Archive for February, 2011

Aniversario

Nunca he sido gran aficionada de los aniversarios, pero en este caso, en que mi blog cumple un año de existencia, no puedo dejar de sentirme emocionada. No tanto por el cumplimiento del año en sí mismo, sino por el camino recorrido durante estos doce meses.

Hace un año, cuando la idea del blog se concretó, estaba con mi esposo Ben pasando unas vacaciones en Sudáfrica. Antes de dejar Londres había enviado el primero de mis relatos a la revista de literatura The Barcelona Review y estando allí, en Muizenberg, un pequeño municipio costero a las afueras de Ciudad del Cabo, recibí un correo del editor informándome que iban a publicar “Reciclaje”. Pocas veces me he sentido tan alegre como entonces. Aquel momento fue para mí uno de graduación. Creía haberme ganado el título de escritora, y la idea de abrir este espacio parecía complementar mi nueva profesión.

Empecé el blog sin tener una idea clara de su dirección. En un principio supuse, ingenuamente, que sería el portal de mis publicaciones (recién graduada, pensaba que escribir era tan “sencillo” como inspirarse, sentarse, teclear y publicar), pero poco a poco me fui dando cuenta de que la escritura de ficción requiere de un trabajo mucho más reposado y lento del que yo imaginaba. Mi ilusión de graduada se esfumó, y allí surgieron las dudas respecto al blog. Sentí que no me merecía este espacio, pese a que era mío y de nadie más.

El recorrido de este año ha sido de una intensa lucha interna, de sincerarme conmigo misma y explorar temas que no me son del todo sencillos, pero que han ido nutriendo mi escritura y mi vida. En varias ocasiones, abrumada por sensaciones de duda y timidez, consideré dejar el blog. En esos momentos aparecía la bochornosa pregunta “¿y quién carajo soy yo para creer que lo que tengo que decir le importa a alguien?” En no pocas ocasiones he vuelto sobre lo escrito y me he sonrojado, ya sea por considerarlo moralizante, irrelevante, o muy íntimo. Este último punto ha sido el más difícil de conciliar. Cuando empecé a escribir, lo único que tenía claro era que el tono sería personal, porque soy ese tipo de persona a la que le gusta hablar (y escribir) no de la vida en sí misma, sino de cómo nos sentimos en ella.

Al principio no me detuve a pensar en el hecho de que estaba compartiendo mis experiencias con extraños, por creer que quienes leerían el blog serían amigos o conocidos, pero poco a poco el número de personas y países fue aumentando, al punto de llegar a tener un grupo de lectores en un pueblito de Corea del Sur, donde quizá nunca vaya a poner pie. En ese momento el hecho de compartir partes de mi vida en internet dejó de parecerme natural y las dudas aumentaron.

Ricardo Bada, periodista y escritor español con quien he entablado amistad por este medio, tuvo la amabilidad de incluir mi blog en una conferencia que dará este martes en el Instituto Cervantes de Estocolmo sobre blogs y literatura. En el texto, que compartió con quienes colaboramos, menciona que lo que le llama la atención de mi blog es justamente el que yo comparta mi intimidad con un público en su mayoría anónimo. El verlo escrito me impactó, como si de ese modo se hubiera convertido en una verdad ineludible. Por otro lado, pensé, lo ha sido siempre, porque no se puede cambiar la esencia de quien se es. Me dije entonces que lo mejor que puedo hacer en este segundo año que inicia es aceptarme como soy, y desear que quienes pasen por aquí, anónimos o no, puedan sentirse escuchados, acompañados, entretenidos o inquietos durante los minutos semanales de lectura.

Les saludo desde Estocolmo, donde tendré la oportunidad de conocer a Ricardo en persona, quien dejó de ser un anónimo, para convertirse en amigo. Deseo agradecerles su lectura, sus comentarios, su tiempo y compañía, ha sido una gran experiencia que espero podamos seguir compartiendo en este segundo año. Abrazos fuertes, Sara.

