Archive for November, 2010

Granta

Hace relativamente poco terminé de leer uno de los libros que más he disfrutado en mucho tiempo: “Los informantes”, del colombiano Juan Gabriel Vásquez. El protagonista de la novela, para quienes no la hayan leído aún, es un joven escritor colombiano que, con la publicación de su primer libro -basado en la historia de una amiga de la familia, de origen judío-alemán, que llegó de niña a Colombia con sus padres huyendo de la Alemania nazi- desencadena una serie de eventos pasados que los protagonistas han tratado de olvidar a lo largo de sus vidas. El principal núcleo de los conflictos de los personajes es la existencia de las listas negras que el gobierno colombiano elaboró en los años de postguerra, con el fin de identificar y castigar a todo aquel alemán en tierra colombiana que hubiera tenido relación con el Tercer Reich. No hace falta ser docto en historia para saber que la elaboración de listas nunca ha sido un proceso neutral ni exento de consecuencias negativas.

Me llama la atención que pese a este conocimiento universal, la revista británica de literatura Granta, una de las más prestigiosas y longevas publicaciones en este campo, que ahora publica también en español, se haya dado a la tarea de consolidar una lista de los 22 mejores narradores jóvenes en nuestra lengua. De entrada dos elementos, en mi opinión algo arbitrarios, me resultan curiosos: el número 22 y la definición de ‘joven’. Me pregunto si esta cifra fue producto de un sueño o del absoluto azar, porque estoy segura de que hay más de 22 talentos en el mundo de jóvenes escritores en español. Un joven es definido como una persona nacida después de 1975. De nuevo, por qué no 1974 o 1976. Se podría decir que el cinco le da redondez al número, pero de ahí en fuera no le veo sentido. Los editores de Granta en español esbozaron algunas argumentaciones no muy sólidas en la introducción, justificando la fecha de corte. Lo que resalta en sus palabras es el hecho de que quienes han nacido después de esta fecha tienen rasgos comunes (aparte de la edad y la lengua), como el ser escritores no marcados por un compromiso social y político (a diferencia de la generación de sus padres), e internacionales (no en un exilio obligado a un territorio particular, sino poseedores de una movilidad de funcionario de la ONU). Estas dos características están ciertamente presentes en todos los perfiles y tramas de los relatos que llevo leídos, aunque no sé si esto les añada calidad o valor literario.

Volvamos por un momento a las listas y pretendamos olvidar las consecuencias negativas que su creación podría generar. Pensemos que la iniciativa de Granta (que ya ha hecho listas de este tipo en inglés) es buena. Digamos que fue valioso el trazar un perfil de la nueva narrativa en español, o al menos de la que fue escogida bajo los parámetros que hayan seguido, e imaginemos que a todos los involucrados nos beneficia este esfuerzo: a los escritores jóvenes que no fuimos incluidos en la lista porque nos proporciona un mapa de lo mejor (y nos deja con una noción de lo peor) de la narrativa actual, a los narradores elegidos porque las puertas editoriales se les han abierto de por vida, y a las editoriales porque ya no tienen que esforzarse en buscar a quién publicar. Imaginando, entonces, que todo está en orden, y que cada quien ha recibido una porción de satisfacción derivada de la lista, me queda por analizar la introducción de la palabra ‘mejores’ en el asunto, que creo que es al fin de cuentas lo que más conflictivo me parece.

Comprendo la necesidad humana de clasificar y de premiar, y no la condeno. Tener marcos de referencia nos ayuda a organizar el mundo y procesarlo de modo más expedito. Lo que me parece extraño en este caso en particular es que no se trata del mejor narrador, sino de ‘los mejores’, lo que nos deja sin saber quién es realmente el mejor de los mejores. ¿El que aparece de primero en la publicación? ¿El que aparece al final si el orden ha sido invertido? En este sentido me parece que la intención falla, y así como falla al exterior, apuesto que debe de fallar al interior (las preguntas de los escritores elegidos al respecto deben de ser de lo más entretenidas). Hay otro punto con relación a la palabra ‘mejores’ que me inquieta, y es que me parece que el ser mejor es algo que debe venir en primera instancia del escritor o escritora mismo. Ese afán de depurarse, de explorarse, debe ser producto de un compromiso personal con la creación, el más fundamental, quizá. Me preocupa que una de las consecuencias negativas de esta lista, al menos a corto o mediano plazo, pueda ser que al haberle dicho a narradores menores de 36 años que ya llegaron, que no hace falta más, estos sigan produciendo desde un lugar de certidumbre, y las nuevas generaciones, de las que siempre se esperan nuevos frutos, no dejen tras su paso más que una promesa, y un campo por cosechar.

