Archive for May, 2010

Lost after Lost

A una semana del episodio final de LOST, no pretendo agregar nada especialmente nuevo al debate que la conclusión de esta serie televisiva ha generado. Un debate que, por lo que he logrado ver en algunos blogs y en Facebook, consiste, como era de esperar de una serie que ha mantenido a una gran porción del globo terráqueo pendiente de un hilo por 6 años, en una profunda decepción, o en una ciega aceptación del desenlace.

He notado que el núcleo de la discusión radica en la divergencia de opiniones en torno a si las preguntas que LOST fue sembrando durante su existencia fueron respondidas o no. Hay quienes piensan que no, o al menos no una cantidad sustancial, y hay otros que sostienen que el que se hayan respondido o no, no le resta calidad a la serie, ya que nunca se trató de resolver estos enigmas sino de responder a la GRAN pregunta de la humanidad. Un momento, me digo entonces, y me pregunto- partidaria de la primera postura- ¿en qué momento se trató la serie de la GRAN pregunta? Si mal no recuerdo (y por favor no me manden a ver la serie de nuevo, porque hay libros que leer, películas que ver, viajes que hacer, y poco tiempo para desgranar LOST una vez más), no fue sino hasta muy entrada la última temporada que se le dio un giro forzadamente espiritual a la serie, introduciendo capítulos como el de la infancia de Jacob y el personaje sin nombre.

Mi memoria me dice que el show se fue construyendo sobre la promesa o ilusión de resolución de los misterios que episodio tras episodio se fueron introduciendo. Nunca dijeron los realizadores en entrevistas  -que yo sepa- ,“el show se trata sobre la GRAN pregunta”, sino que nos hicieron creer como perritos pavlovianos que las respuestas vendrían en momentos posteriores. ¿Qué pasó entonces en ese episodio final con visos budistas donde se supone que la intervención de tres minutos de Christian Shepard (¿era su nombre la clave del meollo?) lo explica TODO? Admito mi a veces tendencia a enfocarme en detalles que me hacen olvidar la imagen total, pero yo, al apagar el televisor la semana pasada, aún no entendía nada sobre miles de misterios de la serie, tales como la alarma alrededor de la venida del hijo de Claire al mundo, o la imposibilidad del nacimiento de bebés en la isla, o el papel de personajes como Ana Lucía, o Charles Widmore y su esposa, por mencionar unos pocos.

No logro entender entonces a quienes han llegado a afirmar con vehemencia que este show no nos tuvo sedientos de respuestas particulares por 6 años (uno a mí que lo vi de corrido por Internet). Me pregunto si lo harán por necesidad, si es su modo digno de justificar todo el tiempo invertido y las emociones derrochadas frente a una pantalla, en lugar de en los brazos de alguien, o si esta creencia es producto de un gran vacío existencial que lleva a las personas a aferrarse con urgencia a frases que suenan a profundidad y son fáciles de digerir.

Lo cierto es que son las dos de la madrugada de un sábado y yo tecleo enérgicamente este post sobre una serie de televisión, lo que me lleva a admitir que es indebatible que LOST ha marcado un hito. Lo que aún creo estamos muy cerca para comprender, es si ha marcado un hito en relación a lo que entendemos como espiritualidad y a lo que creemos necesitar para alcanzar un estado de paz y sabiduría humana, o uno referente a los nuevos parámetros de éxito masivo de una producción televisiva.

Deseo de todo corazón que se trate de lo último, no porque apoye o no las maniobras maquiavélicas del marketing audiovisual, sino porque la idea de que las grandes verdades de la humanidad vengan comprimidas en televisiones plasma o en pantallas de computadoras me parece demasiado surrealista y escabrosa como para ser verdad.

30

05 2010

Aquellos tiempos salvajes

Me permito una alusión al título tan hermoso de la película de Wong Kar-wai Days of Being Wild, porque es la frase que caminando ayer por las calles de Barcelona (desde donde escribo este blog) me siguió revisitando.