27

02 2011

Aliens

(sobre el exilio voluntario)

En estos días leí el primer texto del blog de un amigo danés que vive en Boston desde hace muchos años, donde sostiene que el ser un “alien” (término administrativo que se le da a los residentes no ciudadanos en Estados Unidos) no debería ser motivo de vergüenza sino de orgullo, ya que quienes vivimos fuera de nuestros países de origen hemos tenido la oportunidad de experimentar la vida en al menos dos lugares. Arne habla de una creciente comunidad “alien”, compuesta por todos aquellos, como yo, que vamos perdiendo una identidad absoluta y nos vamos diluyendo en territorios sin fronteras aparentes. No cuestiono lo que Arne comenta, pero me llama la atención el aumento de esta población. ¿Qué es lo que nos lleva a dejar aquel espacio que nos fue dado por naturaleza como hogar?

De Costa Rica me fui hace casi 9 años porque me sentía extraña en mi propia tierra. Antes de irme entablé amistad con personas que de una u otra forma se sentían del mismo modo. Sosteníamos conversaciones interesantes, sobre todo durante los años universitarios, cuando nos sentábamos en la famosa Calle de la Amargura, insatisfechos y curiosos, a despotricar contra la pequeñez de nuestro país, las limitaciones culturales, el cortoplacismo, el mal olor de las cañerías, y cualquier otro tema que entrara bajo la casilla de insatisfacción. Llegó el momento, sin embargo, en que lo que una vez me había parecido lucidez crítica me empezó a parecer una actitud triste, de parte de los otros y mía, y decidí arreglármelas para dejar el país y encontrar ese otro lugar (entonces imaginario) donde fuera a calzar mejor.

Poco después de graduarme de la Universidad de Costa Rica como psicóloga conocí a un danés en un avión. Yo regresaba de mi primer viaje a Europa, y él iba rumbo a Costa Rica y Centroamérica a disfrutar de unas merecidas vacaciones de 3 meses. En el vuelo Newark-San José nos sentamos uno al lado del otro. Ocho meses después yo estaba en un avión cruzando el Atlántico de nuevo, rumbo a Copenhague. Recuerdo la emoción (y el miedo) que sentí al ver desde el cielo aquellas manchas de tierra esparcidas en un mar gris, formando ese lejano territorio llamado Escandinavia, que iba a ser mi hogar. Traté de iniciar con una actitud de adaptación entusiasta y positiva: aprendí su lengua, conocí sus costumbres, comí sus embutidos, tomé su akvavit, me casé con uno de ellos, sobreviví a días de 5 horas de luz en sus infinitos inviernos, pero al cabo del tiempo me volví a ver sentada en cafés, ahora en la capital danesa, despotricando contra el país y sus habitantes, tan cerrados a la gente de afuera, a los “aliens”.

Cuatro años después me voy a Boston, donde me convierto oficialmente en una “alien”, con tarjeta verde y demás. Supuse que allí, pese a haber adoptado este estatus, me sentiría más a gusto. Ya hablaba la lengua, la cultura me era mucho más familiar, los días eran más claros, y estaba en una sólida relación con una persona del país. Sin embargo, volví a caer en la crítica amarga, acompañada por otros que tampoco encontraban su hogar en Boston.

Dos años y medio después mi esposo actual y yo, tras una breve estadía en Estocolmo, nos mudamos a Londres. De nuevo las expectativas, por parte de ambos, de que en esta ciudad, enorme y que todo lo acepta, íbamos finalmente a calzar y a sentirnos en casa. Ha pasado un año y medio, y la labor de pertenecer ha demostrado ser más difícil de lo esperado. Sin embargo, no nos hemos ido, seguimos tratando, y creo que no nos moveremos hasta sentir que algo ha germinado aquí.

No hace mucho alguien me dijo: “Usted no se permite parar por miedo a que el pasado la alcance”. Más tarde otra persona agregó: “Los monstruos son más grandes cuando se huye de ellos”. Después de tanto trote me empiezo a cansar, y a darme cuenta de que no hay suficientes galaxias, ni mesas de café, donde huir de lo que sea huimos quienes un día, caprichosos y aburridos, decidimos ir en busca de un mejor hogar. No se huye de un territorio geográfico y sus limitaciones, sino de uno mismo y su propia vida.

