Archive for January, 2011

Reproducción

La pregunta sobre el tener o no hijos es una que aparece en el universo femenino desde ese momento en que menstruamos por primera vez. Eso significa que si tenemos cerca de 30 años (33 en mi caso) y no tenemos hijos aún hemos venido cargando con esa interrogante alrededor de 15 años. Siempre pensé que tendría hijos, siempre lo vi como algo que “sucedería un día”. A mis 15 años me dije que “cuando fuera grande”, lo que me parecía era a los 25. A los 25 me sentía terriblemente joven y me dije que más tarde, por ahí de los 30. A los 30, estando ya en un relación sólida con una persona que amo y con la que espero pasar el resto de mi vida, me dije que “un día de estos”. Han pasado 3 años desde entonces y ese día no se concreta.

Es extraño que este hecho me haya convertido en minoría, casi en un fenómeno sociobiológico. Vivo en un mundo que siento como una conejera, compuesto por parejas jóvenes que se reproducen con la facilidad y rapidez con la que se planea una vacación. Facebook está lleno de bebés y las conversaciones, especialmente las familiares, están teñidas por ese discreto “¿para cuándo?” Tengo más de 15 años incubando esta pregunta, y la verdad es que entre más observo a mi alrededor más miedo tengo de la reproducción. Veo a parejas teniendo niños casi siempre por motivos “equivocados”. No es mi intención moralizar ni pretender ser la portadora de una verdad que ni yo misma logro entender, pero no soy capaz de ver nada positivo para la pareja, para cada individuo y mucho menos para la criatura, en el hecho de que la concepción tienda a ser vista como un antídoto contra la soledad, la incapacidad para lidiar con nuestros propios vacíos, el aburrimiento y una relación agonizante. Igualmente espeluznante me parece el argumento, tan común, de que se tienen hijos “porque es lo que todo mundo hace”.

Hace unos 4 años leí un libro titulado “Tenemos que hablar de Kevin” (escrito por la norteamericana Lionel Shriver) que me impactó mucho por ser la primera novela que leía que plasmaba, sin concesiones, el oscuro panorama que prosigue a la concepción por razones “equivocadas”. Es ficción, podría decir la gente, en la vida real las cosas son diferentes. El problema es que en la vida real observo lo mismo (con variaciones temáticas). Veo a parejas que actúan movidas por la desidia o la tradición reproducirse y quejarse ante el resultado (falta de sueño, estrés, gastos impagables, falta de tiempo para sí mismos), y a parejas que tenían chispa y una buena dinámica que a falta de preguntarse y responderse por qué querían un hijo se ven avasalladas por la misma amargura y tensiones. No dudo que los niños y niñas traigan grandes alegrías y que por algunos años le den a esos adultos la sensación de completud y sentido que ellos mismos no se esforzaron por encontrar, pero qué pasa cuando esos niños crecen y son adolescentes que se rebelan y ya no son tan tiernos, o qué pasa cuando son adultos y crecen y ya no necesitan de sus padres. Qué pasa entonces con aquellas personas que a sus 30 o menos años pensaron (o pensaron poco) que el asunto no era tan complicado y que ya se la jugarían, como dicen en Costa Rica, y se dan cuenta a los 50 años que aquellas preguntas y vacíos de los que no se ocuparon entonces no desaparecieron entre los pañales y las horas de sueño perdidas, sino que siguen allí, enormes y apestosas, y no se van a ir hasta ser atendidas.

Hay una escena en la historia del cine cruda e inolvidable, y que en estos meses de preguntas sobre el tener o no niños me ha tocado a la puerta. Se trata del final de la película “Who’s Afraid of Virginia Woolf?”. Ese amanecer desolador y tristísimo que llega tras una noche tormentosa en que la verdad del niño ficticio que Liz Taylor y Richard Burton (casados entonces e interpretando a Martha y George) muere. George decide cambiar las reglas del juego y “asesina” al niño fantasma, que parece ser lo único que le ha dado sentido a su relación y a sus vidas. Los invitados se marchan y ellos se quedan solos, junto a la ventana de la sala, destrozados. Liz Taylor, que está sentada en un sillón, con la mirada perdida y el pelo desgreñado, le pregunta a Richard Burton (George): “¿Solo nosotros?” Él, que está de pie junto a ella, con una mano sobre su hombro, responde con un seco “Sí”, y procede a cantar suavemente “¿Quién le teme a Virginia Woolf Virginia Woolf Virginia Woolf?”. Liz Taylor, rota, responde “Yo, George, yo”.

