Archive for June, 2010

Apantallarse

(Impresionarse, deslumbrarse)

Este viernes cumplí años. Pasé un buen día, un día normal, agradable, en su mayoría lejos de la computadora, en frente de la cual me he dado cuenta paso mucho tiempo. Londres se portó bien: me agasajó con buen clima y temperaturas finalmente dignas de finales de junio.

Al regresar a casa en la noche, e indefectiblemente buscar mi computadora, me encontré con un gran número de felicitaciones, muchas de ellas provenientes de Facebook, varias de ellas agregando a la felicitación un “¿dónde estás?”, o “donde quiera que estés”. Me pareció extraño leer esto, pero al pensarlo con más detenimiento me di cuenta de que era completamente lógico. Mis cumpleaños 25-29 los celebré en Copenhague, mis números 30 y 31 en Boston, el 32 en Estocolmo, y el actual, el 33, en Londres.

Me impactó un poco (impacto sin carga emocional) el ser conciente de los muchos lugares en los que he vivido en los últimos años, y en lo lógico de la frase de muchas de las personas que con mucho cariño me enviaron sus felicitaciones. ¿Cómo me ha impactado haberme movido tanto?, me pregunté. Esta es una pregunta que le había planteado en su momento a Ben (que se ha movido tanto como yo), una tarde de vagabundeo por Londres, pocos meses después de nuestra llegada a esta ciudad. Intercambiamos algunas ideas informales, pero no llegamos a ninguna conclusión definitiva.

¿Cómo se celebra un cumpleaños en Londres? Como en cualquier otra lugar: haciendo lo que a una le gusta, con la gente que se quiere. La mañana la pasé perezosa, mi computadora y yo dialogando, luego me monté en un segundo piso de un bus mirando a mi alrededor (me encanta ver por las ventanas), rumbo a Notting Hill, donde quedé con una buena amiga chilena-escocesa para comer en un restaurante tailandés de dudosa higiene y buena comida, de techito de paja, y gente con poco inglés. Pasamos horas allí conversando, no de libros ni cine ni nada “inteligente”, porque mi amiga habrá leído uno o dos libros de chismes en su vida y no más, y no sabe nada de cine, y mucho menos de literatura, pero tiene un corazón enorme, y la admiro porque ha vivido en al menos 10 países a lo largo de su vida (tiene 46), y se ha adaptado, y lo ha gozado, y hace los curris más exquisitos del planeta, y me da los consejos más sabios y honestos del universo. Luego anduvimos por las calles de Notting Hill que a ratos se convertían en magmas “tercermundistas” con su basura y sus olores, hablando distraídamente. Nos montamos en el metro, ella se bajó en Baker St., yo seguí hasta la parada del Barbican, donde me encontré con Ben. Fuimos a comer a un restaurante por allí, pasamos por una calle donde se celebraba un pequeño festival con mucha cerveza y música, nos sentamos en la terraza de un sitio, admirando la presencia industrial de Londres. Comimos, brindamos porque ya son 5 cumpleaños juntos, y porque nos seguimos queriendo, cada vez más. Caminamos por calles laberínticas rumbo al Barbican Centre, donde teníamos boletos para ver un show de la banda The Dirty Projectors en un experimento sinfónico con la orquesta Alarm Will Sound. Los 5 primeros minutos me entretuvieron, pero el resto me aburrió terriblemente, por parecerme un proyecto frío, pretencioso, y vacío. No cuestiono la calidad y el virtuosismo de los músicos, pero su pedante producción no hizo más que ponerme a escarbarme las uñas.

En el intermedio me topo a un conocido tico (costarricense) que se mudó de Costa Rica a Londres hace menos de dos años, que andaba con un amigo tico suyo que ahora vive aquí. Qué sorpresa, de los poquísimos ticos que habemos en el mundo, de los menos aún que salimos del país, y de los todavía más escasos que vivimos en Londres, habíamos 3 en un mismo lugar esa noche. Mi amigo me dijo que le estaba encantando el show, y me preguntó (dando por un hecho un ) por mi opinión. Su desencanto fue grande al escuchar un sentido no de mi parte; la conversación terminó segundos después.

