Archive for August, 2010

Palabra e imagen

Ayer por la tarde fui a la galería de arte moderno Tate a ver una exhibición a la que hace meses quería ir. Es probable que la intención se haya concretado tras las reflexiones del artículo de la semana pasada, que inesperadamente me llevó al tema del voyeur. El nombre de la exhibición es “Vouyerism, Surveillance and the Camera” y consiste en un registro histórico de la práctica de retratar a sujetos (famosos y desconocidos)  sin su conocimiento o aprobación. No sé si se esperaba que el conocer este dato activara una reacción automática de morbo en el espectador, pero más allá de la común respuesta de atracción-repudio ante un par de fotografías de saltos suicidas, lo que me cautivó a lo largo de la exhibición fueron las preguntas sobre quiénes eran esas personas y qué fue de ellas. No de las celebridades, de quienes sabemos más de lo debido, sino de esa gente ordinaria que fue capturada por un lente indiscreto, como un par de mujeres en el metro de Nueva York en los años 30, o una dama que se humedece los labios en la banca de un parque a principios de siglo pasado, o un niño que es retratado lamiendo un helado mientras una madre, de quien no vemos mas que una mano, lo atrae hacia sí.

Al salir de la sala estaba llena de una multitud de imágenes sin historia, y una incomodidad o desazón fue creciendo mientras caminaba por las húmedas calles de Londres. Me sentí responsable por aquella gente en cuyas vidas (o post-vidas) había sido inmiscuida, pensé en que quizás aquella mujer del parque estaba acongojada o triste, y que yo, quien nunca la conocí ni la conoceré, le había robado algo de su integridad. Pensé en que esa gente, viva o no, ya no es la misma de la foto, y que si yo un día los viera por la calle jamás los reconocería, y mucho menos ellos a mí. Tras andar por largo tiempo recordé la primera película de Chistopher Nolan (“Memento”, “Inception”) llamada “Following”, donde un hombre aspirante a escritor, vagando por las mismas calles de la misma ciudad en que yo estaba, se preguntaba por la vida de las personas que veía pasar a su alrededor, como fotografías pasajeras que no nos dejan sino con preguntas e inquietudes.

Tras ver el filme al llegar a casa (que lleva a extremos la necesidad de atribuirle historias a gente desconocida), pensé en una entrevista que había visto hace poco donde el escritor Paul Auster refutaba la sentencia de su colega Philip Roth, quien le ha puesto una cercana fecha de expiración a la existencia de la novela. “Human beings need stories, and we are looking for them in all kinds of places” (los seres humanos necesitan historias, y las buscamos siempre, en todo lugar) dice Auster convencido.

Si Auster no estuviera en lo cierto no me hubiera llevado aquellas imágenes carentes de relato conmigo ni hubiera escrito al respecto hoy, ni existiría la excelente “Following”, ni tendríamos recuento no solo de los otros sino de nosotros mismos, porque qué es la vida, al igual que la literatura y el cine, sino una correspondencia indisoluble y continua entre relato e imagen, la construcción de una historia personal, a veces también compartida.

29

08 2010

Wikileaks

Estaba en casa anoche pensando sobre el artículo de esta semana, que había decidido trataría sobre cine coreano. Mi esposo, que estaba revisando las noticias a mi lado, empezó a hablarme sobre una organización llamada Wikileaks sobre la que leía por primera vez, y me comentaba que consistía en una agrupación que publicaba material extremadamente confidencial que había sido silenciado y escondido por gobiernos o multinacionales alrededor del mundo. Lo oía sin realmente escucharlo, sumida en mis pensamientos asiáticos.

A la hora de acostarnos volvimos a hablar de esta organización, y me dijo que a través de ellos acababa de ver un video donde un grupo de soldados mataba desde un helicóptero a un aproximado de 18 civiles iraquíes que no hacían más que andar por las calles con equipo fotográfico, que “desafortunadamente” fue confundido por armas. Esta “pequeña” confusión, que estoy segura es asunto cotidiano en territorios en guerra, causó la muerte de civiles, reporteros –entre ellos dos jóvenes periodistas de la agencia Reuters- y heridas probablemente mortales a dos niños que fueron depositados en un desprovisto hospital local. Mi esposo me explicó que esta matanza había quedado grabada a través de la cámara de una de las armas mortales en un video que le había sido denegado a la agencia Reuters, que lo había solicitado bajo el “Freedom of Information Act”. Este evento sucedió en 2007, y no es sino hasta el 5 de abril de este año que podemos acceder a la verdad detrás de estos hechos condenables.