No sé cuánto tiempo más me lleve encontrar una repuesta “no equivocada” al asunto de los hijos, o si la respuesta vaya a llegar del todo. Lo que sí se es que paralelo al tiempo de la pregunta trataré de entenderme mejor y sanar heridas pasadas. Quizá en el proceso llegue el día en que sienta un amor propio y un balance tan sólido dentro de mí que me lleve a ser madre, o quizá no, y no pasa nada, la vida sigue.

Who’s Afraid of Virginia Woolf? – The Son’s Funeral from Movie Reference on Vimeo.

30

01 2011

Perfección

La otra madrugada estaba frente al televisor a eso de las 3 de la mañana (insomnio) buscando un programa que me ayudara a conciliar el sueño. Di con el canal E Entertainment, que transmitía la ceremonia de los Golden Globe, y me pareció la opción ideal. No estaba prestando mucha atención a lo dicho (comentarios sobre la mejor vestida, las panzas de embarazo o post embarazo, etc) hasta el momento en que apareció Christina Aguilera, con sus voluminosos pechos, y pronunció con una sonrisita mojigata la frase que reactivó mis pensamientos y prolongó mi insomnio. “Es que soy una perfeccionista” dijo henchida de orgullo.

¿A quién le sonríe de ese modo?, fue lo primero que me pregunté. ¿A los presentes, a su público ausente y abstracto, a sus padres, a sus maestros, a sus amantes y ex amantes, o a sí misma? La respuesta, que llegó cerca de las 4am, fue: A todas estas personas. No tuve la menor duda en ese momento, y todavía, de que la aspiración a la perfección es uno de los objetivos más vagos y crueles que podemos llegar a imponernos como personas.

Vago porque, aunque la perfección se haya convertido en un valor tan cotizado y respetado, no comunica nada. Define tanto como el decir que alguien es bueno. Porque ¿de qué está hecha la materia de la perfección? Estoy segura de que cada persona tiene una respuesta distinta que ofrecer. Habrá quienes digan que la perfección es el ser una buena persona (de nuevo, ¿qué es esto?), o que significa ser siempre responsable y precavido, o que es dar siempre lo mejor de sí mismo, o algo por el estilo. Lo cierto es que el único consenso que parece haber sobre la perfección es que se trata de cumplir con un ideal hecho de expectativas que nunca logramos satisfacer del todo, porque siempre están más lejos de donde logramos llegar, porque cambian en cuanto nos acercamos. Habrá quienes digan que bien, que la perfección es una motivación de vida, pero aquí es donde me parece que es un objetivo tremendamente injusto y cruel, porque para ser perfectos (o buenos) tenemos que sofocar esa parte oscura y menos amable de nuestras personalidades que todos llevamos dentro; asfixiada, pero no por eso menos presente y real.

Hace un tiempo dediqué un par de escritos en este blog al debate sobre la calidad. Sostenía que la calidad y los gustos no son equivalentes. Decía que estos últimos son una construcción más racional. Al ver una película, por ejemplo, escuchamos una voz que nos habla, nos dice que esta película es buena o no, o que esta actuación no está mal pero podría ser mejor. Al terminar la proyección constatamos que nuestros gustos son atinados, investigamos lo que los otros piensan y luego emitimos una opinión. La calidad, sin embargo, es algo que sucede, ni siquiera en el plano de lo emocional, sino de lo físico. No hay intermediarios en el efecto, ni opiniones, hay un cuerpo afectado que le avisa a la mente que algo muy fuerte está pasando; no al contrario.

Black Swan, película de la que escribí hace unas 4 semanas y que está acumulando gran parte de los más prestigiosos galardones, es un filme que me afectó de este modo; robándome el aliento. Al terminar, mi cuerpo se desplomó sobre la silla, mis manos se unieron en un fervoroso aplauso, y lo único que salió de mi boca, una y otra vez, fue un emocionado Wow. Esta película trata, curiosamente, sobre el tema de lo oscuro y claro que todos llevamos por dentro. Nina, la protagonista (interpretada de modo magistral por Natalie Portman), es una bailarina elegida como personaje central en el ballet titulado como la película misma. El principal conflicto de esta chica es que su mayor anhelo en la vida es ser perfecta (como su mamá, una bailarina frustrada, la quiere). La perfección en Nina implica no crecer, ser una chica que duerme con ositos de peluche, viste de rosa, siempre sonríe y es completamente asexual. Durante los ensayos una transformación brutal tiene lugar, ya que Nina no puede controlar más el afloramiento de esta parte oscura (envidiosa, promiscua, insultante, agresiva, mordaz), que sale a flote arrasando con cuerpo y psique.