En ese momento supe qué era lo que había aprendido a través de la dicha de haber visto y experimentado tanto en los últimos años de mi vida: he aprendido a no dejarme apantallar, y a valorar la honestidad.

27

06 2010

Del temor al amor

Hace muchos años era más joven, y tenía unas ideas que ahora me avergüenzan sobre las relaciones. Entré a la escuela de psicología teniendo 17 años, el novio del que hablé la semana pasada estaba en Kansas, escasez de correo electrónico, comunicaciones distanciadas, un primer amor que termina. Tengo 17 años y de repente mi mundo se ve rodeado de ideas radicales, libres pensadores, anarquistas, marihuana, guitarras, progres. Me voy convirtiendo en uno de ellos poco a poco, cambio mis ropas compradas en Miami por ropas de segunda mano adquiridas en tiendas de ropa americana, empiezo a descuidar mi aspecto físico, escucho a Silvio Rodríguez, fumo un poco de esto y de aquello, cambio de amistades, me intereso por el “arte”, me adentro en un universo que se me sale de las manos, y empiezo a copiar. Copio ideas que no son mías sobre la vida, las relaciones y el amor, ideas que nunca llego a comprender pero que son las que hay que tener cuando se estudia psicología y se tiene amigos “artistas”. Ideas donde el amor, la fidelidad, lo sano, son valores anticuados. Me involucro en un sin fin de turbias relaciones, con un vacío que no hace sino crecer, sostengo que el amor es una palabra trillada y pasada de moda.

Un sábado por la mañana estoy sentada frente al psicólogo al que venía viendo por meses, le cuento historias que de solo recordar me hacen temblar de dolor, él calla, me mira a los ojos, sonríe de un modo extraño, un modo compasivo pero duro a la vez, y me dice lo equivocada que estoy, lo poco que entiendo de la vida, pensando que el amor es algo desdeñable cuando es lo más difícil de tener en esta vida. Lo miro, algo se empieza a romper, pero no del todo. Soy muy joven aún.

Pasan los años y el vacío no cesa, vivo ahora en Dinamarca, me caso por primera vez por motivos que no puedo relacionar con el amor, me divorcio, de nuevo la turbulencia, los brazos efímeros, empiezo a sostener la idea teórica de las relaciones abiertas, porque estoy en un país liberal, y supongo que suena bien cosechar dichos planteamientos. Hablo con un entonces amigo, director de teatro sueco, hijo de la bohemia escandinava, que tras escuchar mis palabras huecas y grandilocuentes me mira también con dureza y extrañeza, y me cuenta sobre el desenlace experimentado por sus padres tras años de poner en práctica esta idea: su padre es encontrado en una tina drogado, con las muñecas destazadas, flotando en una piscina roja mientras su madre se revuelca en la sala con tres desconocidos. Lo escucho, eso que se había empezado a romper años atrás cruje, y me doy cuenta de que esa desnudez interna que he venido sintiendo se llama desamor.

Esta semana vi una película hermosa, porque ahora prefiero lo hermoso, lo que comunica, lo que se conecta con una parte más real en mí, y esta película era todo esto. El film en cuestión es ‘El Secreto de sus Ojos’, producción que ganó el Oscar a mejor película extranjera este año, una película de amor, de final feliz, de personajes que se atreven a decirse las verdades y a buscar una vida honesta, inédita. Darín (Espósito), quien tras años de postergación se confronta con la desgarradora pregunta de ‘¿cómo se hace para vivir una vida llena de nada?’, ha decidido enmendar su camino, sellar ese vacío que había venido cargando por 25 años, consciente de que nunca es demasiado tarde para empezar a vivir.

