Archive for March, 2011

Submarine

El fin de semana pasado Ben y yo terminamos viendo, por un error de cálculo, la película inglesa Submarine. Al llegar al cine, la mujer de la boletería nos informó que el film que pretendíamos ver había empezado treinta minutos antes, y que era imposible ingresar a la sala tan tarde. “¿Qué otra película dan dentro de poco?” preguntamos para no desaprovechar nuestro viaje a Soho. “Submarine” respondió ella, “en treinta minutos”. Ni a Ben ni a mí nos había interesado este tan comentado estreno por girar en torno al tema de la adolescencia. Sin embargo, y dadas las circunstancias, nos miramos, nos encogimos de hombros, y le pedimos dos boletos a la vendedora.

Cuando la película terminó le hice un gesto de más o menos a Ben con la mano, quien me indicó que a él sí le había gustado, bastante. “Será que es una peli de hombres”, pensé mientras dejábamos la sala oscura y decidíamos regresar a casa caminando. En medio de un Soho preñado de sonidos y luces me di cuenta de que estaba triste. Me sorprendió este sentimiento, ya que durante el transcurso de la película no me sentí afectada. Decidí prestar atención a los elementos externos de la noche, diluirme en el ruido y los excesos de esta zona de Londres, y no en mí; pero en cuanto el bullicio quedó a nuestras espaldas y la ciudad se fue aquietando, el sentimiento que no quería reconocer reclamó su existencia, y ya no pude ignorarlo.

He sido una de esas tantas personas que no ven nada atractivo en la adolescencia, que se llenan de pensamientos sentenciosos al observar el modo en que los adolescentes visten, hablan, actúan. Lo que la película Submarine hizo fue confrontarme a la verdadera causa de mi rechazo: no me gusta mi propia adolescencia porque es el tiempo de mi vida en que más sola me he sentido.

Mientras atravesábamos las majestuosas y sobrias calles del barrio de Mayfair, Ben y yo hablamos de nuestras adolescencias, de la gran soledad que caracteriza a esta etapa de la vida. No es que antes de llegar a ser adolescentes no estemos solos, pero es en la adolescencia cuando adquirimos consciencia absoluta de este hecho. De niños contamos con el bálsamo de la fantasía y el juego: amigos imaginarios, lápices que se convierten en naves galácticas, muñecas que son nuestras más fieles confidentes, palitos con los que formamos castillos; pero todo esto acaba de modo súbito e involuntario ese día en que nos sale el primer vello áspero, o espinilla, o manchamos nuestra ropa interior. Nos vemos lanzados a una realidad inhóspita de transición, donde no somos más niños, pero tampoco adultos.

Los adolescentes somos, o fuimos, renacuajos sin hogar. Saltamos de charco en charco en busca de cariño y atención, aterrorizados del ente en que nos hemos convertido. Salimos de casa porque las grietas entre papá y mamá, o quien sea nos haya criado, han traspasado el espacio de la habitación y empiezan a ocupar cada esquina de eso que se supone es nuestro hogar. Vagamos ansiosos por las calles buscando un sitio donde calzar. Vamos a casas de amigos, a fiestas también. Bebemos alcohol, a veces mucho, porque así, aunque sea por la brevedad de una noche, olvidamos ese hueco que se nos ha instalado de manera permanente por dentro. Observamos a la gente, a esa gente que se ve como nosotros, pero de la que en realidad sabemos tan poco. Nos llenamos de música, y bebemos más. Aceptamos muestras de atención, cualquiera. Puede ser un cigarrillo, una pastilla de un llamativo color, o los brazos y labios de un extraño que en pocos minutos recorren nuestra piel, erizada de miedo y deseo. Ejecutamos eso que se supone es el amor, pero que no nos satisface.

