Archive for September, 2010

Silencio

Esta semana vi una breve intervención del escritor estadounidense Jonathan Franzen que me hizo repensar la importancia de la lectura y escritura. Franzen es un escritor relativamente joven que está viviendo uno de los momentos más bulliciosos de su vida profesional. Su última novela, “Freedom”, fue explícitamente solicitada por el presidente Barack Obama, su fotografía figuró en la portada de la revista Times (ningún escritor después de Stephen King en el 2000 había ocupado este lugar), y fue seleccionado por Oprah Winfrey para formar parte de su club de autores. Pese a ser el foco de atenciones mundiales, Franzen le dedica unas palabras al silencio.

El autor comenta que el momento de leer es el único de nuestras vidas que nos obliga a un absoluto estado de reposo y quietud. En cualquier otro momento, sostiene, podemos dedicarnos al famoso multitasking (físico o mental), pero no cuando leemos. La distracción nos pasa la factura con la incomprensión de la trama. Nos perdemos.

Traté de ver si podía pensar en otra actividad que requiriera de nuestra total concentración, y no pude encontrar respuesta alternativa (a excepción del orgasmo femenino, la escritura, o la meditación).

Pensé posteriormente en mi vida, en lo difícil que es en muchas ocasiones despejar mi mente, reposar; y en lo fácil que es hoy en día -mundo de botones y aplicaciones- mantenerse distraídos, con la mente fragmentada y los dedos inquietos. Hay días que pueden llegar a transcurrir insustanciales, con mi computadora e Internet. La prendo, reviso mi correo, le doy clic a cuantos enlaces encuentre en el camino, los abro, los escaneo, los dejo para después. Me voy llenando de pestañas con contenidos de todo tipo, me meto en Facebook, me entretengo, me salgo, leo las noticias, envío un mensaje, le doy seguimiento, me meto al chat, refresco mi Inbox, vuelvo a una pestaña, se abren nuevas ventanas, las reviso, las escaneo, las dejo para después.

Cuando el día termina, y siento que he cumplido frente a mi computadora, me digo que puedo leer, regresar a ese espacio que una vez dentro atesoro como pocos otros, pero al que debo confesar me es a veces difícil saltar. Las palabras de Franzen me hicieron entender mejor ese miedo, esa pequeña palpitación que existe entre mi computadora y el libro: la computadora me distrae, el libro demanda todo de mí.

Si hoy tuviera que decir por qué leer es importante (y escribir, por defecto), no diría que es porque nos cultiva, informa o educa; diría que es porque nos permite detener, aunque sea por unas horas, un tiempo que pasa inconsciente y ruidoso, y regresar a un espacio más humano y elemental.

26

09 2010

La Nana

Esta semana fui al cine con una amiga a ver una película chilena titulada “La Nana”.  La película, que ganó varias menciones en Sundance este año, es un verídico retrato del rol de la nana (o muchacha, empleada doméstica, doméstica, o como se le prefiera llamar) en la vida de la familia para la que trabaja. Quizás para personas provenientes de lugares donde no es relativamente común crecer con una muchacha (como se le suele llamar en Costa Rica, mi país de origen) esta película no es personal, pero para mí, que le debo gran parte de lo que soy a estas muchachas de lugares remotos que vinieron a criarme y educarme, fue una película íntima, que me recordó a aquellas mujeres especiales, con las que en su mayoría he perdido contacto.

Después de la película tomé un café con mi amiga, con quien compartí algo de este pasado. Empecé por hablar de Petronila, o Nila, como la llamábamos en casa. Una enorme mujer nicaragüense que me quería muchísimo y me llamaba La Sarita. Le dije  a mi amiga que recordaba el perfil oscuro de esta mujer comiendo de pie en la cocina, con sus enormes dedos escapando las apretadas chancletas que calzaba. Le hablé también de Elizabeth, una muchacha que estuvo un tiempo corto pero inolvidable en casa. Yo tenía alrededor de 9 años cuando ella llegó, la recuerdo como una mujer refinada, casi salida de una película francesa de los 70, que cocinaba postres espectaculares, y nos contaba a mi hermano y a mí, en la sala de la casa, las más intrigantes historias de sexo y erotismo.

Recuerdo dos historias con claridad. La primera tenía como protagonistas a una amiga suya, que no podía quedar embarazada, y su novio. Elizabeth contaba con toda naturalidad cómo en las reuniones íntimas, su amiga se sentaba en el regazo del muchacho, mientras él la penetraba, despreocupado del riesgo de embarazo. Mientras la escuchaba, fascinada, recuerdo preguntarme cómo haría un pene para poder entrar en una vagina en tal posición. La segunda historia la protagonizaba ella, como un tipo de prostituta que se encontraba cada domingo de por medio en el Hotel Talamanca (un hotelucho del centro de la capital) con un comerciante chino que siempre aplicaba la misma rutina: desvestirla, meterla en la ducha, restregarle el cuerpo con una esponja amplia, secarla, tirarla sobre la cama, hacerle el amor toda la noche, y darle dinero al final.

