Archive for December, 2010

Familia de dos

Las celebraciones tienden a estar asociadas a un grupo específico: el aniversario a la pareja, el último día de trabajo a los colegas, la graduación a los compañeros y la Navidad a la familia. Durante mi infancia, e incluso adolescencia, celebrar la Navidad con el grupo de personas con el que vivía era un hecho dado, por lo que jamás me hubiera podido imaginar que llegaría el día en que decidir con quién celebrar esta ocasión se convertiría en un gran dilema, precisamente por el cuestionamiento que he hecho a lo largo de los años de lo que es familia, o mejor dicho, de lo que se busca emocionalmente en ella.

Las navidades que he pasado fuera de Costa Rica las he celebrado de distintos modos, pero en su mayoría han incluido al menos a un Adulto (gente con hijos e hipotecas casi pagadas), lo que en mi opinión añadía el elemento de familia a la ocasión. Al principio fueron los papás de mi ex esposo danés, después los papás de mi mejor amiga en Dinamarca, y más adelante la familia estadounidense de mi actual esposo. Las últimas dos navidades las celebramos en Costa Rica, mi país de origen. La primera de estas dos ocasiones fue con mi amiga Antonieta y su compañero de entonces. Aunque la pasamos muy bien y con gente muy querida, me quedé con la sensación de que algo faltaba. Supuse que se trataba de ese elemento Adulto, que me seguía pareciendo el factor principal. La siguiente vez celebramos la fecha en compañía de mi familia costarricense, con quienes no festejaba hacía muchos años. De nuevo una velada agradable, pero algo seguía faltando. En este caso no solo no podía tratarse de la ausencia de adultos, sino que además estaba con las personas a las que sin titubeos había llamado familia durante toda mi infancia.

Este año Ben y yo decidimos pasar la Navidad en Florida, con sus abuelos maternos que están viejos y que probablemente no tienen muchos años por delante. Las intenciones de la visita eran nobles, pero no alcanzaron para sostener un festejo en compañía de personas a las que Ben había llamado con toda naturalidad ‘mi familia’. Sentados a la mesa con un par de republicanos recalcitrantes que pasan sus días frente al televisor viendo Fox News y el Weather Channel nos dimos cuenta de que una vez más estábamos con el grupo equivocado celebrando esta fecha.

Tomamos el avión de regreso a Boston ayer por la tarde, desubicados, con una sensación de ‘¿ahora qué?’. Llegamos al apartamento de alquiler donde nos esperaban nuestras cosas, dimos algunas vueltas alrededor de las maletas, con deseos contradictorios de tirarnos a la cama y no hacer nada, y de salir a la calle a buscar algo de comer y despejarnos. Un refrigerador vacío y el hambre decidieron por nosotros. Las calles de Boston, plagadas de nieve y silencio, no nos ayudaron a sentirnos más animados. Mientras caminábamos de la mano se me ocurría que no es la presencia de Adultos lo que define a una familia, sino la sensación de amor y protección casi incondicional que se espera de ella. La pregunta inicial, entonces, debería ser no quién es nuestra familia, sino con quién hemos llegado a construir una relación que en su mayoría nos provea de estos sentimientos. Miré a Ben y me dije que aunque no es algo permanente, porque hacer sentir a alguien amado y protegido es una tarea que demanda un nivel de compromiso y consistencia casi inhumano, es entre nosotros donde existe el nido de estas emociones.

Nuestros pasos nos llevaron al North End, la parte italiana de Boston. Tras examinar los trillados menús decidimos tomar el metro a Davis Square, el barrio que conocemos bien por haber sido nuestro hogar durante el tiempo que vivimos en esta ciudad. En el metro, pese a ser casi los únicos pasajeros, nos sentimos más alegres, menos perdidos. Al bajarnos caminamos directo a un restaurante indio en el que habíamos celebrado un 25 de diciembre años atrás con mi amiga Antonieta y su compañero, que estaban de visita. Los camareros, únicas personas en el restaurante, nos recibieron con gran efusividad y nos colocaron en una mesa que me parece era la misma en la que nos habíamos sentado en nuestra visita anterior. Pedimos lo mismo que entonces y comimos, solos, mientras toda una ciudad celebraba en casa. Hablamos mucho, la pasamos bien, y con el transcurso de la noche los pesares fueron quedando atrás, reemplazados por una sensación de compañía y hogar. Al salir Ben me tomó de la mano y me dijo que le alegraba mucho que hubiéramos regresado a este restaurante. ‘¿Por qué?’ le pregunté con deseos de escuchar lo obvio. ‘Porque es nuestro ritual’, dijo. Caminamos hacia la estación de regreso a casa, como una jovial familia de dos.