Al inicio de la película Darín escribe en un papel la palabra ‘Temo’, que es el sentimiento que lo acompaña a lo largo de su travesía. Al final del film logra cambiar su mensaje del temor al amor, escribiendo ‘Te Amo’ en aquel papel. Yo estoy en lo mismo, introduciendo esa A en cada espacio de vida posible, y en ese afán no pasan los días, sino que son.

20

06 2010

Lo mundial

A los tres años de relación con mi primer novio, me citó una noche con tono grave para comunicarme que se iba del país, que había sido aceptado en una universidad de Estados Unidos para cursar su postgrado. Yo estaba aún en el colegio, tenía 17 años, y el extranjero, los estudios de postgrado, la relación a distancia, eran todos elementos lejanos a mi universo adolescente. No supe qué decir ni cómo reaccionar, entonces él, al notar mi desconcierto, me tomó con gentileza la barbilla y la elevó, dirigiendo mis ojos hacia un cielo copado de estrellas. ‘¿Podés verlas?, preguntó, ¿las Tres Marías?’ Me puse nerviosa ya que nunca he tenido talento para ubicar constelaciones. ‘Cada vez que veás las Tres Marías, prosiguió, quiero que sepás que yo estaré viendo las mismas estrellas y pensando en vos’. Un muy dulce y romántico intento de obviar la muy real distancia de miles de kilómetros que nos iban a separar de ese momento en adelante; el problema radicaba en que a mí eso de ver estrellas no me llamaba mucho la atención, y que una parte de mí no podía creer que ese cielo costarricense, desde donde caían lluvias torrenciales, tormentas tropicales y sol inclemente, fuera el mismo cielo estadounidense desde donde caían copos de nieve y granizo. Le dije que haría como me pedía, consciente de que esa idea de un cielo común me parecía hueca y hechiza. Supe entonces que la relación terminaría. Así fue.

Ni entonces ni ahora sé nada de fútbol, más allá de que se trata de meter la pelota en la cancha del equipo opuesto, pero pese a esta ignorancia, me he visto a lo largo de los últimos 12 años prendiendo el televisor a cada mundial, en búsqueda de una sensación de unidad que supongo era la que mi novio de adolescencia buscaba generar en mí.

Esta sensación la experimenté por primera vez estando aún en Costa Rica, durante el mundial de Corea- Japón, la noche en la que ‘La Sele’ jugaba contra China. Había regresado a mi casa a eso de las 3am de un bar, vencida por el cansancio y empapada en cerveza, y me había metido en la cama exhausta, sin haber terminado de ver el partido. De repente un eco estremecedor me saca del sueño en el que había caído con facilidad. Un eco largo, hecho de tres letras que parecían no tener fin, un eco que se me metió en el corazón de un modo inesperado, y ya dentro de mí crecía mientras me iba dando cuenta de que era producido por el conjunto de voces de todos mis vecinos del barrio, al que se le unía el de toda la provincia de San José, y todo el país, y Centroamérica, y Estados Unidos, y Canadá, y México, y Sudamérica, y luego imaginé al eco cruzando, o viniendo, del otro lado del océano, y supe que Europa, y Asia y África y Oceanía eran parte de ese sonido cavernoso y real que me hizo sentirme conectada- desde la oscuridad de mi cuarto- a algo enorme y poderoso, algo que en ese momento sentí podía llamar humanidad. El eco se fue evaporando, y yo fui cayendo en un sueño con muchas estrellas, contenta y muy a gusto.

Pocos meses después salí de Costa Rica, llevando ese eco conmigo. Sigo sin entender fútbol, y sigo viendo El Mundial.

13

06 2010

The killer inside me

Anoche fui al cine a ver una película que me ha dejado llena de preguntas e inquietudes. No podría decir si me gustó o no, creo que es una de esas películas que impactan, más que gustan. El film en cuestión es The killer inside me, la última producción del director inglés Michael Winterbottom, cuyo trabajo he venido admirando por años.

