanzarnos a esa neblina que será nuestra vida, nuestro hogar.

Llegamos a otra tierra, de lengua obscura, una de esas lenguas que soñábamos hablar, pero no hablamos. Al principio es fascinante, la diferencia, ir por calles extranjeras, calles hermosas, antiguas, con faroles, bicicletas, cafés plagados de gente como aquella de los cafés de nuestro hogar, pero ahora es real, esos capuchinos, esos lentes espesos, esas novelas extensas de lengua obscura, el sueño está allí, se ha hecho realidad. Estamos henchidos, exploramos la moda, la copiamos, ordenamos lo mismo que el vecino de al lado, y nos conectamos con aquella gente a la que dejamos atrás, abrimos la correspondencia con una frase de la lengua obscura, la cerramos también así, hablamos de nuestros privilegios, mencionamos cosas que no entendemos pero creemos impresionarán, buscamos en ese teclado extraño los caracteres de esa lengua rara, lejana, que ahora se supone es la nuestra, pero aún no lo es.

Un día la aprendemos, a base de golpes, experiencia, necesidad. Ahora podemos leer también en esa lengua, podemos decir te quiero, podemos decir vete a la mierda. A veces no sabemos cuál frase nos define, si querer o maldecir. Hacemos amigos, amantes, enemigos también. Hacemos una vida, como es la vida, siempre menos impactante en su cotidianidad.

Nos aburre la vida, esa lengua que ya no es obscura, esos días que en su planitud ya no nos aceleran. Rondamos por las calles que antes nos deslumbraban en su novedad, nos volvemos criticones. Allí, a millas de ese hogar original, el gusanillo regresa. Ya no nos basta, no nos sacia. Otra vez endurecemos el alma, empacamos, decimos adiós.

Nueva gente, nueva vida, lengua obscura, hasta la llegada, siempre cierta, de la vida y su simpleza, de los actos que aquí o allá, son los actos que la componen: dormir, querer, comer, andar, pasear, añorar, preguntar, buscar.

Vienen los viajes, entonces, las vacaciones. Ya son años desde aquel día en que dijimos adiós a nuestra familia y amigos de la infancia. Algo se aprende con el tiempo, o se cansa una de correr a alta velocidad, entonces se espacian las huidas. Viajar primero por ciudades hermosas, de adoquines y museos, beber cocteles, sentarse en un lounge. Después, cuando el antídoto se agota y la normalidad vuelve a teñirlo todo con su velo de simplicidad, volar a lugares lejanos, de lenguas profundamente obscuras, donde siquiera el alfabeto es el nuestro. Divagar ya no por ciudades sino por pueblos, pequeños, pueblos que son en sí mismos museos, la vida que se despliega de modo violento, salvaje, o no, de a poco, en atardeceres, comidas, olores que no reconocemos, pero nos gustan. Sentarse en balcones, a leer, a mirar un paisaje de nubes, montañas, un tren que pasa lento, y cargado, personas que nos miran desde sus ventanas, y nos hacen pensar.

Nos hacen pensar y escribir sobre casa, cuando estamos tan pero tan lejos de aquel sitio donde está el lugar donde nacimos, la escuela donde aprendimos a leer y a escribir.

Irse de casa es escapar, pero es curioso, solo en esta huida, en este correteo por la vida en el que nos llenamos de imágenes, gente, lenguas, podemos empezar a construir un puente de regreso al hogar. Para volver a casa tenemos que querernos, perdonarnos la huida, saber que la vida es eso, un tren que pasa, que va y viene, y gente que mira por las ventanas, y ve pasar.