26

12 2010

Cositi

Hace más o menos 9 años leí un libro de Javier Marías llamado “Vida del fantasma” que me gustó mucho por tratarse de una compilación de textos donde el autor español se embarca en una interesante reflexión sobre una variedad de temas. El artículo que más disfruté fue uno donde el escritor trata sobre las distintas formas en que modificamos los nombres de las personas con las que nos relacionamos. Al amigo que siempre llamamos Juan lo llamamos Juan Gabriel a la hora del enojo o la decepción, por ejemplo.

Pensaba en estos días en este tema de los nombres, en lo poco neutrales que son nuestras escogencias al modificar el modo en que denominamos a las personas. Se me ocurría que estas modificaciones tienen que ver con el grado de cercanía y personalización que desarrollamos hacia determinado individuo. Por ejemplo, me parece que los nombres (o títulos) de aquellas personas que nos son impuestas por el hecho de pertenecer a una familia o a un sistema son menos modificados. Mamá es mamá, papá es papá, doctor es doctor, profesor es profesor. Se puede aplicar la abreviación (ma, pa, doc, profe) o el diminutivo (mami, papi, doctorcito) para intensificar el nexo, pero la titularidad prevalece.

Están por otro lado los amigos, que en principio son gente a la que elegimos querer, y cuyos nombres están expuestos a mayores modificaciones. Por ejemplo, una de mis mejores y más antiguas amigas se llama Antonieta, pero jamás he podido (a menos de que se trate de una discusión) llamarla por su nombre completo, que aunque me parece elegante y distinguido, resulta frío y casi grosero en mi boca. He recurrido a cualquier modificación de su nombre para referirme a ella, pero nunca a su nombre como tal. Se me ocurría que quizá hago esto como un modo de acercarme a ella y de particularizar el lazo con alguien a quien quiero mucho. Antonieta es un nombre que cualquier extraño puede pronunciar, o leer en un documento, pero Antonix o Anto no.

Después pensé en las profundas modificaciones que sufren los nombres de nuestras parejas, esas personas que llegan a un nivel de intimidad al que nadie más es capaz de llegar. En este campo hay un sinfín de opciones. Hay quienes se llaman de modos más comunes como cielo, corazón, bombón, bebé, etc; o quienes crean un modo original, que deriva de alguna anécdota de la que va quedando una forma única de reconocerse, como es el caso de una pareja de amigos venezolanos que se llaman el uno al otro “mili”, derivación a lo largo de los años de “mi lindo” y “mi linda”.

Anoche regresé al hotel donde mi esposo y yo nos estamos quedando durante nuestra visita a Boston después de haber pasado un rato muy agradable con una amiga que vive aquí. Ben estaba en la cama viendo Mad Men. Me acurruqué a su lado y lo abracé, contenta de estar de nuevo junto a él. Al terminar la serie apagamos las luces, nos dimos las buenas noches y caímos en un sueño apacible. Tras horas de dormir me despierto y miro el reloj: son las 5 de la mañana. Me doy la vuelta, en la penumbra de la habitación distingo su perfil, el movimiento calmo de su respiración nocturna, la forma de su cuerpo bajo el edredón, y me digo, no sin la tibia sorpresa que siempre acompaña este pensamiento, que es él el hombre con el que comparto mi vida. En ese momento lo nombro, pero no viene a mí su título ni su nombre, sino que se forma en mi interior la palabra “cositi”, y se me llenan los ojos de lágrimas al darme cuenta de que soy yo, su esposa, la única persona en este mundo que lo llama así.

