Archive for July, 2010

Mañanas que nunca serán

El viernes fue el cumpleaños de Ben, mi esposo. Decidimos ir a Brighton, donde ninguno de los dos había estado. El día se presentó gris y frío, pero no desistimos del plan. Teníamos boletos de tren y una reservación hecha en un restaurante indio llamado The Chilli Pickle que resultó ser uno de los lugares más espectaculares en los que hemos comido en nuestras vidas. Después de la comida (que nos dejó felices y colmados) nos dedicamos a vagar sin rumbo específico por los estrechos y sinuosos callejones de esta ciudad portuaria. Luego cruzamos al otro lado de la calle que parece dividir a Brighton en dos, y nos adentramos en el área donde viven los locales. Todo muy “funkie”, casi como estar en las calles de San Francisco. Tras horas de andar nos sentamos en una banca de un parque a descansar y a mirar el desfile de familias que salían de un acto de graduación. Nos reímos mucho inventando historias de la gente que veíamos pasar.

Regresamos a casa de noche, preparamos té, arreglamos la sala de modo acogedor, y empezamos a ver una película que había sido estrenada hacía unos meses y de la que habíamos leído buenas críticas: Harry Brown, protagonizada por Michael Caine. La película fue muy buena, muy dura también, tratando sobre el lado trágico y doloroso de esa vida que se ve en Londres por doquier y de la que hablé la semana pasada.

Nos fuimos al cuarto, apagamos las luces, y nos tomamos de las manos muy fuerte. En ese momento un dolor repentino, algo que he llamado desde hace unos años la nostalgia futura, me golpeó, y fui consciente de que ese amor y esas dos personas que tanto se quieren un día iban a dejar de ser. Fue un pensamiento horrible y real que aceleró mi corazón y del que no me pude desprender. Una pesadilla en la que un helicóptero en llamas se estrellaba contra nuestro apartamento, iniciando un incendio y atentando contra nuestra vidas, se hizo presente durante la noche. Abrí los ojos a la mañana siguiente agitada, buscando la mano de Ben otra vez.

La semana pasada leí en Granta en español una entrevista que Jhumpa Lahiri, escritora bengalí-estadounidense, le hizo a la escritora canadiense Mavis Gallant (de 88 años), donde le preguntó: ‘Y las cosas sobre las que ha sentido necesidad de escribir, de pensar, de expresarse, ¿cómo evoluciona eso con los años?’ Gallant, quien había venido haciendo despliegue de su esclarecedora mente, respondió: ‘Voy a decirte lo que sucede cuando te haces mayor. Las cosas te parecen inevitables’.

No tengo 88 años, y Ben tampoco, pero no puedo negar que de un tiempo acá (especialmente tras cumplir 31, que fueron los años que cumplió Ben) empecé a sentir el paso del tiempo más certero, casi como si notara los surcos que va dejando en su camino. He pensado que, tratándose todo este asunto del tiempo, es como si después de cierta edad se empezara a vivir en la segunda mitad del reloj de la vida, donde para dar la hora no se suma (y), sino que se resta (menos), o se define el tiempo en función de lo que le falta a la aguja para llegar a su destino final (para las).

Pensar en la muerte puede tornarse en oscura fascinación, y debe una sacudirse de este pensamiento aterrador. Pensar en la muerte debe regresarnos siempre a la vida, a la conciencia de que el tiempo pasa y no deja de pasar, y de que las postergaciones tienen fecha de expiración. Pienso en mi vida hasta hace muy poco, en la angustia que me corroía al presenciar el paso de días llenos de nada, en la cobardía de mi consuelo de ‘ya llegará el momento de actuar’, mientras veía un tiempo perdido transitar frente a mí, decirme adiós para más nunca volver.

Ser concientes de nuestra mortalidad debe ser hecho suficiente para empezar a vivir nuestras vidas, esas que tendemos a ver en un futuro cada vez más estrecho, para dejar de decir mañana, porque mientras lo decimos pasa, y así se nos puede ir la vida, hablando de mañanas que nunca serán.

