Abandono

Hace más o menos veinte años leí un libro de Milan Kundera, no recuerdo cuál, donde hablaba sobre las palabras que nos definen como personas. Hace más o menos veinte años, cuando tenía poco más de veinte y no imaginaba todo lo que las siguientes dos décadas traerían consigo, puedo afirmar lo mismo: abandono es la palabra que me define, o que al menos define el principal temor de mi vida emocional.

A la edad de menos de un año mi papá se fue. Su partida se convirtió en abandono cuando pasaron los años, y de él solo tuvimos visitas esporádicas, erráticas y alcoholizadas, y luego ninguna. De adulta apareció un par de veces. Soñé con vos, decía, y la frase quedaba hueca, inútil, invitando a la desaparición.

Mi mamá se quedó físicamente, pero en cierto modo nos abandonó también a mi hermano y a mí. De adulta pude entender las obligaciones económicas a las que se tuvo que enfrentar, pero siempre hay opciones, pienso yo. Nos quedamos mi hermano y yo perdidos en un espacio físico sin definición, sin orden, ni norte. Personas en la vida de mi mamá vinieron. Personas a las que quise mucho, como Clareth, que me cuidó desde bebé y de quien aprendí la picardía y a reírme bien, y duro; como Zaira, que fue como mi segunda mamá, y me enseñó a amar los animales y la naturaleza, a tener un buen corazón. Pero estas personas se fueron también: despidos, rupturas, distanciamientos. Asuntos que de niña no se entienden. Solo hay un día en que ves unas maletas en el pasillo, los sábados ya nunca son los que fueron. De niña lo que te queda es un vacío tremendo, un escozor.

Y la herida queda, pasa de año a año, de país a país. Los inicios son inicios porque hubo un final. En este inicio de año pienso en lo que quedó y ha quedado, pienso en el sentido cósmico de la vida y las decisiones. Me encuentro con despedidas y abandonos este 2019, y se me ocurre que qué jugada del destino que yo, con esta grieta, haya terminado creando una vida en una ciudad marcada por el abandono y la partida. Cuánta gente, en los casi diez años que llevo de vivir aquí, ha estado y ya no está.

Escribo porque me duele y no sé muy bien qué hacer. Me cuesta no marchitarme, no caer cuando una puerta más se cierra, un adiós más está por venir.

Este año quiero leer más, ese ha sido mi propósito para el 2019 hasta ahora. Creo que a este podría unir el de tratar de encontrar un lugar donde las despedidas no me duelan como le dolían a esa chiquilla de Cartago que se quedaba en su cuarto viendo las paredes blancas, esperando a que una nueva persona entrara en su vida, y la volviera a querer.

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01 2019

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