Archive for August, 2016

Qué raro es viajar…

Viajar es una cosa rara. Un día estás en tu vida cotidiana, la tostada de cada mañana, la esquina que siempre luce igual, y ese mismo día, en cuestión de horas que se comprimen hasta casi desaparecer en el periodo del viaje (sobre todo si es por avión), estamos en otro lugar, con una esquina distinta, nunca antes vista o al menos no familiar, con un desayuno irregular, o un menú que ni siquiera logramos descifrar.

Siempre me ha gustado viajar, tengo una adicción al movimiento y la novedad. En mi blog de apenas hace un par de días mencionaba la huida, el endurecimiento, que creo es una parte personal que motiva esa necesidad de no permanecer, pero hay otro lado más lúdico, adrenalínico, que viene por asuntos emocionales, pero también por curiosidad e historia: la familia de mi mamá es panameña, por lo que crecí de niña viviendo en Costa Rica pero viajando con frecuencia a Panamá. Es un vuelo de menos de una hora, pero para una niña, entonces, era el mayor acontecimiento del año: sacar los zapatos de charol negros, lustrarlos, empezar a hacer la maleta con un mes de antelación, una prenda por día; escoger el cuadernito hermoso, perfecto, que serviría de diario en el exterior: los besos con Panchito, que me llevaba en su moto y me hablaba suavecito, caribeño; las peleas de gallos de mi tío Chichingo; los desayunos de arroz con guandú; las lluvias torrenciales que rompían la densidad tropical; y mi cuerpo que fue cambiando, con los años y los viajes, hasta llegar a ser una adolescente, allá en Panamá. Adolescente que después de una de las primeras y tremendas fiestas de mi vida se besó con furia y deseo con un brasileño hermoso, al que en mi rudimentario inglés le decía: I don’t want to make love, please. Qué niña era, y qué grande era ese muchacho, carioca, hermoso. Todas estas son cosas que pasaron allá, en Panamá, cosas que nos permitimos en el exterior, aunque esté a menos de una hora de distancia.

Hace un par de días un alumno de la escuela y amigo brasileño que acababa de volver de un viaje a Grecia puso en Facebook al publicar sus fotos del paseo: No one realizes how beautiful it is to travel until he comes home and rests his head on his old, familiar pillow. I love you Greece! Leí la frase una y otra vez, yo que acabo de volver de un viaje a India y Sri Lanka, y me quedé pensando desde entonces en ella; sin juicio, solo meditando, tratando de comprender mi reacción ante sus palabras.

Este viaje que acabo de hacer me trajo muchas preguntas. La pregunta principal: ¿por qué viajar? Una necesidad de desgranar algo que hasta cierto punto se ha convertido en mi vida, como en la de muchos otros, en un hábito. ¿De dónde viene la necesidad de separarnos de esa esquina común, de ese desayuno familiar, para lanzarnos a lo incierto, a aquello que sale de nuestro control? ¿Nos hace mejores personas viajar? ¿Nos sensibiliza?

No tengo, la verdad, respuestas a estas preguntas. Una parte de mí está cansada de ir a lugares sobre los que conozco poco para “desconectar”. Lo empiezo a encontrar ofensivo y me parece que en el futuro buscaré formas más profundas de conectar con algo, propio y nuevo, en lugar de buscar lo opuesto.

Por lo pronto, mientras venzo el jetlag y escribo a las casi cuatro de la mañana de un día en cuya normalidad ya debería estar yo más que profundamente dormida, me quedo con la emoción esa de poder cruzar fronteras, tiempo y lengua y poder ser y existir en otra dimensión distinta a la habitual. Me quedo con la belleza del momento ese, de una quinceañera costarricense, que en un país extraño, en una lengua que no es la suya, le puede decir a un chico de otra nacionalidad que no, que todavía no es el tiempo para hacer el amor.

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08 2016

Volver a casa

Irse de casa es difícil, pero también lo es volver. Para irse hay que sentirse solo, aislado, y muchas veces superior. Es un sentimiento horrible, tienen que pasar muchas cosas, años, para sanar ese gusanillo que nos carcomía día a día en las calles, las rutinas, de ese que fue nuestro hogar. Rechazar los dichos locales para marcar una clara diferencia, aprender una lengua extranjera, obscura, inútil, leer en esa lengua, jamás en la nuestra, o pretender leer, en un café, en uno que no sirve productos locales, en uno que no pone música en nuestro idioma, uno plagado de personas como nosotros, solas, rotas, corrompidas por el gusanillo de la superioridad.