Después hablé de Claret, a quien ya había mencionado en el posting Mirar o no mirar. Claret es lo más cercano a una segunda mamá que tuve. En cama de Claret me metía en noches de pesadilla, con Claret, que fue una mujer guapísima e imaginativa, me reía y jugaba. Claret se fue de casa a mis 7 años más o menos. En su boda le pateé su vestido blanco satín, no le perdonaba que me dejara. Claret se casó con un hombre que bebía y la golpeaba cada día de ser posible. Lo sé porque ella misma me mostraba su cuerpo cubierto por enormes manchas moradas. Claret tuvo muchos hijos con él y empezó a tomar también. La vi algunas veces, no supe qué decirle, luego nos desconectamos por largo tiempo.

Hace dos años mi esposo y yo fuimos a Costa Rica a pasar las navidades juntos por primera vez. Claret había regresado a casa de mi mamá a trabajar. Ahora una mujer mayor. Aún guapa, confirmé al verla. Celebramos la Navidad con mi pequeña familia: mi hermano, su esposa, su hijo, mi mamá, Claret, mi esposo y yo. Claret no se veía bien, había regresado a casa de mi mamá tras la ruptura con un hombre que también bebía y la golpeaba. Pese al dolor que le era imposible esconder, lograba sonreír, como en sus mejores tiempos, los que yo más recuerdo.

Se tomaron muchas fotos de este momento histórico de reunión familiar, se contaron anécdotas de cuando mi hermano y yo éramos “chiquillos”, y durante el transcurso de la noche pretendimos todos ser una familia, con Claret incluida, aunque conforme avanzaban los minutos, estaba yo consciente de que el desastre en la cocina le iba a tocar a una sola persona: a la muchacha, que ahora era una mujer.

Me acerqué a Claret, quien limpiaba los platos de mal modo. Herida, supuse. Le pregunté qué le pasaba, me esquivó, y tras mi insistencia me confesó que le dolía esa reunión familiar porque no era su familia, no era allí donde pertenecía. No supe qué decir, tenía y no tenía razón.

Hace no mucho hablé con mi mamá, quien me dijo que Claret se había ido. No tengo ahora modo de contactarla. Espero que la vida nos vuelva a reunir, como lo ha venido haciendo por más de 20 años. Si la vuelvo a ver no sé qué le diría, que la quiero y la pienso, supongo, y quizás eso bastaría.

19

09 2010

Basura

A inicios de año escribí un relato titulado “Reciclaje” donde narraba mis impresiones sobre el tratamiento de la basura en ciudades en las que había vivido (San José, Copenhague, Boston y Estocolmo). El relato (publicado, en español, por The Barcelona Review se puede leer haciendo clic en el enlace a la derecha) dejaba pendiente el capítulo sobre la basura en Londres, ciudad a la que me acababa de mudar.

Este septiembre se cumple mi primer año de vida en Londres, y debo decir que la relación entre humanos y basura en esta ciudad es de lo más particular. La primera vez que mi esposo y yo la notamos, la relación, fue un domingo en que asistimos al mercado de Bricklane. Bricklane es una de esas zonas “yuppie meets vintage and ethnic” en el este de Londres, donde los domingos se celebra un mercado que consiste básicamente en música improvisada, venta de comidas y bebidas, y un centenar de personas que venden cualquier cosa en la calle. Al llegar allí aquella vez ambos estábamos fascinados, pero no por la belleza ni estilización del evento, sino por el hecho de que las personas estuvieran tan a gusto en un área más parecida a un resto apocalíptico que a una zona de recreación. Muchos de los edificios estaban derruidos, la mayoría muy sucios, cubiertos de hollín, y las calles estampadas con varios tipos de residuos. Aún así, la gente se sentaba feliz en cualquier lado a comer y disfrutar del esquivo sol que hacía el favor de brillar.

Hace un par de semanas asistimos al Carnaval de Notting Hill, el segundo más grande del mundo que atrae a unos dos millones de personas. Este evento se celebra desde 1964 en honor a los inmigrantes afro-caribeños que se mudaron a la zona en los 50. No sé cómo habrá sido en el pasado, pero lo que nosotros vimos fue una celebración a la generación y acumulación de basura. Para el momento en que llegamos (4pm más o menos) las montañas de desechos, conformadas de restos de rice and beans, plátanos al horno, patis, latas de cerveza, colillas de cigarro, pipas de coco, pajillas, caña de azúcar masticada, mac and cheese, y una que otra vomitada, conformaban la materia principal de este festival en el que los presentes parecían bailar sin importarles que sustancias pronto radioactivas se estuvieran fermentando a su alrededor.

