Archive for May, 2011

Cambio

(This is a bilingual entry. English follows the Spanish version)

Mi primera entrada en este blog, hace ya más de un año, hablaba sobre el tiempo. Más en concreto, sobre su exceso. Aprovechaba para compartir una de las canciones más lindas que he escuchado, y es  “Who knows where the times goes” de Nina Simone. No he logrado responder a esta pregunta, pero lo cierto es que mi vida ha cambiado, y en las últimas semanas es tiempo extra lo que me falta.

Hace varios meses un amigo escritor que entonces (no sé si aún) seguía este blog, me preguntaba si este proyecto no me quitaba tiempo para la escritura de ficción. Yo le respondí que no. En parte porque estaba menos ocupada, en parte porque lo que estaba escribiendo en aquel momento no me demandaba la dedicación que lo que trato de escribir ahora me demanda. Sin embargo, el miércoles pasado recordé la pregunta de mi amigo, y mi respuesta fue distinta.

Ese miércoles quería -y necesitaba- dedicarme a la historia en la que llevo meses trabajando, pero el miércoles es el día que yo misma designé para el blog, y al darme cuenta de que “debía” dedicarme a este y no a mi relato, sentí un coraje que no es bueno para la historia, para el blog, para los lectores, ni para mí.

El blog ha sido un espacio de exploración que he disfrutado a lo largo de muchos meses, y que se ha enriquecido con las palabras de algunos de ustedes, pero si deja de ser un ejercicio de libertad y expansión no tiene sentido. Tras días de reflexión he decidido no dejar el blog, sino eliminar la periodicidad que yo misma me impuse como un ejercicio de disciplina y constancia.

Ha llegado el momento de dedicarme a un trabajo más íntimo y silencioso, aunque no dudo que haya temas e ideas que ameriten mirar hacia fuera, y me lleven a escribir aquí.

Invito a quienes deseen ser informados de nuevas entradas o posibles publicaciones a enviarme su correo electrónico a saracaba@gmail.com para poder contactarlos. A quienes deseen mantener el anonimato, los convido a pasar por acá de vez en cuando; las puertas siguen abiertas.

Abrazos desde Londres, Sara.

In English, for those that I know struggle with Google Translate!

My first blog entry, over a year ago, spoke about time; more specifically, about its abundance. I took advantage of the opportunity to share with you one of the most beautiful songs I have ever heard: “Who knows where the time goes” by Nina Simone. I haven’t been able to answer this question, but the truth is that my life has changed, and in the last weeks I have found myself lacking time.

Several months ago a writer friend who, back then (I don’t know if still) followed this blog, asked me if this project didn’t steal time from my fiction writing. I answered no. Partly because I was less busy, partly because what I was writing at the time was not as demanding as what I am trying to write now. However, this last Wednesday I remembered my friend’s question, and my answer had changed.

Last Wednesday I wanted –and needed- to invest time in the story that I have been working on for months, but Wednesday is the day that I chose for my blog. When I realized that I “had” to post and therefore couldn’t dedicate myself to my fiction writing, I felt a frustration that is not good for the story, the blog, the readers or myself.

The blog has been a space for exploration that I have enjoyed over many months; a space that has been enriched by the words of some of you, but if it stops being an exercise of freedom and expansion, it loses its meaning. After days of reflection I have chosen not to close this blog, but to eliminate the periodicity that I imposed to myself as an exercise of discipline.

The time has come to dedicate myself to a more intimate and silent work, even though I’m sure that certain thoughts and ideas that are worth sharing here on my blog will still arise.

I invite those of you who want to be notified of new entries or possible publications to send me your email address to saracaba@gmail.com. For those of you who prefer to remain anonymous, I want to remind you that the doors stay open, and that I wish to reencounter you here.

Hugs from London, Sara.

 

25

05 2011

Claret

El homenaje que el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince hace, en su cuento “Emma y Teresa”, a las muchachas del servicio doméstico que han sido parte fundamental de la vida de muchos, no sólo me conmovió hasta las lágrimas, sino que me hizo recordar con vívido detalle a Claret, la muchacha de mi vida a la que más he querido.

Claret llegó a nuestra casa cuando yo era apenas una bebé de poco menos de un año. En aquel entonces mi mamá se dedicaba a sacar su especialidad en psiquiatría y estaba poco en casa, al igual que mi papá, que un tiempo después dejó de estar del todo. Claret fue desde entonces, y a lo largo de mi infancia, esa persona a la que indudablemente recurría en momentos de dificultad. Era a su cuarto, ubicado después de la cocina, al principio de un pasillo frío que daba a la sala de pilas, donde me iba a meter en las noches en que no podía dormir, o en que me sentía sola. Aunque su cama era pequeñita, como diseñada para una persona destinada a no tener familia propia ni sexualidad, siempre había espacio suficiente para mí. Claret levantaba las cobijas y me dejaba acurrucarme al lado de su cuerpo tibio, me acariciaba la cabeza, y repetía “Mi Chiquita”, mientras las dos íbamos cayendo en un sueño tierno, bañadas por las imágenes de telenovelas que iban sucediéndose en el diminuto y viejo televisor de su habitación.

Aquel ensueño infantil llegó a su fin cuando Claret, pese a la cama estrecha, se casó, se mudó a una finca y tuvo sus propios hijos. Aun así la seguí viendo, yendo a su casa en el pueblo de Pacayas, un sitio frío y neblinoso donde yo apretaba las ubres de las vacas por las mañanas y jugaba con sus hijos por las tardes. Claret me seguía llamando “Mi chiquita”, y aunque a mí me gustaba que lo hiciera, me bastaba con mirar a mi alrededor para darme cuenta de que no era lo mismo. Con los años, además, crecimos. Yo dejé de ser una niña y ella una muchacha, y aquella isla que fuimos quedó perdida en el tiempo.