Abrí mi computadora, desde la que parece realizo el 95% de mis actividades diarias, me dirigí a la página de Wikileaks, busqué el video bajo “Latest Leaks” y le di play al video bajo la etiqueta de “Collateral Murder”, sabiendo que estaba a punto de presenciar un asesinato. El video transcurre en un lapso de unos 17 minutos, con notas agregadas por la organización Wikileaks, que buscan eliminar el voyeur del acto y recordarnos que estamos viendo una atrocidad que no debe de repetirse.

Terminé de ver el video muy afectada, cierto, tan afectada como lo estaba mi marido, pero mi respuesta al acabar fue: ‘¿y qué hago yo con esto?’ Mi esposo es, al menos, ciudadano estadounidense, por medio de su voto puede ejercer una pequeña influencia, o al menos sentir que así lo hizo; pero en mi caso, no logré encontrar respuesta a esta pregunta. Digamos que el hecho de que mi posting sea este y no el planeado sobre cine, es un paso, pero me continúo preguntando, y no entiendo si es un paso para aliviar mi conciencia, para sentirme heroica y comprometida con el dolor mundial, o para un cambio real, para que estas atrocidades no se vuelvan a repetir.

Susan Sontag escribió poco antes de su muerte un libro que considero fundamental, titulado “Ante el dolor de los demás”, donde, partiendo del cuestionamiento sobre la guerra que hiciera Virginia Woolf en su libro “Tres Guineas” de 1938, nos lleva a preguntarnos si las imágenes de guerra realmente funcionan para conmovernos y espantarnos a un punto que lleve a la acción, o si, viéndolas en galerías de arte, exposiciones, revistas, no se han convertido tan solo en un producto más de nuestras vidas cotidianas, el que quizás nos alarma por unos minutos, pero que después olvidamos sin mayor pesar, o del que hablamos en un blog semanal, o compartimos por Facebook.

No estoy convencida de que la exposición cada vez más real a los horrores de este mundo, por medio de espacios como Twitter o Youtube o Facebook, o el simple Internet, nos haga ciudadanos más sensibles y proactivos, quizás solamente más informados, y en el peor de los casos más morbosos o incluso indiferentes. Lo que me parece increíblemente valioso y valiente del trabajo que Wikileaks está llevando a cabo mediante su recolección y responsable difusión de información vetada y silenciada, es que están cambiando el orden de las cosas: ¿quién es el Big Brother?, ¿quién vigila y controla a quién: los gobiernos títere y los empresarios desalmados que tratan la vida como un bien prescindible o los ciudadanos que están hartos de sistemas corruptos y enemigos, y que, ayudados por la tecnología, desde lugares secretos donde sus vidas no se ven en peligro inminente, exponen al mundo las verdades que durante siglos han sido compradas y manipuladas por unos pocos que dicen hablar por todos?

A quien le haya interesado este artículo, por favor dirigirse a http://wikileaks.org/. Para quienes se hayan quedado con la curiosidad de ver este video donde somos cómplices de un asesinato, buena suerte.

22

08 2010

Metamorfosis

Este fin de semana asistí a dos eventos que en principio no pensé estarían relacionados, pero que al final parecen haber formado un círculo perfecto.

El viernes por la noche fui a la galería Serpentine en Hyde Park a escuchar al escritor español Enrique Vila-Matas en conversación con una artista plástica francesa con la que colabora. El evento fue demasiado extenso, la traducción de las palabras del escritor mediocre y el clima inglés brutalmente frío y húmedo, pero pese a estas inconveniencias valió mucho la pena asistir porque el escritor, que tiene momentos de extrema lucidez, mencionó como punto central que escribir para él implica el descubrimiento continuo de lo posible. No un deseo vacuo ni vano de innovación, sino un hambre por explorar, por ensanchar límites y encontrar sentido y belleza en espacios no explorados aún.

Anoche fui al Southbank Centre a ver un espectáculo de circo que me ha dejado con imágenes y sensaciones muy dulces y hermosas. El show estaba a cargo de Le Cirque Invisible, un espectáculo de circo protagonizado por una de las hijas de Chaplin (Victoria) y su esposo Jean-Baptiste Thiérrée, una pareja que lleva 40 años de matrimonio emocional y creativo.