No estoy segura del destino de Christina Aguilera y su obra, pero no me cabe la menor duda de que Black Swan será una película que seguirá estremeciendo a generaciones por venir. No necesariamente por su temática, sino porque cuando estamos sentados frente a la pantalla podemos sentir las palpitaciones de un creador que se desnudó, observó su oscuridad y su luz sin filtros, y no huyó, sino que creó desde allí. La calidad, podría decir, jamás vendrá del lugar de la perfección.

23

01 2011

Blue Valentine

    “Blue Valentine” es una película que vi esta semana y que me ha movido el piso, sacudido por dentro y desordenado la casa. Me ha dejado con una mezcla agridulce de recuerdos espaciados a lo largo de los años.

    El primero es de una tarde en Costa Rica en que yo tengo más o menos 14 años y voy con mi mamá y una amiga suya, escultora y aficionada a la astrología, al restaurante de montaña “El Pórtico”. Estoy nerviosa y emocionada, Marisel -su amiga -ha hecho mi carta astral y me la leerá en el restaurante. No sé bien lo que es una carta astral, pero me suena grande, monumental. Creo entender que se trata de un documento en el que mi vida está plasmada, lo que viviré ya está escrito allí. Después de comer, Marisel despliega un documento copernicano sobre la mesa de madera. Me acomodo en la silla y me sostengo las manos, que me sudan, debajo de la mesa. Escucho el tono dulce de Marisel, que dice cosas positivas en su mayoría; habla de viajes y descubrimientos y de una vida internacional. Me dice que soy una persona sensible que puede ser herida con facilidad, pero que debo procurar no dejar que el dolor me endurezca. Después menciona algo que entonces no comprendí, pero que para bien o para mal he llegado a vivir en mis relaciones, especialmente en mi actual matrimonio. Sus palabras fueron algo así como: “Esto que te digo no es válido aún, sino que lo será durante tu vida adulta. Tus mayores alegrías y tristezas vendrán del mismo lugar, el de las relaciones amorosas”. Arrugué la cara y me quedé un poco desorientada, sin tener lugar en el que registrar lo dicho. De las relaciones solamente sabía lo que mi primer novio, un muchacho tartamudo en el que no había pensado en todo estos años, me hacía sentir al pronunciar con juvenil intensidad “Sa-sa-sa-ra, te qui-qui-e-ro”.

    Los otros recuerdos son de diferentes momentos de mi relación. Hay imágenes, como en la película, del principio, cuando toda pareja siente que ha encontrado finalmente a aquel que colmará todos sus vacíos y cumplirá con todas las expectativas de lo que se cree es amar. Pero hay otras imágenes, las que vienen con el paso del tiempo, de cuando el brillo inicial se apaga y las dudas aparecen, y con ellas el enojo y la decepción, que dejan a esas dos personas enamoradas sintiéndose como extraños, respirando un aire agrio y pesado. Se llega a conocer en esas etapas posteriores el lado no benévolo de la intimidad, ese donde el riesgo al daño es palpable. No me sorprende que el tema musical de esta película, que se adentra en las etapas tardías de una relación, sea “You always hurt the ones you love”.

    Me pregunto, sin embargo, si la pareja del filme llegó realmente a amarse. “Blue Valentine” concluye con un final abierto a interpretaciones en el que los personajes interpretados por Ryan Gosling y Michelle Williams parecen estar de acuerdo en que no pueden continuar de ese modo, pero precisamente por concluir así, no sabemos si el siguiente paso (ese que la película no da y solo queda en nuestras mentes) será el de dejarse o el de perdonarse, aceptarse y comprometerse a que la relación funcione. He estado pensando que el amor no es el que existe dentro de ese torbellino emocional, sino el que se encuentra cuando una pareja, exhausta pero enamorada aún, se pregunta no cómo llegó donde está, sino cómo saldrá del barrizal en el que se ha metido. Es posible que de ese escarbar en el lodo, juntos, surja algo más sólido, más real. De este momento no tengo recuerdos, porque es en el que estoy y probablemente siga estando, porque creo que al fin y al cabo esa labor continua de mantener una relación en pie es la mejor definición para lo que es amarse.