20

02 2011

14 de febrero

En Boston, este diciembre, Ben y yo nos encontramos varias veces con una persona que ha sido fundamental en nuestras vidas, y que a base de consistencia y compasión nos ha ayudado a ser mejores seres humanos, a salir de nuestras zonas de confort para encontrar formas más honestas y reales de ser. Esta persona se llama Larry, y es el único ser viviente que conozco que creo se merece el título de maestro, aunque él sería el último en atribuírselo. La profundidad y liviandad con las que a sus 67 años (sobreviviente de cirugía a corazón abierto y cáncer de hígado) vive su vida, han sido un modelo para Ben y para mí desde el minuto en que lo conocimos, hace ya más de 3 años. En esta visita a Boston hablamos mucho sobre el tema que traté la semana pasada, sobre los estragos que la bulla interna causa en nuestras vidas. Antes de regresar a Londres, Larry nos dio un fuerte abrazo y nos dijo que este sería “un año de escuchar el corazón”.

Me subí al avión de regreso inquieta y hasta molesta con sus palabras, que sonaban bien pero que no lograba comprender. ¿Cómo se hace para escuchar el corazón?, me pregunté durante las 8 horas de vuelo. Larry nos había dicho que las verdades emocionales jamás vendrían de nuestra cabeza, ese lugar donde no confiamos en nosotros mismos ni en los demás, donde nunca vamos a llegar a ser suficientemente buenos, donde nadie nos quiere y somos pequeños e incapaces. Esta parte la entendí mejor porque la he experimentado, a veces a diario, pero la parte del corazón me seguía irritando por inaprensible.

La primera noche de regreso en Londres no logro dormir. Me digo que no es motivo de alarma, que probablemente se deba al cambio de horario. Me repito el mismo argumento tras el segundo, tercer e incluso quinto día sin conciliar el sueño, pero a la semana me empiezo a preocupar. Le escribo a Larry al respecto, diciéndole que lo más paradójico es que es bajo este insomnio, que está sostenido por una abrumadora ansiedad, que logro escuchar mi corazón. “Al caer la noche las venas se llenan de un líquido tóxico que amplifica las palpitaciones de un corazón del que dudo pueda surgir cualquier verdad” escribí. Larry es un hombre ocupado y a la distancia sus mensajes son breves. Me sugiere que tome unas pastillas (que aquí no consigo sin receta) y me dice que lo importante es trabajar en la parte emocional.

Tras dos semanas de tratamientos alternativos y caseros, compuestos por impronunciables hierbas chinas, leche tibia, lechuga y baños en la tina, fui al consultorio médico desesperada, en busca de drogas. La doctora me recetó unas pastillas que me aseguró me ayudarían a dormir. A las tres semanas regresé como un mapache tembloroso a la misma clínica. Minutos después salí con una receta de las pastillas más fuertes que iba a conseguir en esta Europa anti-medicamentosa. Me tiré en mi cama, agotada, con la bolsa de la farmacia entre mis manos, suspiré varias veces y me dije que era momento de hacerme cargo de una situación que venía reapareciendo en el núcleo de mis enmarañados y necios pensamientos. Esa noche, después de 21 días de vigilia, logré dormir. No sé si fue producto de la leche tibia, el diazepán o los límites que decidí restablecer, pero esa ansiedad que me tenía en pie se alejó y dejé de oír las angustiosas palpitaciones de mi corazón.

Volví a recordar las palabras de Larry “este será un año de escuchar el corazón” y logré finalmente entender que él no hablaba de un lugar físico donde hay verdades esperando a ser desempolvadas, sino de un espacio incorpóreo y pasajero, lejano a la bulla y la voz, donde residen la verdad y el amor.

Feliz 14 de febrero.

13

02 2011

Ganarse el silencio

Este miércoles por la noche fui a un concierto de Vanessa Paradis con una amiga. De Paradis sabía que era actriz y pareja de Johnny Depp, pero no que cantaba. Al ver el anuncio del evento tuve curiosidad por conocer su música, e invité a una amiga suiza y también cantante, Jaël, a venir conmigo.