Pasamos los años así, saltando de charco en charco, buscando mejores métodos para atenuar el dolor causado por la soledad, hasta que un día encontramos a alguien -real- que se convierte en nuestro mejor amigo y confidente, con el que vamos al cine, hablamos bien, atravesamos una ciudad, y hacemos el amor. Es decir, a alguien con quien crecemos y construimos un hogar.

29

03 2011

Anuncio

Queridos lectores y lectoras. Este es un anuncio para informarles que de ahora en adelante este blog será actualizado cada miércoles, y no cada domingo. El posting de esta semana estará disponible aquí este miércoles 30 de marzo. Espero seguirlos viendo por acá. Muchos saludos y feliz domingo. Sara.

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03 2011

Microcosmos

Los miércoles por la noche le enseño español a un pequeño grupo de mujeres jóvenes de varias nacionalidades. Hay dos checas, una búlgara, una ucraniana, una estonia, una británica de origen africano, y una japonesa. La diversidad de nacionalidades e idiosincrasias nunca había sido motivo de fricciones, hasta la semana pasada, cuando la clase tomó un sorprendente giro y se adentró en materia política. Digo sorprendente porque este es un grupo de principiantes, por lo que me era imposible anticipar que del tema de las vacaciones se pasaría al político. El giro temático lo marcó un comentario que hizo la chica japonesa al afirmar, con una construcción rústica pero inteligible, que los países comunistas eran peligrosos. Esto, en una clase en su mayoría compuesta por mujeres que nacieron y crecieron –a salvo- en repúblicas socialistas, no fue del todo bien recibido.

Por un momento tomé distancia de la rencilla que se desarrollaba ante mis ojos y me sorprendí al darme cuenta de que presenciaba nada más y nada menos que el microcosmo de la política mundial. Lo que en mi clase fueron batallas verbales en una lengua extranjera, hubieran podido ser guerras, bombardeos y violaciones en una situación de conflicto internacional. Cuando las chicas agotaron su vocabulario de lucha en español, recurrieron al lenguaje más infalible y primordial de la humanidad: el físico. Las estudiantes de Europa del Este empezaron a enviarle claros mensajes de exclusión a la japonesa, que encontró refugio en la chica inglesa de piel oscura.

Ninguna de nosotras sabía entonces que a menos de dos días de nuestro encuentro el país de la japonesa que pronunció la frase incendiaria se desmoronaría, sería arrasado por el agua y caería víctima, una vez más, del terror nuclear. Tras la catástrofe imaginé lo que hubiera sido de esta clase de haber sucedido un día después de la tragedia en Japón. Imaginé la compacta solidaridad de las compañeras, sus brazos de distintos colores alrededor de la japonesa. Imaginé a esta chica, más tarde en la lección, repitiendo su sentencia como si se tratara de un sino fatal: “páises comunistas mucho periclosos. Sí, sí”. Imaginé a las chicas de Europa del Este sonriendo ante el sesgado comentario de su compañera asiática, ignorándolo porque hay gente muerta en su país, porque Japón llora mientras ella pronuncia frases cargadas en una lengua que no domina. Imaginé una clase que transcurre armónica, algo silenciosa, unida por el terror colectivo ante la furia de la naturaleza.

Pensé que este miércoles aquella solidaridad de brazos multicolor se haría presente, pero no fue así. Al parecer, a cinco días del siniestro ya se había oído demasiado del asunto en las noticias, ya se habían dado cuantiosos pésames anónimos en Facebook, ya se habían compartido incontables enlaces con animaciones del horror. A tal punto que cuando una chica, cuya familia está atrapada en un país de escombros, con hambre y frío, entra a la clase con una sonrisa de esperanza, cargando unos pastelitos que una amiga ha horneado para que ella recaude donaciones, las compañeras la saludan como si nada hubiera sucedido. Toman su pastelito, sacan unas monedas, las depositan en la mesa y continúan hablando. Solo entonces, al guardar el dulce en sus bolsos, parecen recordar que Ah, sí, esta chica de carne y hueso es de Japón. Le preguntan sobre la situación con la misma brevedad y desapego con los que se pregunta por el resultado de un examen de rutina, y vuelven pronto a su charla. Yo me mantengo de pie, en silencio frente al grupo, triste de presenciar ahora el microcosmo de las relaciones humanas.