Sabía que se trataría de una película violenta, pero como lo que he visto de Winterbottom no se ha caracterizado por el recurso a la violencia, no me sentí alarmada. Mientras esperaba en el vestíbulo del cine, tomé una revista de crítica cinematográfica que incluía un artículo sobre The killer inside me, donde se mencionaba que la novela en la que se basa (escrita en los 50 por el autor estadounidense Jim Thompson) era considerada por Kubrick como la obra dedicada a la mente de un criminal más espeluznante y verosímil jamás concebida. Me pareció curioso que 40 años después del lanzamiento de A clockwork orange Winterbottom estuviera presentando una película que seguramente a Kubrick le hubiera gustado dirigir, y que 40 años hubieran tenido que pasar para que el público británico esperara de brazos abiertos una película que augura más violencia que la entonces polémica y vedada producción de Kubrick.

A clockwork orange, con su ambiente futurista y su lenguage Nadsat, parece un cuento de hadas al lado de The killer inside me, que no le da tregua alguna al espectador. Aquí no hay disfraces, ni máscaras que protejan al público de las acciones retratadas en el film, sino solo puños, sangre, cuchillos, balas, furia. Lo espeluznante y perturbador de Lou Ford (comisario interpretado de modo magistral y valiente por Casey Affleck) es que, a diferencia de Alex, es un tipo de persona que no parece diferir de cualquiera de nosotros, podríamos ser él, o él podría ser nuestro propio comisario, vecino, colega, o incluso pareja.

Al salir del cine, evidentemente en un estado no apacible, me vino a la mente la misma pregunta que me hice tras haber visto Antichrist de Lars von Trier: ‘¿por qué?’ No cuestiono el tema de la violencia como “inspirador” o protagonista de tramas, me parece muy bien que cada quien se dedique a los temas que le resulten vitales, y tampoco demando de una película una resolución moral o ética, pero me llama infinitamente la atención la cantidad de películas que están empezando a retratar la violencia de un modo tan crudo y desolador. Es como si la senda iniciada por Tarantino, con su representación sexy y pistolera de la violencia, hubiera ido degenerando en algo mucho más macabro. Pienso en películas como Funny Games de Haneke (el film más perturbador que he visto en toda mi vida), o en Irreversible. No se trata más de la violencia hollywoodense o bélica, que curiosamente está tomando un giro mucho más intimista, con películas como The Hurt Locker y The Messenger, sino de la violencia pura que trastorna lo psicológico.

Me pregunto qué ha cambiado en estos 40 años, por qué se puede, o se busca, prescindir de la dimensión moral o política en torno a la violencia, por qué ese salto de un cierre con mensaje (A clockwork orange) a uno que nos deja inquietos, descompensados (The killer inside me).

Pienso en nosotros, los consumidores, quienes parecemos haberle abierto las puertas a producciones de este tipo, adictos a sensaciones más brutales, a impulsos más primitivos. Esta ansia ha quedado confirmada en la aceptación mundial de la trilogía Millenium, y su aún más violenta versión cinematográfica de The Girl with the Dragon Tattoo. Me pregunto si Larsson hubiera sido un best seller en los años 70, o si hubiera sido condenado como un pervertido.

Pienso en los cineastas, en sus motivaciones para llevar a la pantalla grande imágenes que en ocasiones parecen no tener un propósito más allá que el placer de la provocación. Me encantaría poder preguntarle a Winterbottom, von Trier, y Haneke sobre ese ‘¿por qué?’¿Es acaso que su fe en lo humano se ha debilitado, por lo que buscan conectarse con una parte más animal en nosotros?, o ¿será que la distinción entre el bien y el mal se ha convertido en un anticuado pasatiempo?, ¿o será que se trata de una moda y nada más?

A falta de respuestas, no me queda más remedio que continuar especulando y observando, al menos mientras lo pueda tolerar.

06

06 2010