16

01 2011

Freedom

En estos días terminé de leer la muy esperada y comentada novela del escritor estadounidense Jonathan Franzen, “Freedom”, que le ha valido el título de Gran Novelista Americano. Al concluir la lectura sostuve el libro en mis manos y me tomé unos minutos de silencio llenos de respeto y admiración. “Freedom” es una de esas obras realmente grandes, que tienen la habilidad de condensar y diseccionar una época a través de una historia común. Uno de los principales peros que encuentro, sin embargo, y sin pretender ser crítica literaria, es la falta de profundidad con la que Franzen retrata a las mujeres de esta historia. Las deliciosas capas de análisis que aplica a sus personajes masculinos desparecen, dejándonos con mujeres unidimensionales, pertenecientes a uno de dos bandos: el de “las buenas” (mujeres sumisas que todo lo perdonan con tal de no ser abandonadas por el hombre amado) y el de “las malas” (mujeres ambiciosas y egocéntricas). Me quedé pensando en las posibles causas de este trato superficial y maniqueo por parte de un escritor que se sumerge con una navaja recién afilada en los universos de lo social y lo masculino. Descarté el odio, que apareció como respuesta en varios artículos en línea, sobre todo por ser la careta de sentimientos mucho más complejos y contradictorios. Me pareció, volviendo sobre la novela, que Franzen no comprende a las mujeres y que su falta de comprensión está ligada al miedo. ¿Miedo a qué? me pregunté entonces.

Entré a internet a buscar más información sobre la vida y obra del autor, y en un video de su visita al Club de Libros de Oprah (hacer clic en imagen al final) me pareció encontrar la respuesta. Hasta el minuto 19 vemos a un Franzen algo incómodo y muy formal en sus respuestas, que no deja descubrir nada de sí mismo, pero a partir de este minuto, motivado por la pregunta lanzada por un hombre, Franzen abre una ventana a su intimidad (un ventanal, me parece) y habla de la relación entre madre e hijo, que dice es el material menos resuelto con el que se adentró en el proyecto de “Freedom”. Procede a comentar sobre las muchas noches de su infancia en Misuri en las que se sentó a la mesa con su madre sustituyendo a su papá, que se ausentaba del hogar por largo tiempo a causa de su trabajo. Comenta cómo al principio (al igual que Joey, personaje de su novela) se sentía feliz y casi honrado por ser el elegido de su mamá, pero cómo luego llegó a reprocharle esto, por décadas. Franzen hace referencia a la extraña energía erótica que suele caracterizar las relaciones madre-hijo, y sazona su punto con un sonido de disgusto y un gesto de locura.

Horas después de haber visto esta entrevista me metí en Facebook y me quedé helada al leer algunos de los comentarios (no infrecuentes) que muchas de las madres jóvenes en mi red han escrito al pie de las fotos de sus hijos varones (aún niños). Los comentarios destilan una cuota en ocasiones desbordada de amor. Entre los más populares (en español) encontré los siguientes: “Tú y yo por siempre, te amo”, “El amor de mi vida” y “El hombre de mi vida”. Sé que las madres se enamoran de sus hijos, pero ¿”el hombre de mi vida”? ¿No debería ser el esposo o compañero el hombre de sus vidas? Con esta pregunta no señalo exclusivamente a las mujeres, porque estoy consciente de que en muchos casos el problema es que ese hombre no está, aunque esté presente físicamente. He sido testigo de cómo en ocasiones pareciera incluso que ese hombre toma un respiro con la aparición del niño, que lo libera de su esposa. Por otro lado, no es tampoco tan sencillo señalar a los hombres por ausentes y punto, ya que pienso en esos niños (como Franzen mismo) en quienes se deposita la tarea de amar a su madre como su padre no pudo hacerlo, llenar sus vacíos, que pueden llegar a ser insondables. No es de extrañarse que estos niños, que quizá son más de los que nos gustaría imaginar, crezcan con sentimientos contradictorios y adversos hacia las mujeres, y que de adultos no se sientan en la disposición o capacidad de amar a quienes han elegido como compañeras.

Franzen ha declarado que el material con el que le interesa trabajar es el “caliente”, compuesto por todo aquello silenciado y asfixiado bajo las capas del deber y la imagen. Siendo así, espero que en su próxima novela –no me importa si le toma otros nueve años- logre adentrarse con la maestría de la que es capaz en esta relación que más candente no podría ser. Quizá de allí salga también la creación de una mujer no dicotómica, sino multidimensional, o quizá no, y haya que esperar a su siguiente novela. Yo, sin duda, lo haré con gusto.