28

11 2010

¿Sois o son?

Cuando vivía en Copenhague tuve una intensa y desigual relación con un danés tanguero (un hombre enamorado de Argentina, dedicado al tango y que hablabla español como el porteño más porteño) que una noche, hastiado de mi meloso enamoramiento centroamericano, me dijo: ‘¿y vos por qué hablás como argentina si no lo sos?’ Algo le respondí, pero lo que se merecía era una cachetada por ignorante.

No fue la última vez que escuché comentarios parecidos. Lo que me fue sorprendiendo es que no siempre provenían de personas que habían aprendido el español como lengua extranjera (para quienes hay una cuota de comprensión), sino de otros latinoamericanos que creen que el “vos” le pertenece única y exclusivamente a los argentinos, quienes, por buena gentes, se lo han prestado a los uruguayos; pero les parece inconcebible que esta forma sea usada por nicaragüenses, costarricenses o guatemaltecos, por ejemplo. La reacción de los españoles más puristas y poco viajados ha ido un paso más allá, ha terminado en la risa.

Al principio me costaba no ofenderme ante estas reacciones, pero poco a poco me fue importando menos, no solo porque me di cuenta de que una respuesta de este tipo denota en su mayoría ignorancia, sino porque me dejó de importar tanto lo que la gente tuviera que decir sobre mi modo de hablar. Como mencioné en el posting Hogar, en Costa Rica mi español (después de años en el extranjero) suena raro, y en el extranjero hay quienes no pueden dejar de sorprenderse de que una persona de este pequeño país hable como una argentina y arrastre la erre como una gringa.

Recibí esta semana el boletín electrónico de la Revista Eñe con noticias sobre su festival de literatura en Madrid. Dentro del boletín figuraba el blog de una escritora peruana, residente en España, que ha sido la encargada de registrar los highlights del evento. Lo primero que me llamó la atención del blog fue su nombre: “Sois dioses”. Yo no sé mucho de esta escritora, pero sí sé que es de Perú, y hasta donde yo estoy enterada, en en este país se usa el “ustedes” y no el “vosotros”. También sé que esta escritora, de unos 35 años, lleva más o menos 7 viviendo en España y, aunque estoy consciente de que hay una facilidad enorme de copiar la forma en que las cosas se dicen en otro sitio ( “tío”, “vale”, “joder”, etc), no concibo como fenónemo natural (porque conozco a latinoamericanos que han residido en este país durante muchos años y no se han visto afectados) el cambio del “ustedes” por el “vosotros”. Me atrevería a afirmar que para cualquier latinoamericano implica un tremendo esfuerzo el conjugar con “vosotros”, lo que me lleva a pensar que hay algo más en juego en esta tendencia de algunos escritores jóvenes de esta región, que al cabo de unos años en España (pocos en comparación con la extensión de sus vidas) ya hablan como si hubieran nacido al otro lado del Atlántico.

Cuando trabajaba como profesora de español como lengua extranjera en Estados Unidos me era asignado material con “ustedes”, por la cercanía con Latinoamérica, y aquí en Londres, por la cercanía con España, con “vosotros”. Esto me parece comprensible, y no lo debato. Lo que sí procuro hacer es presentar una mezcla variada de material a mis alumnos, y explicarles que ambas formas son totalmente válidas y comprendidas en cualquier lugar donde se habla español. Lo que me es totalmente imposible hacer (y sé que algunos profesores latinoamericanos de ELE en Londres lo hacen), es ponerme a decirle a mis alumnos: ‘Abrid el libro en la página doce’. ¿Por qué sacrificar quien realmente soy si toda una clase entiende perfectamente cuando le digo: ‘Abran el libro en la página doce’? No voy a negar que en Londres me he topado con situaciones incómodas originadas por una minoría de alumnos que jamás ha tenido una relación con Latinoamérica y que reclama el no tener una profesora que hable español “de verdad”. No ha sido fácil estar frente a una clase que queda en silencio tras un reclamo de este tipo, pero me alegro de que mi respuesta siempre haya sido la de informar y formar, y no la de anularme para calzar. Una vez que le he dejado claro a este alumno que el español que yo hablo es representativo de un grupo de 19 países y no uno, parece él mismo caer en cuenta de lo vergonzoso de su comentario, y la clase puede proseguir sin mayor inconveniente.