18

12 2010

Una bella mujer

Uno de los grandes placeres de visitar un lugar donde una vez se vivió es poder reconstruir las rutinas que una vez se tuvo. Este miércoles Ben y yo decidimos que era el día de uno de nuestros rituales favoritos en Boston: cena en Blue Room, un pequeño restaurante subterráneo de ladrillo y luces tenues cerca de MIT, y película en el cine Kendall Square, una sala donde proyectan filmes con subtítulos, como los llama Franzen en su libro Freedom. Fue la película de la noche, Black Swan, la que hizo de la velada una memorable.

La primera cinta de Darren Aronofsky, director de Black Swan, que vi fue Pi (1998). Recuerdo que me llamó mucho la atención desde el punto de vista estético (película en blanco y negro con un acabado arenoso) y temático (un numerólogo-matemático convencido de que el universo se reduce al número 216), pero sobre todo desde el punto de vista psicológico. Aronofsky nos adentra con gradual intensidad en el mundo asfixiante y triturante de las obsesiones de su personaje masculino, y nos muestra, o mejor dicho, nos hace sentir, la desintegración de la mente y el cuerpo ante adicciones que van más allá del control humano. Su segunda película, Requiem for a Dream (2000), vuelve sobre estos mismos temas, valiéndose en este caso de la adicción a las drogas y no a los números. Esta película, que tiene una banda sonora increíble compuesta por Clint Mantsell e interpretada por Kronos Quartet, me volvió a sorprender positivamente. Su siguiente producción,  The Fountain (2006), me interesó tan poco que me es imposible recordarla con precisión, y su cuarta, The Wrestler (2008), me gustó, pero no me pareció aguda comos sus dos primeras. Las actuaciones del monstruoso Mickey Rourke y la sensual Marisa Tomei son excelentes, pero considero que, aunque volvió a su apasionante tema del nexo entre psique y cuerpo en conductas obsesivas, la película no alcanzó el nivel de profundidad psicológica que se merecía. A Black Swan llegué sin mayores expectativas. Sabía que Aronofsky haría una película digna de ser vista, pero quizás no notable. ¡Qué equivocada estaba! El director no solo ha hecho una película ya clásica en sí misma por la perfección con la que mezcla géneros que van desde el thriller psicológico y el surrealismo hasta el melodrama, sino que se adentra con una intensidad y elegancia que he visto en pocas ocasiones en el complejo universo de una ambiciosa bailarina que pone todo en juego, incluso su salud mental, para alcanzar el papel principal en el ballet que le da nombre a este filme.

Natalie Portman, la protagonista de esta película, siempre me ha parecido una artista excelente y bellísima –igual que el personaje que encarna en Black Swan-, pero cada vez que he terminado de ver una de sus cintas me he quedado con la sensación de que es capaz de mucho más de lo que da. Había estado esperando que experimentara una revelación como la de Halle Berry en Monster Ball (2001), pero el momento no parecía llegar. Hubo aproximaciones a este hecho en películas como Closer (2004), My Blueberry Nights (2006) y Hotel Chevalier, la parte introductoria de The Darjeeling Limited (2007), pero Portman no se lograba desprender del todo de su ternura de niña bien portada. Aronofsky no solo tuvo la virtud de crear una película hermosa y transgenérica, sino que tuvo la capacidad, y este es su mayor mérito, de transformar a Portman. La que aparece desde el primer segundo en la pantalla no es una muchacha linda y capaz, sino una mujer, con toda la belleza, turbulencia e intensidad que serlo conlleva. Portman, puedo afirmar finalmente, se ha convertido en una bella mujer.

Los dejo con el tráiler, que por desgracia no le hace justicia al filme. Este hay que verlo.