Jonathan Franzen Visits “The Oprah Winfrey Show” and Answers Questions from the Audience

Jonathan Franzen Visits the Oprah Winfrey Show

09

01 2011

El miedo a la profundidad

Aprovechando nuestro viaje a Estados Unidos Ben y yo decidimos venir a Nueva York (desde donde escribo) a pasar el fin de año. Fue una decisión de última hora, por lo que no tuvimos tiempo para planear qué hacer la noche de fin de año en una ciudad que probablemente ofrece cualquier tipo de entretenimiento imaginable. La mañana del 31 empecé a sentir una creciente angustia relacionada con nuestra ausencia de planes, como si el no celebrar fuera a desatar una ola de desastres en el año por venir. Tuvimos la suerte de que un amigo de Ben que vive en Nueva York nos invitara a pasar la noche con él y sus amigos en Williamsburg, uno de los suburbios de esta ciudad. Tomamos el metro, transformado en un carnaval bajo tierra, y llegamos a nuestro destino. El amigo de Ben nos explicó que Williamsburg es una zona muy hipster de Nueva York, compuesta por una población de jóvenes clase media educados y con inclinaciones culturales. Caminamos por una calle salpicada de charcos de nieve derretida, rumbo a un restaurante francés donde pude comprobar la descripción de nuestro anfitrión. Después de una excelente cena nos dirigimos a un bar donde nos esperaban sus amigos. Entramos a un establecimiento repleto de jóvenes vestidos con ropas vintage y pieles en exceso tatuadas. Ordenamos una copa de champaña y esperamos la inevitable venida de un nuevo año. La hora del brindis llegó y, mientras recibía brazos extraños que me arropaban con sus interesantes diseños, pensaba en el modo primero asertivo, luego desconcertante y finalmente reposado en que el 2010 aconteció.

El primero de enero del año ya pasado me planteé la modesta meta de convertirme en escritora. Tracé un plan, o estrategia, que implicaba iniciar este blog, publicar al menos tres relatos breves y comenzar -y ojalá terminar- mi primer libro. Los primeros meses de este año transcurrieron con una solidez sin precedentes en mi vida, cada día me levantaba y trabajaba en función de la meta que me había planteado. Todo iba bien, hasta el momento en que terminé lo que creía iba a ser mi primer libro de relatos. Había un serio problema en estas historias, que me tomó meses identificar: adolecían de falta de profundidad. Inicié un análisis desde distintos puntos de vista para tratar de comprender cómo podría llegar a escribir de un modo más profundo y real, y me di cuenta de que esto implicaba adentrarme en un proceso de aprendizaje largo y complejo en el que todavía estoy. Mientras tanto, surgió una creciente incomodidad con el título de “escritora” que me había adjudicado en este blog. “¿Cómo se me ocurre llamarme así si no tengo más que tres historias publicadas y un blog?” me preguntaba sin un gramo de piedad. No importaba lo que las personas que me quieren me dijeran, nada lograba alivianar el desconcierto que cargaba a diario. Fue hasta hace muy poco que esta sensación cedió, al leer las palabras de Rainer Maria Rilke en “Letters to a Young Poet”.

En la primera de las diez cartas que componen el intercambio epistolar que el autor establece con un joven poeta que lo contacta -lleno de dudas e inseguridades- esperando reafirmación por su parte, Rilke escribe (la traducción del inglés es mía): “Me pregunta usted si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Los compara con otros poemas y se siente perturbado cuando ciertos editores rechazan sus esfuerzos. Ahora (ya que me ha permitido aconsejarlo) le pido que se detenga. Usted está buscando fuera, y esto es lo primero que debe evitar. Nadie puede ayudarlo ni aconsejarlo, nadie. Hay tan solo una vía. Adéntrese en usted mismo… pregúntese en la más calma hora de la noche: ¿debo escribir? Busque en su interior una respuesta profunda. Si esta llega a ser afirmativa, si usted logra responder a esta seria pregunta con un simple y certero “Debo”, entonces construya su vida de acuerdo a esta necesidad… Asuma este destino y cárguelo, sus limitaciones y su grandeza, sin llegar nunca a preguntarse qué recompensa recibirá del afuera”.

Tras sumergirme en un silencio absoluto y enfrentarme a esta pregunta simple y brutal, me sentí terriblemente lejana de la persona que a principios de 2010 trazó un plan para convertirse en escritora, y le dejé de ver sentido a autodenominarme así en mi blog. Este año lo inicio sin planes ni estrategia, solo con muchas ganas de aprender y de ir perdiendo el miedo a la profundidad.

02

01 2011