A Barcelona había venido por primera vez hace más o menos 5 años. Fue un viaje muy distinto al inicialmente previsto para un mes de setiembre de aquel 2004. Cuando fue planeado yo estaba aún con mi ex esposo danés, pero cuando la fecha de realizarlo llegó nos habíamos separado, o él ya había decidido separarse de mí. Trabajaba yo en ese entonces para IBM, y ya tenía las vacaciones pedidas para aquella ocasión cuyo propósito inicial era celebrar los 30 años de mi ex. No quise quedarme sin aquel viaje, pero en el estado emocional en que me encontraba sabía que no quería hacerlo sola, así que llamé a una de mis mejores amigas costarricenses que en ese tiempo estaba estudiando su doctorado en Madrid, y le dije que qué tal le sonaban unos días en Barcelona el fin de semana siguiente. Un sí rotundo y aliviador fue su respuesta.

El viaje resultó ser un absoluto bacanal: justo lo que mi alma de recién separada necesitaba. La primera noche que estuvimos allí fue una noche de placeres más tranquilos y de reencuentros. Mi amiga, quien sí había continuado fiel a la senda de la psicología, había mantenido contacto con uno de nuestros profesores de la U, que nos había dado el curso de Normalidad y Patología (ahora me encantaría escribir una novela a lo Dostoievsky con ese título), que estudiaba su doctorado en esta ciudad y muy cordialmente nos invitó a quedarnos en su casa. Fue una noche de mucho vino y recuerdos muy agradables y lejanos. Yo pasé fascinada rebobinando la frase pronunciada por él en tono dulce y pícaro al verme después de más de cinco años: Claro que me acuerdo de vos, Sara la peleona. Pensar en mí como Sara la peleona que no se deja de nadie me reconfortó el alma.

La segunda noche en Barcelona mi amiga y yo estábamos sedientas de fiesta y cuerpos (ella creo también andaba media renca emocionalmente hablando) y fue así que muy maquilladas y con ropas ajustadas salimos a los bares del Born. Es difícil ligar cuando no se es de un lugar, porque una no tiene idea de dónde está ni a qué tipo de hombres le estás mostrando hombro y cadera. Lo bueno, es que la selectividad no era nuestro criterio principal aquella noche, y fue así que no tuvimos ningún problema en que los tipos que se nos acercaran fueran probablemente los menos atractivos y exitosos de la multitud: un argentino jovencillo que vivía de ilegal y trabajaba como asistente en una tienda de videos porno se le acercó a mi amiga, y un uruguayo mayor de voz ronca y tanguera, menos guapo pero más hombre, que llevaba desempleado una eternidad pero que prometía estar a un brinco de la afluencia absoluta, a mí. La pasamos genial con esos tipos feos, porque los feos se esmeran mucho en ser atentos y simpáticos. Bailamos con rosas en la boca en un bar muy electrónico del Born, les mostramos más que cadera y hombro, nos fuimos a meter a un oscuro bar de puerta cerrada al toque de queda de los bares barceloneses donde se fumaba mucho y se jugaba billar bajo la luz escuálida de un bombillo, caminamos ya todos muy ebrios por unas calles sinuosas y hermosas como un tren andino, y nos metimos en un cubículo que era el apartamento de los dos a besarnos las bocas y demás en costados opuestos de un sillón. La noche terminó tarde y gozada, con los primeros rayos del sol rompiéndonos en las pupilas, sentadas ambas en los andenes a la espera del primer tren de mañana de domingo.

En esta segunda visita he venido con mi esposo (guapo y simpático), con quien llevo más de tres años de matrimonio. Ayer caminamos por las calles que resultaron tan familiares para mí, pero andaba con un pulso muy distinto al de aquella vez, solo andaba, de la mano de un hombre al que amo y con quien creo (y espero) estaré el resto de mis días ya no tan salvajes, y me di cuenta de que he dejado de apresurar al tiempo, y he empezado a disfrutar de la dicha de los momentos. El momento de tomarle la mano a mi esposo en una bella ciudad, el de sentarnos en un parque cualquiera a escuchar a una orquesta improvisada, el de irnos a la cama a las 11pm y apagar las luces y poder dormir el uno al lado del otro.

