Archive for April, 2011

Una cana y el tiempo

Cuando mi esposo Ben entró a mi vida yo apenas me reponía del divorcio con mi primer marido, y no esperaba nada del amor ni de las relaciones. Jamás hubiera podido imaginar, al leer el correo donde me invitaba a comer pizza al apartamento donde se había mudado tras la separación de su ex esposa danesa, que iba a terminar, no sólo enamorándome de este muchacho que había conocido en mis clases de maestría, sino también casándome con él.

Con Ben hubo una conexión importante desde el primer momento: ambos conocimos a nuestros ex daneses en Costa Rica (Ben vivió allá por un tiempo) y ambos partimos rumbo a Dinamarca desde mi país el mismo mes del mismo año, aún sin conocernos. Sin embargo, esta confluencia de hechos, que más tarde llegué a ver como una prueba irrefutable de que estábamos destinados a estar juntos, no me parecía entonces más que una curiosa coincidencia.

Ben era un muchacho guapo y divertido, pero fue su juventud lo que me impidió verlo de un modo diferente al conocerlo. Mis intereses de pareja habían estado históricamente dirigidos a hombres mayores o bastante mayores que yo, por creer que los años eran sinónimo de madurez y entereza. Fui la primera en sorprenderme, aquella noche de pizza, cuando las risas se fueron diluyendo en miradas incitadoras y roces de piel dilatados. Me dejé querer por Ben pese a su edad, pero no sin reservas. Mientras observaba su rostro acercarse a mí sin tregua, enrojecido por el vino y la emoción, sus labios que todavía le temblaban producto de la reciente confesión amorosa, sus ojos tan azules e inocentes, imaginé con desolador detalle el momento futuro en que me decía que lo había intentado, pero que no me podía querer.

Hace un par de semanas estábamos en la cama, yo leyendo y él haciendo algo tecnológico con su Ipad, cuando al dejar el libro de lado para mirarlo por un rato (porque todavía, después de años de unión y matrimonio no me deja de sorprender que sea él el hombre con el que me acuesto cada noche de mi vida), noté su primera cana, erigida con soberbia en medio de su abundante melena de pelo negro. La observé con dolor e impotencia, y lo único que pude decirle fue que no era justo, que él no podía envejecer. Ben, que ya había visto la cana y había elaborado su ritual de aceptación a solas, se rió, me besó la mano, y volvió a deslizar su dedo sobre la pantalla electrónica.

A mí me fue imposible regresar a la lectura. Lo seguí mirando, mientras la impotencia y el dolor dieron paso a una frustración de la que no me logro reponer. No es frustración con él, que ha dejado de ser aquel muchacho al que una vez besé por primera vez y se ha convertido en un hombre que me ha aprendido a amar, sino con el paso del tiempo y ese modo contundente, y a veces cruel, que tiene de demostrarnos que no hay vuelta atrás.

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27

04 2011

A Woman Under the Influence

Este fin de semana vi finalmente una película que tenía pendiente desde hace años. A Woman Under the Influence (1974), de John Cassavetes, valió cada minuto de la espera. Es una de las películas que más me ha impactado, no sólo por las sensaciones y reacciones que generó en mí mientras la veía (vértigo, risa, dolor, enojo, compasión) sino también por la duración del efecto, que no me deja a pesar de los días. Creo que lo más valioso de esta producción, aparte de las monumentales actuaciones de Peter Falk y Gena Rowlands, es la multidimensionalidad y profundidad de sus personajes. Al terminar de ver la película, que concluye con una desgarradora escena donde el protagonista no le puede contestar a su esposa si aún la quiere, al regresar ella de una larga estadía en una clínica mental, me sentí muy triste y conmovida. Ben me preguntó si era porque me había identificado con la protagonista, una bella mujer quizá injustamente tachada de loca, y yo le dije que sí, pero también con el esposo y su cansancio, con su madre y el dolor de ver a su hijo casado con una “loca”, con los padres de la “loca” por sentirse culpables de la disfuncionalidad de su hija, con los hijos de ella por querer a una mujer que no siempre puede estar allí.