Irse de casa implica no vivir más en el presente, intoxicarse de un futuro vaporoso, inútil en su irrealidad. Implica dejar de querer a nuestra gente, de a poco, para que ese día en el que finalmente eso que tanto deseamos -ese irnos, esfumarnos- llegue, nos duela menos, y podamos, como piedras astutas, dar un beso breve, un abrazo casual, y correr, como si el monstruo del tiempo nos pisara los talones, lanzarnos a esa neblina que será nuestra vida, nuestro hogar.

Llegamos a otra tierra, de lengua obscura, una de esas lenguas que soñábamos hablar, pero no hablamos. Al principio es fascinante, la diferencia, ir por calles extranjeras, calles hermosas, antiguas, con faroles, bicicletas, cafés plagados de gente como aquella de los cafés de nuestro hogar, pero ahora es real, esos capuchinos, esos lentes espesos, esas novelas extensas de lengua obscura, el sueño está allí, se ha hecho realidad. Estamos henchidos, exploramos la moda, la copiamos, ordenamos lo mismo que el vecino de al lado, y nos conectamos con aquella gente a la que dejamos atrás, abrimos la correspondencia con una frase de la lengua obscura, la cerramos también así, hablamos de nuestros privilegios, mencionamos cosas que no entendemos pero creemos impresionarán, buscamos en ese teclado extraño los caracteres de esa lengua rara, lejana, que ahora se supone es la nuestra, pero aún no lo es.

Un día la aprendemos, a base de golpes, experiencia, necesidad. Ahora podemos leer también en esa lengua, podemos decir te quiero, podemos decir vete a la mierda. A veces no sabemos cuál frase nos define, si querer o maldecir. Hacemos amigos, amantes, enemigos también. Hacemos una vida, como es la vida, siempre menos impactante en su cotidianidad.

Nos aburre la vida, esa lengua que ya no es obscura, esos días que en su planitud ya no nos aceleran. Rondamos por las calles que antes nos deslumbraban en su novedad, nos volvemos criticones. Allí, a millas de ese hogar original, el gusanillo regresa. Ya no nos basta, no nos sacia. Otra vez endurecemos el alma, empacamos, decimos adiós.

Nueva gente, nueva vida, lengua obscura, hasta la llegada, siempre cierta, de la vida y su simpleza, de los actos que aquí o allá, son los actos que la componen: dormir, querer, comer, andar, pasear, añorar, preguntar, buscar.

Vienen los viajes, entonces, las vacaciones. Ya son años desde aquel día en que dijimos adiós a nuestra familia y amigos de la infancia. Algo se aprende con el tiempo, o se cansa una de correr a alta velocidad, entonces se espacian las huidas. Viajar primero por ciudades hermosas, de adoquines y museos, beber cocteles, sentarse en un lounge. Después, cuando el antídoto se agota y la normalidad vuelve a teñirlo todo con su velo de simplicidad, volar a lugares lejanos, de lenguas profundamente obscuras, donde siquiera el alfabeto es el nuestro. Divagar ya no por ciudades sino por pueblos, pequeños, pueblos que son en sí mismos museos, la vida que se despliega de modo violento, salvaje, o no, de a poco, en atardeceres, comidas, olores que no reconocemos, pero nos gustan. Sentarse en balcones, a leer, a mirar un paisaje de nubes, montañas, un tren que pasa lento, y cargado, personas que nos miran desde sus ventanas, y nos hacen pensar.

Nos hacen pensar y escribir sobre casa, cuando estamos tan pero tan lejos de aquel sitio donde está el lugar donde nacimos, la escuela donde aprendimos a leer y a escribir.

Irse de casa es escapar, pero es curioso, solo en esta huida, en este correteo por la vida en el que nos llenamos de imágenes, gente, lenguas, podemos empezar a construir un puente de regreso al hogar. Para volver a casa tenemos que querernos, perdonarnos la huida, saber que la vida es eso, un tren que pasa, que va y viene, y gente que mira por las ventanas, y ve pasar.

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08 2016