Hace algunos meses Ben y yo decidimos pagarle a una muchacha para que nos ayudara con la limpieza de la casa cada dos semanas. Desde entonces hemos visto desfilar una cantidad de brasileñas que llegan, vienen por un tiempo, y luego se van, víctimas de virus incurables, problemas migratorios, o embarazos indeseados. Hay una muchacha, sin embargo, que viene desde hace semanas, y sigue viniendo. Su nombre es Adriana, pero no sé mucho más de ella. Sólo que es asustadiza, que lleva pocos meses en esta enorme ciudad y que no habla inglés. Me dice algunas cosas en portugués, esa lengua tan linda que no hablo pero logro comprender. Dice sabãobanheirotá, estou pronta, mientras yo ando por las esquinas de mi casa, un poco asustadiza también, porque lo que Adriana no sabe es que me recuerda muchísimo a Claret, y que cuando entra, y se quita sus zapatos y toma la aspiradora y los trapos, yo no quiero que limpie, sino que se siente conmigo, que me acurruque en sus brazos y me diga “No te preocupés, mi chiquita, que todo va a estar bien” o “Não se preocupe, minha menina, tudo vai ficar bem”. Pero no lo dice y yo me callo, como Faciolince en su historia, y lo único que logro hacer es interrumpirla de vez en cuando con vasitos de agua fría, con los que pretendo aliviar algo del sudor que va acumulando en su cuerpo, mientras recorre los rincones de mi vida, los desempolva, y pone todo en su lugar.

11

05 2011

Más allá de las ideas

Lo que más me impactó al estar frente a la tumba de Marx, en el cementerio de Highgate en Londres, fue el tamaño soberbio de la cabeza sin cuerpo que decora su sepulcro. La decisión de prescindir del resto, como si no importara, me incomodó, y me hizo recordar una relación que tuve hace años con un hombre que probablemente se hubiera sentido identificado con tal decisión.

A Aníbal lo conocí en un proyecto dirigido a la atención de jóvenes ex convictos al que me uní como voluntaria en mi segundo año de psicología. Filósofo y director de teatro, lideraba el grupo de estudio en el que se discutían las teorías que sustentarían los modelos de tratamiento elegidos. Cuando yo me incorporé estaban leyendo “Vigilar y castigar” de Michel Foucault. Aníbal no era un hombre guapo. Tenía un estómago un poco flácido, llevaba anteojos de aro negro muy pequeños para su rostro, y había un dejo de rasgos indígenas en su pelo y en su piel que parecían incomodarle por no calzar con su idea de intelectual europeo. Sin embargo, ante mi joven mirada se convertía en el hombre más apasionante, y hasta hermoso, cuando pronunciaba palabras como panóptico, que me parecían de una profundidad y belleza insondables. Yo le gusté a Aníbal, quien no pareció reparar en los más de diez años que nos separaban, e iniciamos una relación llena de libros, caminatas y citas bibliográficas. Salíamos del trabajo, que estaba ubicado en una de las peores zonas de la capital costarricense, a eso de las diez de la noche, y vagábamos por un San José que se iba transformando en lo que imaginábamos era París. Entrábamos en cafés en extinción, de música de boleros y borrachos taciturnos, donde yo escuchaba con devoción sus citas y sus palabras complicadas, y me sonrojaba cada vez que él me llamaba Castorcilla; derivación del modo en que Sartre y otros llamaban a de Beauvoir, ya que en aquel tiempo yo decoraba mi cabeza con pañuelos, como lo hacía la intelectual francesa. Después de haber agotado los cafés de la ciudad continuábamos rumbo a su casa, situada en la zona roja de San José, que a esas horas de la noche era el hogar de prostitutas y piedreros. En la parte alta de una especie de garaje-búnker, donde vivía con su mamá y hermano, Aníbal había creado un mundo que no tenía nada que ver con el de afuera. Música clásica, libros abarrotando paredes y superficies, y un búho metálico que colgaba de la única ventana del cuarto. Al llegar tomaba un libro, leía algún pasaje, y me besaba; mientras el búho nos observaba en silencio.

Fui la primera en sorprenderme cuando sus citas y sus palabras me empezaron a cansar. Quería saber más de él, escuchar una frase que no empezara con “pienso” o “como dijo”, pero me fui dando cuenta de que esa puerta estaba sellada. Una noche de caminata comencé a darle pequeños puñetazos en el brazo y pataditas en sus piernas mientras hablaba y trataba de deslumbrarme con intrincadas teorías. Fue algo espontáneo, que inicié como un juego, pero que se fue transformando en una inconfundible muestra de hastío. Aníbal me miraba de vez en cuando desconcertado, pero aún así continuaba, “pienso que el núcleo del postestructuralismo, como ya lo dijo….”, hasta que la intensidad de mis golpes fue tal que lo obligaron, poco antes de llegar a su guarida, a detenerse y confrontar mis acciones. “¿Por qué en vez de golpearme no me acariciás o besás?” me dijo con soberbia. Yo miré a mi hasta entonces maestro, dando cátedra en medio de prostitutas y drogadictos, y lo único que le pude decir fue “¿y vos por qué en lugar de decir tanto pienso no empezás a decir siento?”

Esa noche me despedí del búho, de los libros, de aquel hombre de palabras enredadas al que nunca llegué a conocer, y poco a poco de aquella muchacha que quería ser de Beauvoir. Hace apenas tres semanas, estando de pie frente a la tumba de Marx, reafirmé lo que ya intuía a mis diecinueve años: que no somos lo que pensamos sino lo que sentimos.

04

05 2011