20

03 2011

Hombres de manos sangrientas

Ayer por la tarde mi esposo Ben y yo salimos rumbo al supermercado a comprar ingredientes para la cena marroquí que decidimos cocinar para una pareja de amigos que habíamos invitado a casa. Al salir nos sorprendió un clima primaveral, por lo que decidimos no ir al supermercado del frente, sino a uno un poco más lejos, en un área llamada Clapham Junction, donde los sábados hay un mercadillo muy entretenido. Comimos una porción de pizza en uno de los puestos y caminamos por la calle, llena de gente disfrutando del sol, hasta que dimos con una carnicería con una pinta de larga tradición inglesa y decidimos comprar el cordero para la cena allí, y no en el supermercado. Ben pidió seis costillas y el hombre, un inglés sonriente de dialecto casi ininteligible y un delantal manchado de sangre, desapareció en la parte trasera del local para regresar no con seis costillas sino con todas las del animal, de donde desprendió las nuestras. Ambos nos sorprendimos al poder reconocer la forma del cordero, pero nuestra sorpresa fue todavía mayor cuando, al pedir medio kilo de lomito (para nosotros, no para la cena marroquí), el carnicero caminó hacia la vitrina frontal y regresó literalmente con media vaca entre sus brazos. Colocó el enorme y bien añejado trozo de animal sobre una amplia superficie y empezó a escarbar en el interior de la bestia con una pericia y dedicación que me hicieron sentirme transportada al tiempo de los cazadores y recolectores. Después de minutos de maniobra, el hombre, aún sonriente, envolvió nuestro trocito de carne en un papel, regresó el animal a su sitio, y nos entregó una bolsita plástica muy coqueta y conveniente para llevar a casa.

Camino al supermercado pensaba en lo fácil que es, en nuestras vidas urbanas donde todo está procesado y ya envuelto, olvidar el nexo no solo con la naturaleza (la vaca, en este caso) sino con el elemento humano que está detrás de esos paquetes que encontramos en los pasillos de los supermercados donde compramos alimentos. Olvidamos que es una persona la que engorda el animal, la que le dispara, la que lo destaza, la que retira las vísceras, la que realiza los cortes; en fin, la que se llena las manos de sangre por nosotros.

Sobre este olvido del elemento humano en nuestras vidas hablaba también con Ben el viernes, cuando me comentó, no sin tristeza, que uno de los estudiantes de una de las compañías con las que trabaja había muerto ese mismo día. Parte del trabajo de Ben consiste en venderle licencias para un programa de aprendizaje de inglés en línea a compañías multinacionales. La cantidad masiva de estudiantes por contrato (un promedio de 20 mil) los convierte inmediatamente en cifras de una gran fórmula estadística. A Ben le impactó que la muerte transformara a este estudiante en persona. Empezó entonces a pensar en su nombre, edad, nacionalidad, en que dejaba quizá una familia huérfana, en sus planes inconclusos, como el de aprender inglés.

Es triste que una persona, aunque desconocida, deba morir para recordarnos que el mundo no se sostiene por máquinas procesadoras (de páginas de Internet o alimentos) sino por seres humanos. Es tanto el tiempo que pasamos encerrados frente a una computadora, viviendo vidas virtuales propias o ajenas, que a veces olvidamos salir, dar un paseo, aventurarnos más allá del punto común en nuestra ruta y adentrarnos en un mundo menos plástico y aséptico, donde todavía hay hombres de manos sangrientas y amplias sonrisas con los que podemos hablar.