25

07 2010

Londres

A los pocos días de haber llegado a Londres quedé de verme con un amigo en la galería de arte moderno Tate para tomar un café. Entramos al edificio, que es una obra de arte industrial en sí mismo, y subimos en un silencio reverencial las escaleras eléctricas hasta llegar al séptimo piso, donde nos sentamos frente a un monumental ventanal que da al Támesis, y desde donde se tiene una vista cristalina de la catedral de St. Paul y sus alrededores. Ambos continuamos en silencio, él supongo por ser tímido, yo por estar conmovida e impresionada, mientras miraba aquel espectáculo de ciudad del que aún no sabía qué pensar. ‘Es fea, pero fascinante, ¿no?’, le dije a mi amigo que continuó sumido en su silencio.

Por varios días mantuve una actitud más contemplativa que presencial ante esta ciudad. Era casi como si llevara un guión de ‘Sara en la ciudad de Londres’. Cada vez que me montaba en mi bicicleta y salía a pedalear por el lado del tráfico que aún sentía equivocado, abriéndome paso entre taxis negros y enormes buses de dos pisos, una vocecilla decía ‘Sara en su bicicleta en Londres’, ‘Sara cruzando el Támesis’, ‘Sara disfrutando de una caminata por el parque de Battersea’, ‘Sara observando la planta eléctrica de su barrio -Battersea-’, ‘Sara comiendo en  Notting Hill’, ‘Sara en la Tate’.

Esta semana tuve visitas de Costa Rica que estaban en Londres por primera vez. Mientras les mostraba los mayores puntos de atracción me pareció interesante notar su decepción ante esta ciudad de la que tanto se habla. Les pareció, al igual que a mí en mi primer encuentro turístico muchos años atrás, fea, sucia, ruidosa, caótica. Más interesante fue el darme cuenta de que sí, Londres es todo eso, pero mucho más también, solo que ese ‘mucho más’ se desgrana con el tiempo, con el vivir aquí, y eso que se va descubriendo es la fortaleza de esta ciudad. Recordé mientras caminaba con mis compatriotas lo que Ben me dijo cuando vinimos juntos a buscar apartamento (su primera vez aquí): ‘Es como si Londres existiera independientemente de la gente, como si fuera una ciudad que se impone a lo humano’.

Fui yo quien mantuvo silencio entonces. Su afirmación se reveló como visionaria al ver una de las escenas finales de la muy londinense película Incendiary, en la que la protagonista, interpretada por Michelle Williams, sostiene un monólogo sobre Londres en un momento en que decide reconstruir una vida que se le estaba cayendo en pedazos: ‘London is a city built on the wreckage of itself. It’s had more comebacks than the evil dead. It’s been flattened by storms and flooded out and rotted with plague. Even Hitler couldn’t finish it off. But we built on the rubble and we kept on coming like zombies. I am the city, I am the whole world. Murder me with bombs and I will only build myself again and stronger’ (Londres es una ciudad construida sobre sus propias ruinas. Ha tenido más reapariciones que la misma muerte. Ha sido allanada por tormentas, inundada, corroída por la plaga. Incluso Hitler no la pudo aniquilar. Pero construimos sobre los escombros y continuamos surgiendo como zombies. Soy la ciudad, soy el mundo entero. Asesiname con bombas y me reconstruiré de nuevo y más fuerte).

No podría decir que, a 10 meses de vivir aquí, me sentí apropiada de esta ciudad al mostrársela a mis visitas (¿puede alguien realmente llegarse a apropiar de Londres?), pero me percaté de que aquella vocecilla había dejado de hablarme, y se había convertido en la conciencia de que cada día me acuesto y despierto en una ciudad que me impresiona por su capacidad de reconstrucción, por su fortaleza que me inspira, me enorgullece, me hace sentirme bien. Cuando camino o cruzo la ciudad en mi bicicleta no veo basura ni caos, veo vida, y es por eso que me he enamorado de esta ciudad.

18

07 2010

Calles sin nombre

En Costa Rica, mi país de origen, las calles no tienen nombre. Hay tres excepciones, todas ubicadas en el centro de San José, la capital: la Avenida Central, la Avenida Segunda, y el Paseo Colón. De poco sirven estas calles, ya que la mayoría de la vida de las personas se desarrolla en el resto del territorio nacional. La dirección de mi casa de infancia (en Cartago, pequeña provincia al lado de San José) era: Residencial González Angulo, de la entrada principal, 200 metros al sur bajando la cuesta, y 25 al este. Casa blanca de portones café a mano izquierda; la de mi casa de adolescencia (en San José ahora): del Colegio de Arquitectos e Ingenieros 250 metros al norte, 250 al este, 50 al norte. Casa amarilla con rejas blancas a mano izquierda, junto al lote baldío; y la última dirección en la que viví antes de salir del país fue: Mata de Plátano, de la Choza del Indio, 200 metros al oeste, hasta topar con los tanques del AyA (Acueductos y Alcantarillados), de ahí más o menos 50 metros al sur, hasta llegar al Residencial Azul del Prado. Preguntar al guarda de la entrada por la casa número 25 (números absolutamente aleatorios).