El circo me encanta precisamente por romper las nociones de lo que creemos posible, por jugar con los límites de la realidad: gente que parece caminar en el aire, cuerpos partidos por la mitad, humanos que ingieren fuego, mujeres que vuelan por el escenario, palomas que nacen de un sombrero, objetos que aparecen y desaparecen ante nuestros ojos desafiando toda lógica. Lo que me fascinó de esta pareja tan excepcional es que hayan logrado esta elasticidad de nociones creando un universo personal constituido por objetos de todos los días como sombrillas, macetas y utensilios de cocina que nunca terminan de transformarse en otra cosa. En el escenario aparece Chaplin sosteniendo dos sombrillas tras las que desparece con rapidez, y de lugares insospechados continúa sacando más sombrillas, como si su cuerpo mismo estuviera compuesto por ellas y, sin que nos demos cuenta, desaparece por completo la figura humana y aparece un enorme muñeco rojo hecho de estos objetos, que en fracciones de tiempo que parecen pertenecer a otra realidad se va transformado de un modo tan gradual -casi imperceptible- en otra cosa, ahora un animal hecho de otro tipo de sombrillas, y después regresa al elemento inicial, hasta quedar en el escenario una sombrilla solitaria, que es un elemento único -casi imperceptible- distinto del inicial.

Viendo este espectáculo recordé la fascinación que traza la obra del escritor Vila-Matas por desaparecer y ser invisible, por convertirse en algo diferente e irreconocible, quizás en una metamorfosis sin fin donde todo es posible.

15

08 2010

Hecho con amor

Estoy a poco, muy poco (dos o tres páginas, calculo), de terminar mi primer libro de relatos; al menos de terminar el consolidado de historias, ya que después viene la ardua tarea de revisión. Mi intención era haber concluido la historia final en el transcurso de esta semana, pero no sucedió; no solo porque la historia es mucho más compleja y demanda más extensión que las demás (por incluir mucho detalle histórico), sino porque he tenido que superar múltiples parálisis antes de meterme de lleno en ella.

La parálisis inicial creía estaba ligada a la estructura del relato: cómo contar lo que quería contar. Después de meditar al respecto por varios días (que quizás llegaron a semanas) ideé una solución que me pareció satisfactoria, pero aún así no me pude dar a la tarea de poner por escrito las ideas que ya empezaban a pesar en mi cabeza. A mediados de esta semana me forcé (podía sentir unos enormes brazos empujándome hacia el escritorio) a empezar a escribirla. El proceso fue más interesante y agradable de lo que esperaba, y avancé con considerable rapidez.

El asunto, sin embargo, es que aún me quedan una o dos páginas pendientes, y me he venido preguntando por qué sigo postergando este final (que sucederá, me conozco lo suficiente como para afirmar esto).

Escribir y querer (o poder) publicar es un proceso extraño. Se dice que la escritura es un quehacer solitario, lo que es una de las frases más trilladas y verdaderas que existen. Se sienta una con su cabeza y sus ideas a producir relatos que en un principio surgen como construcciones de un total autohedonismo: ¿me gusta?, ¿me suena bien?, ¿me parece bueno? Habiendo respondido con un sí a todas o la mayoría de las preguntas, se lanza una a tratar  de que una editorial piense lo mismo, y se desea que posteriormente, los lectores, o al menos algunos, compartan este gusto.

Lo que es extraño, y contradictorio, de este proceso es que se crea para una y se publica para los demás. Lo que una crea es controlable hasta cierto punto, pero no el gusto de los otros. Esta imposibilidad de saber cómo este libro que he venido encubando vaya a ser recibido se convirtió en un incómodo boicot del fin. Esta preocupación creció al darme cuenta de que un libro que considero radicalmente distinto a lo que yo escribo se está convirtiendo en el nuevo estándar de “calidad” de lo que una escritora latinoamericana joven debe producir.

El libro en cuestión es “Las Teorías Salvajes” de Pola Oloixarac. No tenía intenciones de leer este libro, al menos no aún, ya que no quería bloquearme de más, pero hace unos días leí una crítica (una de las que no favorecen para nada a este libro) que lo describía como una novela sin amor, y fue este comentario el que me motivó a conseguir el texto, precisamente porque mi libro gira en torno al amor (o así lo espero): está compuesto por una variedad de personajes de diferentes edades y latitudes que tratan de construir una vida más honesta, real, significativa, donde el dejar de temer y empezar a amar resulta clave.

Llevo apenas unas 40 páginas del libro de Pola, y es cierto, allí no veo amor. Veo una impostura intelectual, un deseo desesperado de no ser vista como mujer escritora, un hambre de innovar solo porque sí, recurriendo al recurso de la violencia y lo grotesco. Pasé dos días muy pre-ocupada de cómo podría mi libro, que gira sobre temas vistos como trillados y sosos por muchos, ser recibido en un clima editorial donde lo que perturba es lo que vende, y concluí que no valía la pena continuar alimentado esta parálisis. Terminaré la historia, persistiré para ver este libro publicado, porque quiero pensar que sigue habiendo cabida en este mundo para textos hechos con amor.

08

08 2010