Me pregunto cuál sería la reacción de esta escritora si fuera ella la profesora de español en Londres, me pregunto cuál hubiera sido mi elección para un blog si viviera en España. Por tratarse de especulaciones no tengo respuesta, lo que sí tengo claro es que si la ruta express para el reconocimiento y la adaptación implica dejar de ser quien se es, prefiero irme a pie, despacito, y ver a dónde logro llegar, cuando llegue.

21

11 2010

La soledad en una gran ciudad

Partiendo del tráiler de Another Year, la última película del director inglés Mike Leigh, creí que iba a ver una de esas producciones bittersweet en las que el llanto y la risa se entremezclan, y de las que salimos con una canción muy tierna sonando en la cabeza. Me equivoqué. El cine que conozco de este director (Secrets & Lies, All or Nothing, Vera Drake) siempre ha sido gris y desgarrador, y Another Year no tenía por qué salirse de la línea. En esta película, que ha sido aclamada por los críticos como la cúspide creativa de Leigh, se nos presenta un grupo íntimo de personajes que gravita con sus pesares y depresiones (y mucho alcohol), en torno a una pareja inglesa que ronda los 60 años y que se ha logrado salvar del caos impiadoso que parece haberse tragado, con una normalidad apabullante, las vidas de todas las personas a su alrededor.

A excepción de una escena que tiene lugar en Derby, ciudad a unas tres horas al norte de Londres, toda la acción acontece en la capital inglesa. He hablado en ocasiones anteriores de lo fascinante que me parece Londres, y de lo encantada que me siento de vivir en esta ciudad, pero también he hablado del gris y de la humedad que son constantes en esta parte del planeta, y que nos pueden llegar a hundir en una tristeza desgarradora y solitaria.

Mike Leigh traza en este filme una relación entre soledad-amargura y buena compañía-alegría que podría resultar molesta para muchos, especialmente para quienes no comparten su vida con alguien, pero que en el filme, en la vida, y en particular en la vida en una gran ciudad, me parece válida. Esta semana participé en una encerrona de teatro basada en la técnica de actuación de Sanford Meisner, que parte de la base de que dos personas pueden actuar con credibilidad y fuerza única y exclusivamente si son capaces de establecer una conexión real y profunda en el momento dado. Comprobé que esto, que suena sencillo, es horriblemente difícil para todos, seres que no nos atrevemos a ver a las personas a los ojos, realmente a ver, porque tenemos miedo no solo de ver sino de ser vistos. A lo largo de esta semana comprendí que lo que hay en el fondo de las miradas es mucha tristeza, y que esa tristeza está en gran parte relacionada con una enorme soledad. Queremos ser vistos, pero tememos ser rechazados en caso de que suceda.

En Londres, como en ningún otro lugar del mundo en el que haya vivido o estado, he notado una reticencia enorme para contactar visual, física y emocionalmente. Los ingleses, o quienes llevan mucho tiempo acá y se han amoldado, caminan por las calles como en un campo minado, aterrorizados de un posible roce físico con el prójimo, a tal punto que cuando se ven sumergidos en masas humanas (la hora pico del metro, por ejemplo) lo que prevalece es una batalla de codos. Al hablarte jamás te ven a los ojos, y por más divertida y amena que sea la plática en el pub (extensión de la sala doméstica de cualquier vivienda), nunca llega a ser personal, nunca se llega realmente a conectar con esa otra persona que traga y traga pintas en búsqueda de la valentía para poder decir: me duele la soledad.

Mi esposo Ben y yo hemos desarrollado una costumbre, al ir al cine o a conciertos, de decirnos al entrar: ‘Ojalá no nos toque sentarnos al lado de un “loquito”’. Me atrevería a decir que en cada 3 de 5 actividades públicas a las que asistimos, nos vemos sentados al lado de una persona por encima de los 45 años, sola, que ha desarrollado modos terroríficos de mantener a otros humanos a la distancia, desde hacer ruidos insoportables con la garganta, hasta taparse los oídos con agresividad cuando la gente aplaude, o gritar un violento Shhhhhhh porque la ropa de una hace ruido al moverse en el asiento.

No sé si la lógica de compañía-soledad que Leigh, un hombre de 67 años, propone sea válida para cualquier ciudad, pero creo que lo es para esta en la que vivo. Los ingleses y los habitantes de Londres buscan confort casi a diario en los acogedores pubs que siempre llaman con el dedo de la tentación etílica, y mientras se está allí la vida parece fluir en armonía. Pero no dudo de los efectos devastadores de lo que pasa después, ese momento de la noche, que siempre llega, en que la bulla termina y se entra a una casa silenciosa, a una cama fría, y se piensa que la vida vale poco, y que mañana será un día gris y de nuevo lloverá, y no se tiene a nadie al lado que escuche y que diga que no, que quizás mañana saldrá el sol.