Jael y yo nos conocimos hace unos 3 o 4 meses en un taller introductorio a la técnica de actuación de Meisner. Esta técnica, bajo la cual se formaron actores y actrices como Robert Duvall, Steve McQueen, Gregory Peck y Michelle Williams, y operan u operaron directores como Mike Leigh, Sidney Lumet y Sidney Pollack, se basa en la capacidad de conectarse en el aquí y el ahora con las emociones, no propias, sino del compañero o compañera de actuación. Al hacer esto salimos de nosotros mismos, establecemos una conexión humana y reaccionamos ante la emoción del otro. La técnica se basa en un elemental ejercicio de repetición, que consiste en sentarse frente a alguien, en absoluto silencio, y hablar solo en el momento en que podamos reconocer una emoción real y concreta en la persona frente a nosotros. Por ejemplo, A dice: “Tenés miedo” y B repite: “Tengo miedo” y así sucesivamente. Las modificaciones únicamente ocurren cuando la emoción de B se transforma ante el reconocimiento de A o cuando B nota un cambio en A. De acuerdo al profesor, un actor escocés que se entrenó directamente con Sandy Meisner, la actuación que produce este método es una antiactuación. Los actores y actrices no se están colocando una máscara sobre la máscara que ya solemos llevar a diario como personas, sino que se están despojando de la misma para poder conectarse y reaccionar de modo convincente (real) ante un otro.

Fue muy interesante ver a lo largo de la semana que duró el taller lo difícil que es no actuar, ser simples y verdaderos, estar presentes. Tenemos una arraigada tendencia a la falsedad. Cuando A decía: “Estás triste” empezábamos a sonar tristes, no a conmovernos ante el reconocimiento de este dolor, y cuando A decía: “Estás enojado” empezábamos a alzar la voz y a hiperbolizar nuestra gesticulación. Tras la primera ronda de repeticiones Tom, el profesor, hizo una larga intervención. Empezó por pedirnos, a 15 personas, que hiciéramos total silencio y nos concentráramos en el sonido de un pequeño reloj de pared que estaba en la sala, y al que nadie le había prestado atención hasta ese momento. Bajo el sólido silencio el antes insignificante aparato se convirtió en el centro del universo y el paso de sus agujas en el palpitar de la humanidad. “¿Lo notaron?” dijo Tom, “solo desde el silencio podemos realmente escuchar”.

El concierto de Paradis vendió todas sus entradas. Metida allí juré entender lo que debe sentir una cucaracha en su nido. La música empezó y apareció Paradis haciendo movimientos exageradamente sensuales. Tomó el micrófono, sin detener sus movimientos, y empezó a cantar. Poco después algo que nunca había experimentado sucedió: la sala se dividió en dos mitades. Una hablaba y la otra la callaba con irritados e insistentes Shhhhhhh. El verdadero drama en cuestión no era que unos hablaran y otros quisieran escuchar, sino que a nadie le importaba realmente lo que estaba pasando en el escenario. A quienes nos aburrió la música hablamos y quienes creían estar totalmente compenetrados no lo estaban, ya que de haber sido así no hubieran siquiera notado la bulla a su alrededor. Al observar desde fuera lo que ocurría, apareció en mi mente la frase: el silencio se gana, no se demanda.

Más tarde pensé que esta situación, que se prolongó por las casi dos horas que duró el concierto, es la misma que cargamos dentro de nuestras cabezas. Tenemos una mitad que habla sin parar, que crea bulla para no escuchar lo fundamental de nosotros mismos y de los otros, y otra que en su afán por acallar la bulla no hace más que aumentarla. Me di cuenta del poco silencio absoluto del que somos capaces, y pude ver con una claridad espeluznante que en esta lucha interna que no lleva a nada se nos puede ir la vida, y nos podemos llegar a perder de cosas simples y monumentales, como el ronco sonido de las agujas de un reloj.

06

02 2011