13

03 2011

Un buen escritor

Este martes, en Estocolmo, tuve finalmente el gusto de conocer a Ricardo Bada en persona. Como mencioné la semana pasada, con Ricardo he entablado un diálogo importante, pero hasta ahora limitado al espacio virtual. El verlo cara a cara fue una grata confirmación de que los encuentros en persona valen más que un centenar de correos electrónicos. Hablamos con la soltura de dos viejos amigos sobre distintos temas, mientras las horas del reloj pasaban en un café del centro de la ciudad. En algún momento conversamos sobre dos escritores colombianos contemporáneos (A y B) que a los dos nos gustan. Coincidimos en que la novela de B que ambos hemos leído es una obra perfecta, compuesta por una estructura sólida y matemática; pero entonces Ricardo me dijo algo que me tomaría unos días, ya de regreso en Londres, entender: que aunque B es mejor novelista que A, A es mejor escritor que B. Le pregunté por la diferencia entre un buen novelista y un buen escritor, pero todavía no estaba lista para entender sus palabras.

Este viernes tomé The Corrections de Jonathan Franzen y me propuse terminar de leerla ese mismo día. No sabía si iba a ser una novela que como un todo me iba a gustar, ya que había tenido altos y bajos con ella. En algunos momentos me había quedado boquiabierta ante el genio del escritor, en otros la risa generada por su filosa ironía me había sacado las lágrimas, y en otros me había visto pasando las páginas con cierto tedio, por considerar que el autor estaba perdiendo el punto central y me estaba haciendo leer pasajes innecesarios. Curiosa, me senté en mi oficina a leer sin pausa, hasta el momento, casi al final de la novela, en que tuve que parar y dejar el libro de lado porque un llanto, ahora no de risa, me impedía continuar.

Uno de los personajes principales de The Corrections es Alfred, el padre de los tres hijos que son protagonistas de la historia. Alfred, que por lo que he leído de la biografía del autor debe de ser un retrato espeluznantemente real de su propio padre, es un hombre hermético y duro que nunca ha sido capaz de demostrarle afecto a nadie, y que en sus últimos años de vida sucumbe ante el Alzheimer. En la última escena del penúltimo capítulo del libro, Chip, el hijo del medio, acompaña a su papá, cuya salud física y mental se encuentra en un estado deplorable, a un hospital donde lo atan a una camilla para poder examinarlo con detenimiento.

Alfred, desesperado y acabado, le declara a su hijo aquello que todos esperamos llegar a escuchar de boca de nuestros padres algún día: la aceptación de sus errores y la petición de absolución. Alfred confiesa sus equívocos, su amor oprimido, y le pide perdón a su hijo, pero también le ruega que lo saque de ese infierno y lo lleve de regreso a casa. El hijo, aunque estremecido por las palabras de su padre, deniega la solicitud. “¡Te estoy pidiendo ayuda! ¡Tienes que sacarme de aquí! ¡Tienes que acabar con esto!” insiste. Las siguientes palabras fueron las que llenaron mis ojos de lágrimas, y las escribo tal como las leí porque no me atrevo a estropear la belleza con la que Franzen las plasmó: “Even red-eyed, even tear-streaked, Chip’s face was full of power and clarity. Here was a son whom he could trust to understand him as he understood himself; and so Chip’s answer, when it came, was absolute. Chip’s answer told him that this was where the story ended. It ended with Chip shaking his head, it ended with him saying: “I can’t, Dad. I can’t”’.

Al terminar la lectura sostuve el libro muy fuerte entre mis manos, casi meciéndolo, postergando el inevitable momento de separación, y fue entonces que creí haber entendido lo que Ricardo me dijo a principios de semana. Puede que Franzen no sea un novelista perfecto, pero no hay duda de que es un buen escritor. Un buen escritor, me parece, es el que reporta desde los oscuros rincones de la existencia que los demás insistimos en ignorar. Un buen escritor es el que por medio de aquello tan rústico, llamado palabras, nos lleva a esas zonas del olvido y no nos deja olvidar.

06

03 2011