A los 18 viví en Estados Unidos unos meses debido a un intercambio para universitarios en el que participé. Al final del mismo decidí que era tiempo de que Manhattan y yo tuviéramos un encuentro. Me monté en un tren rumbo a Nueva York, me bajé, salí de la estación, y empecé a caminar sin atreverme a sacar el enorme mapa de la ciudad que había comprado en vano, ya que estaba segura de que no lo llegaría a usar. Opté entonces por recordar mis pasos con exactitud para poder volver sobre los mismos (creo que tomé la inspiración de “Pulgarcito”). Siguiendo esta lógica, entré a una enorme tienda Gap, asegurándome de recordar la esquina exacta de acceso. Miré los edicificios al frente, y recordé que había pasado por el Rockefeller Center, así que no sería nada complicado. Lo que no sabía era que esta tienda era un universo en sí mismo, y una vez dentro, sumida por la emoción de la oferta de ropa y mi primera tarjeta de crédito, olvidé mis pasos y me sumergí en un frenesí consumidor. Al salir por una esquina que estaba segura era “mi” esquina, me topé con dos desagradables sorpresas: no era la esquina adecuada, y  la noche había caído. Regresé a la tienda, como una hormiga ofuscada, tratando de recrear un recorrido que se asemejaba a un ciclón. Tras al menos una hora de esfuerzos, di con la esquina adecuada. Apuré el paso hacia la misma estación a la que había llegado, muy asustada, sin atreverme a ver nada más de Nueva York, prometiéndome que aprendería a usar esos pliegos de papel con muchos nombres e indicaciones llamados mapas.

Con el tiempo y los viajes aprendí, y me desenvolví con honra en ciudades y sistemas de trenes tan complejos como el de Moscú, y regresé a Manhattan y, guiaba por la seguridad que el mapa que ahora entendía me brindaba, me aventuré a explorar lo pendiente, y al pasar por la misma tienda Gap me reí, y me costó creer que aquella historia me hubiera ocurrido a mí.

Estoy pasando el fin de semana en Roma, una ciudad que estoy segura no fue sencilla de trazar en mapas accesibles para el viajante. Andábamos Ben y yo anoche por Trastevere buscando cena, buena cena -no un plato de pasta masuda flotando en tomate ácido- sin mucho éxito, sin parámetro que seguir mas que el de evitar lugares con menúes gigantes y coloridos en varios idiomas. En eso recordé que tenía que comprar una crema de cuerpo, así que entramos a una herboristería cercana, y al pagar le preguntamos al simpático dependiente (italiano) por una buena recomendación. ‘Aquí, saliendo a la derecha’, dijo afable. ‘¿En qué calle?’, inquirí yo científicamente. ‘No, no, aquí no más, no lo pueden dejar de ver’. Guardé mi mapa con recelo, salí de la tienda, y en efecto allí estaba el restaurante, en una calle cuyo nombre no llegué a ver.

Tras una cena espectacular, salimos Ben y yo a vagar de la mano -con el mapa y demás parafernalia turística guardados en el fondo de nuestros bolsos- por calles estrechas, donde aparecían bares en veces, gatos en otras, motos parqueadas, payasos, gente, silencios. Un despliegue de vida de lo más natural, que existía en calles aquella noche sin nombre, como los lugares que de tan familiares no hace falta nombrar.

11

07 2010

Divagaciones sobre la calidad

(Nota inicial: A la derecha encontrarán un enlace a uno de mis relatos, “Día Laboral”, que acaba de salir en el número 18 de la Revista Narrativas. Haga click aquí, o descargue el PDF haciendo click en el campo de “Latest Publications”. Gracias y disfruten).