Hace unos seis meses terminé de escribir el primer borrador de una colección de cuentos compuesta por relatos correspondientes a los diferentes momentos de desarrollo de nuestras vidas. El proyecto me emocionaba, y escribí con ahínco un total de catorce historias que en su momento me gustaron, pero que con el tiempo empecé a sentir falsas y huecas. Pese a leerlas y releerlas no lograba encontrar el fallo. Fue Larry, mi terapeuta, guía y últimamente consejero editorial, quien me ayudó a identificar el problema. “Tus historias son planas y unidimensionales”, me dijo, “estás escribiendo sobre emociones que no entendés y el resultado no puede ser más que maniqueo”. “Pasás corriendo por tus emociones, tenés miedo de ellas” concluyó. Las palabras de Larry me impactaron ya que siempre había pensado en mí como una persona en contacto con sus emociones, pero lo cierto es que les he temido, en especial a las de ese grupo “feo”, el de la envidia, el dolor, la tristeza, el enojo, por creer que al sentirlas pierdo un pulso con la vida (“no me vas a hacer sufrir ni me vas a ver llorar”). Ese día en que se inició como consejero editorial, Larry me asignó un ejercicio donde debía construir un personaje que se moviera en al menos dos dimensiones: la de los eventos externos y la del flujo interno de pensamientos y sentimientos.

Esta tarea, que al principio me pareció relativamente fácil, se ha convertido en una historia en la que llevo cinco meses trabajando y que ha sido (y está siendo) uno de los ejercicios de escritura y de vida más demandantes a los que me haya sometido, por obligarme no sólo a observar con detenimiento y sin contemplaciones mis propias emociones, sino las de los otros. Ha habido momentos en los que he querido dejar el proyecto, tratar de tomar un rumbo más superficial, escribir relatos centrados en los giros dramáticos y no en la profundidad de los personajes, pero me he dado cuenta de que no hay vuelta atrás en este camino, que ya no puedo dejar de ver más allá de mi fachada y la de los demás, y que lo único que me queda por hacer es continuar trabajando con tenacidad y compasión, deseando que llegue el día en que a través de mi escritura pueda crear personajes acaso parecidos a los que Cassavetes me ofreció, tan profundos, tan humanos que se llegue a olvidar que son letras las que corren por sus venas.

20

04 2011

Re-visitar la infancia

A mis 33 años, y después de haber pasado los últimos dieciocho meses de mi vida en un estado de decisiva reclusión, me doy cuenta de que estoy cambiando, y me sorprendo. No por el cambio en sí mismo, sino por su dirección: cada día que pasa me siento más y más parecida a la niña que fui.

Al pensar en mi infancia lo primero que recuerdo es que de niña no le temía a la soledad, sino que por el contrario la disfrutaba. El tiempo a solas era el que dedicaba a las actividades que más me apasionaban. Leía, veía películas en un proyector que me había traído “Santa”, representaba elaboradas tramas con mis muñecas, y escribía cuentos. Uno de mis primeros relatos se llamó “El ajo y la cebolla”, y trataba sobre los conflictos de convivencia entre los elementos de una ensalada. De niña también tenía la capacidad de relacionarme con los otros de un modo que perdí en la adolescencia, con un gozo puro y egoísta donde no había cabida para la autocensura y el temor a no agradar. Mi contacto con el barrio estuvo marcado por el canto, en el que tuve dos épocas inconfundibles. La primera (producto de la influencia de mi devota abuela materna) fue la del canto religioso, y la segunda (motivada por mi adoración de la película “La mochila azul” y su actor Pedrito Fernández) la del cinematográfico. Durante los días del canto religioso, que era dramático y asustaba un poco a las personas a mi alrededor, salía de casa en piyama (fue durante las vacaciones de verano), y lloraba y lanzaba oraciones al cielo, implorándole que nos perdonara por la muerte de la virgen salvadora. Los cantos de la mochila azul fueron mucho más amenos, además de lucrativos. Salía de mi casa con el LP de la banda sonora de la película bajo el brazo, me acomodaba el enorme sombrero de terciopelo negro que la pareja de mi mamá tenía reservado para el día de tope nacional y que me prestaba para hacer mis visitas musicales, tocaba a la puerta de mis vecinos, entraba, les entregaba el disco, y les pedía que lo pusieran a sonar. Me acomodaba el sombrero una última vez y cantaba qué te pasa, chiquillo qué te pasa… como si la vida se me fuera a desplomar ante los ojos. Tras los aplausos extendía la mano, que respondía emocionada ante el roce metálico de las monedas, y salía con el disco de nuevo bajo el brazo, rumbo a la siguiente casa.

Por desgracia no todo en mi infancia es memorable, pero lo que me interesa rescatar desde mi presente es esa capacidad, que apenas empiezo a recobrar, de poder estar a solas y estar bien, de dar porque se me antoja, de ser quien soy sin tantos remordimientos.