12

08 2016

No father on Father’s Day

This is a raw, unedited note on Father’s Day. I’ve never known when it is, Father’s Day. It is that phantom of my life, the day when girls, and boys, craft cards, make something special for that special man in their lives. I dreaded that day, all of my childhood, day after day. I created so many fictions, so many tales explaining, justifying, why the man who made my life possible wasn’t there, how he had never been there. I have a black out of all the Father Days in history, a void that swallowed the pain, sadness and embarrassment of having no Daddy to write cards to in school.
I thought I was over it, the absence, and in some ways I am, but in others I am not, and I am a soon 39-year old woman who wakes up in London, where she lives and has a seemingly successful life, and I ask myself, Who the fuck do I congratulate on this day? Because long gone are the school days, of cards and commands, but then there is Facebook, and the bloated virtual happiness we all live in, and I wonder, who the hell am I going to congratulate on this daddy’s day? I browse, jealous of all those people who had a father I did not. I envy their childhoods, and their growing ups, and I feel empty, lost most of this day, and I come home late, after having hosted an event, one of those events of this school I have built, which is my home, my anchor, and while there I forget all about it, Father’s Day, cause I’m happy, I’m contained. And then I get on a taxi, come home, midnight around the corner, and the loneliness creeps in, and the void feels present again.

What can I do? I have no daddy, have never had, to send cards or Facebook postings to.

I have been lucky, though, to have found a bunch of incredible people in my life who have made me feel worthy, and loved, who have been my family in this journey of continents my life has become.

One can’t have it all.

I wasn’t given what nature is supposed to provide, but I was given more.

Thank you all who fill my life with love. Bit by bit.

19

06 2016

Christmas in Brazil

Christmas always makes me feel uneasy. It raises questions of home and belonging, and it comes with a historical baggage of expectations, hard to deal with at times. It is that time of jolliness and warmth and the fear of, oh god, what if the time comes and I don’t feel warm or jolly at all. The expectations of how one should feel are nerve-racking, at times.

Despite all this, the closure of a year is in the air, and even if against our will we become pensive and reflective about what has happened, and what will come.

I chose to get on a plane in London, travel for 12 hours across the Atlantic to come spend these times in Brazil with my husband. I write this in a beautiful little chalet that we have rented in the mountains of Rio de Janeiro, with the Cristo Redentor observing us, looking after us. It is bright and hot as hell, and I look at my husband, reading in the hammock, and tell him I love you, and sorry for being a bit of a pain at times, in these Christmassy days where the expectations can be stifling and where a mix of longing and melancholy from the past has a tendency to trickle into our present lives.

I am an adult, I tell myself as I look at him, the man I chose to spend my life with, as I look out at the imposing and marvellous Rio mountains that I chose to make my view in these days of mixed emotions. I am an adult creating my own Christmas, my own today and tomorrow, and wow this feels good, to acknowledge that all the past things happened for a reason, that we are no longer the children we were, and that we can be jolly indeed, because being alive, choosing our paths, what a jolly gift it is.

I want to send warm wishes to all the people I love and have ever loved. Make your hearts warm and vibrant, make your paths alive.

Feliz Navidad. Merry Christmas to you all.

24

12 2015

La piel

Es sábado por la noche. Otoño de 2013 en Londres. Esperamos invitados a comer. Colegas de Ben. Una chica francesa y su novio sueco, su niña, inglesa-francesa-sueca. Nuestro gatos, atigrados, hermosos, casi humanos, alrededor. Cocinamos comida peruana, o lo que creemos lo es. Nunca hemos estado en Perú, Ben y yo. Amamos el limón, el culantro, la sal. Me siento un poco incómoda en mi piel mientras corto y sigo sugerencias del chef. Es uno de esos días en los que desde fuera me veo viviendo una vida que a veces no entiendo, simplemente porque de cuando en cuando siento que llegué a ella desde un paracaídas, cuyo destino empiezo a olvidar.

Ben y yo vamos en nuestras bicicletas de tienda en tienda, en nuestro barrio, enguantados, abrigados, comprando ingredientes para lo que suponemos es un manjar peruano. Hay limones, sal y culantro, eso es lo que importa, esos tres ingredientes que son intrínsecos a ese lugar desde el que el paracaídas partió. Entonces qué hago yo acá, chica tropical, pedaleando en medio del otoño, ya casi invierno, cargada de producto tropical, destinado a convertirse en una cena para un sueco, francesa y la niña sueca-francesa-inglesa.