Hace meses que me viene visitando con creciente inquietud la pregunta sobre la calidad. ¿Qué es calidad y cómo se identifica? Esta pregunta no incorpora la subcategoría de los gustos (que son miles, enhorabuena), sino que se centra en el magma de “lo bueno”, aquello que ya sea se trate de un concierto de rock, bachata, pindín, rancheras o música clásica, nos deja boquiabiertos.

Fue en Estambul donde esta inquietud se formó en mí con claridad. Mi esposo estaba haciendo negocios en esta ciudad a inicios de año, motivo por el que viajamos allí en repetidas ocasiones. En nuestra última visita le dije que tenía muchas ganas de asistir a un evento de cena con belly dancing (antojo turístico). El hotel nos organizó un paquete que empezaba con un aparatoso bus donde fuimos los únicos pasajeros, que después de menos de 5 minutos de recorrido, nos depositó en un edificio muy decorado con neón en su exterior. Al entrar al local mis peores pesadillas se hicieron realidad: alfombras púrpura con dejos de desgaste nos esperaban a nuestra entrada, guiando nuestros pasos hacia una sala repleta de gente que toda llegó en el mismo tipo de bus que nosotros, sentada en mesas enormes decoradas con las banderitas de sus países respectivos (debo reconocer mi impresión cuando 30 minutos después aparecieron con una recién impresa bandera de Costa Rica, y no de Puerto Rico). El show consistió en una decadente muestra de bailes abúlicos de diferentes regiones del país, intercalados por una que otra muy triste bailadora de belly dancing, e incursiones del anfitrión de la noche, dedicado a interpretar Happy Birthday en diferentes lenguas.

Cuando había perdido toda esperanza en el evento, hizo aparición en el escenario una mujer bella solo al sonreír que de inmediato, con solo presentarse y balancear su cuerpo, levantó los ánimos caídos de la audiencia. Poco a poco me fui incorporando en la silla, y a los 5 minutos noté mi cuerpo moviéndose con alegría. La mujer era buena, no había duda, en cuestión de escasos minutos logró revivir a una multitud soñolienta. ‘Extraño’, le dije a Ben perpleja, ‘qué es lo que tiene ella que no tenían las otras’. Su técnica no era ni mejor ni peor que la de las demás (no al menos para conocimiento del público), y su belleza no era particularmente llamativa.

Tenía duende, habría dicho García Lorca. Sí, esa mujer turca tenía duende. Pero ¿qué es tener duende?, ¿en dónde localizarlo? Los críticos de arte podrán tener sus parámetros para identificar lo bueno y lo malo, pero ese duende, esa calidad que va más allá de éstos y actúa casi de modo involuntario en nosotros, está en otro lugar. ‘That elusively defined quality called ‘quality’” mencionó el editor de PEN International Magazine (donde uno de mis relatos saldrá a finales de agosto) en un intercambio que sostuvimos por correo.

Esta semana llegaron finalmente las fechas de dos eventos para los que había comprado boletos hacía muchos meses. El primero sucedió el jueves por la noche, en el Southbank Centre, y fue la interpretación de la London Philharmonic Orchestra de obras de John Adams (Shaker Loops), Philip Glass (Violin Concerto 1), y la premier mundial de la Sinfonía de Ravi Shankar. El segundo fue anoche, en el Barbican Centre, y se trató de un concierto de Caetano Veloso. Este evento no me dejó inerte como el de la semana pasada (en el mismo lugar) de los Dirty Projectors, sino que me pareció pésimo, incluso ofensivo (creo que fue evidente que me gustaba el Caetano de hace 30-40 años, no el actual); mientras que el de la filarmónica me gustó mucho. Pero, como dije al inicio, el sentir gusto por algo no lo coloca necesariamente en ese campo de la calidad.

Fue en el momento en que la sinfonía de Glass empezó, y el violín fue destazado por el infinitamente virtuoso y carismático Robert McDuffie, que pude rozar algo del entendimiento de esto llamado calidad: el cuerpo se me tensó, la piel se me erizó, y dos goterones enormes hicieron súbita aparición en mis ojos. Estaba agarrada como águila a mi asiento, como si me fuera a caer si me soltaba, y creo que si me hubiera soltado me hubiera caído en un precipicio llamado belleza, que como el mejor de los orgasmos convoca y asusta, porque nubla la mente, la aniquila, y nos sumerge en un universo donde el poder del cuerpo es avasallador, y en sus manifestaciones más primitivas nos dice: esto es calidad.

04

07 2010