14

11 2010

Vivir sobre dos ruedas

Bicycle by Mary Bea McWatters

Hace más o menos un mes fui de visita a Copenhague con una amiga de Londres. Fue un viaje importante para mí ya que me permitió mostrarle a alguien de mi presente la ciudad en la que había vivido 4 intensos años. A las pocas horas de haber llegado, mientras caminábamos por las calles tomadas por ciclistas, le dije a mi amiga que estaba realmente feliz de que Copenhague hubiera sido mi primera ciudad en el extranjero, porque me enseñó cómo hacer una vida en bicicleta.

Me es difícil recordar con exactitud eventos de mi infancia, pero más difícil aún me es poder precisar en el afecto relacionado a determinado recuerdo. Hay una clara excepción, y se trata del recuerdo y la emoción que sentí el momento en que aprendí a andar en bicicleta. Debía de tener unos 6 años y estaba harta de los rodines, que me facilitaban una libertad a medias. Silvia, una vecina mayor que yo, que era entonces mi modelo de mujer y que ya sabía andar en bici, se dio a la tarea de enseñarme. Ambas teníamos una Chopper roja, la de ella mucho más alta que la mía. En mi bicicleta habíamos venido haciendo pruebas de equilibrio con un solo rodín, pero esa tarde en que aprendí, ella me prestó su alta Chopper, y me dijo que había llegado el momento. Mis manos sudaban y el corazón me palpitaba muy fuerte, pero no de miedo, sino de pura emoción. Fuimos a la parte alta de una pequeña subida, yo me monté en el asiento –mis pies casi no tocaban el suelo- y ella me dio un pequeño empujón: salí cuesta abajo, feliz. Desde ese instante me fue casi imposible dejar la bici, al bajarme el mundo se me hacía más pequeño, más aburrido.

Hice algunos intentos en mis años de universitaria por hacer una vida en bicicleta, pero no funcionó, principalmente por dos motivos: 1) en Costa Rica llueve, como si el cielo estuviera menstruando, 8 de 12 meses al año, y 2) en esos días una buena amiga, que también se había animado al proyecto urbano, fue atropellada por un carro (nada grave). En Copenhague, la primera posesión material que tuve fue una antigua bicicleta negra, tan alta como recuerdo la de Silvia, que mis ex suegros daneses me regalaron como gesto de bienvenida al país. Al principio no me atrevía a cruzar semáforos, tenía miedo de igualarme en comportamiento a los carros, así que iba y venía del apartamento al semáforo, del semáforo al apartamento. Cuando le conté a mi ex esposo, no sin un poco de vergüenza, sobre mi ruta ciclística, él sonrió y me dijo que me enseñaría cómo andar sin miedo por toda la ciudad. La constante de alegría de mis años en Copenhague fue, desde ese momento, mi bicicleta. Recuerdo cómo en días en que la noche caía a las 3 de la tarde, en que mi vida sentimental no andaba muy bien y me sentía perdida en una ciudad tan lejana, todo se alivianaba en el momento en que me montaba en mi bici y recorría la ciudad, más allá de los semáforos, a veces tan de prisa como los mismos carros.

Mi esposo actual y yo (él también amante de la bicicleta) decidimos que en Londres esta continuaría siendo nuestro medio de transporte. Un amigo australiano que conocimos en Estocolmo (ciudad desde la que nos mudamos) y que había vivido aquí, nos dijo: ‘¡Están locos, Londres es enorme!’ Es cierto, Londres es enorme, pero también muy plana, y mi esposo y yo compartimos una alegría inmensa cruzando de norte a sur y de este a oeste esta ciudad, que de este modo, se hace más digerible, más amistosa, e incluso interesante.

Ayer por la tarde salí de casa a hacer unos mandados en mi bicicleta y, mientras cargaba bolsas en mi manivela y mi canasta, y pedaleaba junto a los inmensos buses rojos de dos pisos que pasaban veloces a mi lado, volví a agradecerle a Copenhague, y a aquel ex esposo de quien hace mucho tiempo no sé, por haberme enseñado a vivir sobre dos ruedas.

Posdata: Mi amigo Ricardo Bada ha añadido en los comentarios a este blog una hermosa canción de Yves Montand que vale la pena que todos escuchemos.

07

11 2010