Cortar verduras me hace olvidar el dilema. Corto y corto y luego corto mi dedo, sin querer, porque soy torpe con los objetos, y veo la sangre manar, caer en el fregadero, teñirlo en segundos. Me sorprendo de que ese tejido tan terso y frágil sea el límite entre el mundo y nosotros; que tanto líquido rojo brote por el roce de un cuchillo, en una noche de sábado, una como cualquier otra más.

Ben me trae una curita, me cubre el dedo, yo sigo picando con cuidado, con cuidado de no picar la piel. De repente los ojos se me llenan de lágrimas. Me acaba de dar nostalgia por aquellas noches en las que cocinábamos para tu madre y su compañera, le digo. Y nos veo a los dos, en esa enorme cocina en Portland Maine, en esa casa desconocida a la que Ben y yo llegamos antes de casarnos, antes de decidir que un día, no mucho más tarde, seríamos marido y mujer. Todavía nos veo, ocho años más jóvenes, yo con el pelo más corto, él con el pelo más largo, abriendo gavetas, buscando la sal, las tablas de picar, el aceite; cautelosos, respetuosos, asustados. Ben fríe unas papas en una sartén con aceite abundante. I know, me dice. Y yo me pregunto si nos ve así, como yo nos veo, ocho años atrás, con el pelo diferente, sin esa  cicatriz que ahora, ocho años después, tendré en la piel, desde hoy para siempre.

Los amigos llegan, y la verdad que es bueno, un privilegio, diría, tener amigos en esta enorme ciudad. Llegan y los abrazamos y los primeros minutos, u hora, son extraños. Muchos temas se tiran a la mesa, pocos son duraderos. Todos apostamos, pocos ganamos. Será que la noche se alarga, o el vino fluye, o que estamos los cuatro, o cinco, niña incluida, en un apartamento en Londres, todos extranjeros, un sábado por la noche, entonces mejor hablar, pasárselo bien. Entonces nos empezamos a relajar, y reímos. Yo veo a mi marido, sentado frente a mí, ahora y desde hace rato con su pelo corto, veo su estómago, no tan plano, veo sus ademanes que aún no logro clasificar y me sorprende, como si fuera un descubrimiento, que esa persona frente a mí y yo seamos los mismos de aquella cocina en Portland Maine, ocho años atrás. Miro a la chica francesa, rubia, sofisticada, pienso en lo hermosa que se ve esta noche casual. Miro sus arrugas que hoy le sientan bien y me impacta darme cuenta que cuando la conocí no era madre, que su cuerpo no había producido a esa niña que come y sonríe en mi mesa, esa niña rubia que vive en tres lenguas, sin saber que así es. Y luego miro las manos del hombre sueco, sentado a mi lado, miro sus manos gruesas, sus enormes dedos, y pienso en esos dedos explorando el cuerpo de su  mujer, esa mujer cuyo cuerpo parió, cuyas arrugas le sientan bien. Y pienso en esos dedos que acarician el rostro de esa niña trilingüe que fue también creada por él. Y me siento bien, pero aún ausente, aún producto de un paracaídas que me lanzó en algún sitio, al otro lado del mar.

Se van, con la niña, a eso de las doce. Empiezo a limpiar los platos (Ben cocinó), y en eso me entra un deseo intenso de música de antes, música cursi y romántica que escuchaba encerrada en mi habitación a los quince años de edad, llorando amores que ya no puedo recordar. Y pongo a Franco de Vita y a Montaner mientras remuevo la grasa de ollas y platos, llenos de comida peruana, de limón, culantro y sal, y mientras unto jabón, restriego, y un mar de burbujas crece bajo mis manos, el llanto aumenta. Lloro porque me impresiona sentir que veinte años no han pasado, que la mujer que lava los platos en su apartamento londinense en la misma chiquilla que hace ya dos décadas se encerraba en su cuarto y ponía  a todo volumen melodías pegajosas y cursis que hablaban de una marca y un dolor que  empieza y se esparce, como la noche, como las noches de invierno que tanto duran.

Me recuesto en el sillón y pienso en el viaje a Costa Rica que estamos por hacer, y por primera vez desde que compramos los boletos para ir a visitar siento unas ganas tremendas de estar en Costa Rica, ese territorio que llevo en la piel, que a veces sangra, y que marca el aquí y el allá.

16

11 2013