12

12 2010

Geografía emocional

Llama mi esposo desde Rusia y habla de ciudades que no reconozco. Me habla de calles cubiertas por metros de nieve, de días cortos, de una brisa helada y corrosiva que le golpea la cara, del modo desconfiado en que los rusos lo ven por ser el único que recorre la ciudad sin un amplio sombrero. Yo lo escucho, un poco abstraída, pensando en estas ciudades que para mí siguen siendo diferentes, las de un verano de hace muchos años en que visitamos Rusia en nuestro primer viaje juntos. Mis imágenes no calzan con sus palabras, yo recuerdo un asfalto que parecía derretirse bajo nuestras suelas, las piernas de los rusos expuestas, sus dedos de los pies al aire, las coca colas que tomábamos por el día para refrescarnos y las Bálticas heladas con las que recibíamos la caída del sol, y las noches en pensiones rusas en que el bochorno nos robaba la capacidad de dormir. Mi esposo continúa hablando de la nieve, y en medio de su relato, que sigo sin comprender bien, me dice que me extraña. Salgo de mi confusión y le comunico que yo también lo extraño, y le cuento que estoy en la cama, nuestra cama, y que veo copos de nieve caer por la ventana, y él se ríe, pero no dice más, porque creo que tampoco entiende el Londres del que le hablo. Este es un Londres de parques blancos que él no ha visto aún. Cuando partió a Rusia la nieve no empezaba a caer. Ambos terminamos la conversación, imaginando el espacio desde el que el otro habla, deseando estar en un mismo lugar.

Pese al mal tiempo en Londres ceno con una amiga suiza en un restaurante. Hablamos mucho, hablamos bien. Nos estamos conociendo, ella dice cosas de su vida, yo la escucho, me parece que huye de algo. Entiendo el sentimiento. Bebemos vino, comemos postre, viene la cuenta y a ambas nos da tristeza que la noche acabe. Me pregunta cuándo es que viajo a casa, yo le digo que no es a casa, sino a Boston, y ella me dice que por eso. Me quedo callada un rato y luego le digo que sí, algo así, que el sábado. Nos abrazamos, nos deseamos feliz navidad y nos prometemos seguir en contacto. Tomo el bus y pienso en Boston, en los amigos con los que ya he empezado a coordinar encuentros, y siento la alegría de regresar a esta ciudad en la que viví unos años y no he visitado desde hace más de dos. Pienso además que tengo familia allí, en ese país, la familia de mi esposo que ya es parte de mi vida y que me quiere ver.

Pienso en mi otra familia, la de Costa Rica, la de siempre, en mi hermano que me envía fotos de mi nueva sobrina y me llama tía, la tía que vive lejos, en otro país. Viene a mi mente la conversación reciente con mi mamá, que me pide que le escriba más y me habla desde una casa donde yo una vez viví y ahora no, y me cuenta de sus planes de fin de año, irá a México, alquilará un apartamento, recorrerá las calles de su juventud, de los años en que estudió medicina en el DF, cuando aún no era mamá, ni abuela, y quizá no pensaba que llegaría a serlo.

Veo en el Facebook que una amiga mexicana que conocí en Copenhague celebra ocho años de residir en esa ciudad donde yo también viví hace cuatro. Me sorprende el paso del tiempo, casi inefable, y me parece increíble que esta amiga, a quien yo sigo recordando como una muchachilla atarantada que entró una mañana a clases de danés con retraso, sea ahora toda una mujer y madre de dos. Evoco una noche, hace mucho, o así me lo parece, en que salimos ella, otra amiga italiana que ya no vive en Dinamarca y yo. Caminamos por calles oscuras y silenciosas, alegres de pasear juntas en una ciudad ajena para las tres. Entramos a un café y nuestra amiga mexicana habló de su embarazo, el primero, por primera vez. Recuerdo mi alegría en aquel momento, la sensación tibia que me creció por dentro, como si ella y su bebé trajeran más amor al mundo. Mi amiga me escribe en el blog, me dice que se me extraña por allá, y yo le digo que la extraño también.

Pienso en el libro de Italo Calvino, ‘Las ciudades invisibles’, recuerdo su idea de una ciudad atemporal, casi infinita, y creo entender ahora más de estos relatos que cuando los leí años atrás. Pienso en el mundo, en sus ciudades que por un momento se diluyen en un mapa sin días ni fronteras, y desaparecen en algo que se me ocurre llamar una geografía emocional, compuesta por manchas de territorio flotante donde vive la gente de nuestra vida, y por un momento entiendo las palabras de mi hermano que, ante mi pregunta incesante e irresuelta de dónde está el lugar físico del hogar, siempre me responde: ‘El hogar está donde se te extraña.’

05

12 2010