Hace pocos días vi un video de Carlos Boyero, el crítico de cine de El País, en el que celebraba el aniversario de los estudios de cine Pixar, pioneros precisamente del desdibujamiento de la línea divisoria entre lo adulto y lo infantil, y enfatizaba que el amor -no el gusto- por el cine es algo que se pilla en la infancia, y nunca más. Al escucharlo, una pieza terminó de acomodarse en mí, y me di cuenta de que el cambio que experimento, y que al principio me asustó, es uno de los más emocionantes de mi vida: me estoy acercando a ese lugar primigenio, y largamente descuidado, donde residen y siempre han residido mis primeras pasiones y amores; eso que supongo podemos llamar la esencia de nuestro ser.

13

04 2011

Mi ciudad

La necesidad de los humanos de apropiarnos del espacio que habitamos es tan elemental como la de alimentarnos. Llegamos a un hotel, colocamos nuestra maleta en una esquina que se presta ideal para este propósito, colgamos una prenda en el armario, ponemos un libro sobre la mesa de noche, y en cuestión de minutos ya no es el cuarto 45, sino nuestra habitación. Lo mismo hacemos al mudarnos a una ciudad extranjera, aunque el proceso, en esta ocasión, sea más intenso y duradero. Recorremos calles que al principio no entendemos, entramos en supermercados que venden productos irreconocibles, confundimos plazas y edificios, tomamos las rutas más transitadas y menos convenientes para ir a casa; hasta que finalmente llega el día en que la ciudad se transforma y deja de ser un espacio impersonal y retador. Entendemos las calles, los atajos, dejamos de confundir las plazas, sabemos dónde se consigue el pescado más fresco, o los mejores mangos y aguacates, caminamos cinco minutos más para llegar a la estación desde la que sale el bus que mejor nos conecta con casa. Al cabo de un tiempo logramos apropiarnos del espacio a nuestro alrededor y lo convertimos en hogar.

Este proceso, que había sucedido sin mayores contratiempos en las ciudades en las que he vivido, ha resultado particularmente difícil en Londres. Después de reflexionar al respecto, he llegado a la conclusión de que esta dificultad responde a dos motivos. El primero es que Londres no es una ciudad unitaria. No se conoce Londres, sino un Londres, dependiendo del grupo al que se pertenece. Está el de los ingleses, esa gente que una ve en las calles, metro y tiendas, y que se ha dedicado a construir una muralla protectora alrededor de la “inglesidad” que aún conserva su ciudad. Por otro lado estamos los que no somos de aquí y conformamos una masa creciente que, relegada al exterior de la muralla, flota en una ciudad que poco tiene que ver con Inglaterra, y que bien podría ser una gran metrópoli de cualquier lugar del mundo.

El segundo motivo por el que es difícil personalizar esta ciudad es porque todo, o casi todo en ella, se ha convertido en símbolo universal. Dondequiera que se mire, Londres ofrece un ícono: El Big Ben, los buses rojos de dos pisos, las casetillas telefónicas, los amplios taxis negros, el Buckingham Palace, la Plaza de Trafalgar, el London Bridge, el Támesis. Uno camina por las calles de esta ciudad como si anduviera por las pasillos de un museo que, bajo la presunción de un conocimiento común, ha retirado las explicaciones. Los que estamos fuera de la fortaleza nos quedamos tan solo con imágenes, sin historia.

Battersea, el barrio donde vivo, me ha ayudado a sentirme un poco más en casa, precisamente por ser un área menos cargada de monumentos y sitios de conocimiento global. En días de sol, uno de los pasatiempos favoritos de Ben y mío es caminar por el parque de Battersea, que tenemos justo al lado. Después de pasear dentro del enorme espacio verde, salimos al Támesis, recorremos su orilla, y admiramos las casas de Chelsea, al otro lado del río, y las barcazas, a ambos lados, que se han convertido en el hogar de personas que me resultan los habitantes más misteriosos de esta ciudad. Mientras caminamos, no puedo dejar de preguntarme quién vivirá en esas barcazas, y qué tipo de vida llevarán.

Hace dos semanas di con una de las lecturas que más me ha fascinado en mucho tiempo, precisamente por haberme permitido personalizar esta ciudad, o al menos mi zona. El libro en cuestión se llama “Offshore”, de la escritora Penelope Fitzgerald. Penelope no sólo es inglesa, sino que vivió en mi barrio, en Battersea, en uno de esos barquitos que habían sido un enigma durante mi último año y medio. En su libro, la autora me descifra el enigma de los barcos y sus habitantes a través de personajes tan reales que, al volver a las barcazas, he podido ver y escuchar. Tras leer el libro he caminado de nuevo por las calles que transitaron los personajes de Fitzgerald, calles que ya conocía pero que no me decían nada, y que ahora, teñidas por sus historias y experiencias, me resultan tan familiares como las de mi infancia. He recibido, con tibia alegría, la posibilidad de que este complejo lugar del mundo pueda llegar a ser un día mi ciudad.

06

04 2011