Supongo que el año aquí nos ha adiestrado un poco, ya que pese a los olores hicimos fila una hora para comprar nuestro rice and beans, el que nos comimos con todo placer al lado de una de esas montañas crecientes. Al terminar buscamos un basurero- ah sí, aquel artefacto que una vez existió en Londres y que el pavor al terrorismo ha convertido en objeto en extinción- y pronto nos reímos de nuestra absurda búsqueda: ¡estábamos en un basurero! Tiramos las dos cajitas en la calle y nos dirigimos satisfechos a casa, cruzando un mar de orines y basura, sobre el que la gente bailaba y cantaba como si no hubiera un mañana.

‘London is like a party before the end of the world’, dice mi esposo ante imágenes como esta, y no podría estar más de acuerdo. Si el mundo se va a acabar mañana, qué importa la basura, mejor irse al más allá con una gran sonrisa y el estómago lleno de placer.

Taken from BBC

12

09 2010

Estar y poder quedarse

Anoche fui al cine con mi esposo a ver la muy sonada película de Abbas Kiarostami “Certified Copy”. Juliette Binoche, la protagonista, nunca ha sido de mis actrices favoritas, pero quise ver qué tipo de actuación le había merecido el premio a mejor actriz en Cannes. Me interesaba también conocer el resultado de un director iraní con su primera película europea. El filme fue abrumadoramente decepcionante, especialmente en su primera hora, en la que una no entiende absolutamente nada de lo que está sucediendo. Mi mente hizo un esfuerzo titánico por acomodar ciertas piezas con el fin de construir una historia que seguir. La historia que construí trataba sobre una pareja (ella vendedora de antigüedades francesa, él estudioso de arte inglés) que aparentemente no se ha visto por mucho tiempo. Se habían casado 15 años atrás en Italia y habían tenido un hijo 5 años después, que al nacer había aumentado las tensiones ya existentes en la relación, lo que desembocó en la partida del inglés. El reencuentro (inicio del filme) se da tiempo después, el día de sus 15 años de matrimonio, cuando ella asiste a la presentación del libro de su marido en la ciudad en que vive. El día siguiente lo pasan recorriendo un pueblo de Toscana mientras desarrollan un juego de roles en que pretenden ser una pareja de desconocidos. El juego comienza a desquebrajarse cuando las tensiones antiguas de la relación y los reclamos salen a flote, y empezamos a presenciar un intercambio triste de una pareja que una vez se quiso pero se dejó.

Al salir del cine mi esposo y yo decidimos caminar a casa. Londres estaba despoblada, era tarde y hacía algo de frío. Cruzamos el Támesis con las manos juntas, y sentí que era un privilegio que pudiéramos, después de cuatro años de matrimonio y más de relación, cruzar la noche de una ciudad tomados de las manos, como lo hicimos en nuestros primeros días. Una pareja que se pasee por las calles con cariño, a través del tiempo, es una pareja que se quiere y ha luchado mucho por esto.

Mientras andaba recordé lo que una amiga cercana había escrito en su estatus de Facebook hace un par de semanas: “es mejor estar sola que mal acompañada”. Esta frase, que no tiene nada de original en sí misma, me ha venido incomodando desde que la leí. Lo que me inquieta de la frase no es su recomendación de no estar con alguien que no nos hace bien solo por el hecho de evadir la soledad, sino la parte de “mal acompañada”. Al afirmar que estamos en mala compañía estamos emitiendo un juicio completamente unilateral: esa persona no nos conviene por esto y aquello, la relación no camina porque esa persona no da de sí misma, le di un ultimátum para que cambiara pero no lo hizo, y demás. En este juego, parece demasiado fácil apuntar siempre hacia fuera, hacia esa mala compañía.

Estar acompañada o acompañado, especialmente cuando se trata de una relación de pareja, es un reto porque no podemos ser quienes somos en soledad. No es que solos seamos más o menos nosotros, es que solos podemos regodearnos en nuestras lamentaciones, es nuestros rencores y visiones rígidas de la realidad; mientras que en pareja estamos retados todo el tiempo, a ver más allá de nuestras ideas, a flexibilizar nuestros modos de ser para acoger los de otros, a, al fin y al cabo, aprender a ser mejores personas y aprender a amar de verdad.

Esto suena lindo, pero no siempre lo es. El amor no es una cosa que llega un día y se queda, es más, eso que le llega a la gente cuando decide juntarse no es amor, es una chispa, un encanto; el amor se empieza a construir cuando se toma la decisión de estar y continuar estando, aunque el pensamiento de “mejor sola que mal acompañada” se presente de vez en cuando como una salida fácil y conveniente.

05

09 2010