Es curioso porque en aquel momento tenía 27 años y ahora casi 33; sin embargo, me siento mucho más joven que entonces, cuando devoraba los minutos con un ansia salvaje.

23

05 2010

Pertenecer

Hice un pacto conmigo misma a inicios de este año: escribir. No más para después, no más es que no sé qué decir o cómo decirlo, no más excusas para algo que debí haber empezado a hacer con el compromiso requerido desde hace mucho tiempo.  Qué más quisiera yo que poder dedicarle todo el tiempo posible a escribir, y cuando digo escribir no me refiero al momento de sentarse en la computadora a teclear, porque no es allí donde comienza la escritura; ésta se gesta de modo orgánico, como algo que se empieza a mover en el cuerpo, que sube a la cabeza, que empieza a germinar, que veo ante mis ojos urdiéndose como un ente con vida propia que no es sino hasta el momento de teclear que siento puedo empezar a manipular. Desgraciadamente estoy a años luz (y no sé si algún día no lo esté) de que la escritura sea un medio de subsistencia económica, por lo que para cubrir esta necesidad muy real he decidido dedicarme a la enseñanza del español como lengua secundaria, pese a haber estudiado psicología.

Disfruto dar clases por varias razones, entre las cuales están el ser mi propia jefa, el tener un horario flexible, el salir del capullo en el que una se mete al escribir (o The Zone, como prefiero llamarlo), pero me gusta además, y en especial, porque siendo extranjera mis alumnos han sido en todos los países en los que he vivido y enseñado un punto importante de conexión con un universo de significados que siempre se escapa de manos de quien viene de fuera.

Londres es una ciudad especialmente difícil de desentrañar. Estar en Londres no es estar en Inglaterra, sino estar en una burbuja conformada por una masa de extranjeros que están en esta ciudad en una misión transitoria y que partirán una vez ésta haya dado frutos o se hayan cansado de tratar. O estas son al menos las personas que una conoce, las que van a los festivales, las que visitan regularmente los mercados de la ciudad, las que se quedan en Londres los fines de semana. Los poquísimo londinenses con los que he tenido la fugaz oportunidad de conversar viven en un Londres impenetrable y distinto al que la diáspora pasajera jamás llegará a tener acceso.

La semana pasada deseé estar en Inglaterra o en ese Londres que existe paralelo a mi vida, quise entender el impacto de lo sucedido en las elecciones para primer ministro, ese impacto no de las noticias, sino el humano, el que se vive en los pubs, del que no se puede leer en los diarios. Los martes por la noche enseño en un college cerca de Waterloo a un grupo de 7 estudiantes que, a excepción de una checa, son todos británicos. De entre lo poco que he podido comprender de los británicos está su dificultad para ser espontáneos, por lo que me tomó cierto trabajo de motivación conseguir sus impresiones (en español) sobre lo que estaba sucediendo en Inglaterra, lo que pensaban ellos. El par más extrovertido empezó a hablar, y poco a poco el resto fue compartiendo sus opiniones. No fue mucho lo que recibí de ellos, pero me di cuenta de que a escasos meses de vivir en esta ciudad ese poco era mi nexo con esa Inglaterra a la que me cuesta pertenecer. Miré a los 7 rostros que tenía frente a mí (incluyendo el checo) y sentí una repentina ternura por el hecho de que en esta clase de una institución de Waterloo un grupo de alumnos le estaban ayudando a una joven costarricense a entender un poco mejor el lugar que ahora ella intentaba llamar hogar.

Les comenté este sentimiento, no dijeron mucho, no sé si porque no me entendieron o porque no supieron cómo reaccionar ante esta inesperada confesión, pero si alguno se ha decidido a visitar mi blog y me está leyendo en este momento, espero que lo entienda: el haberme sentido parte de por un momento fue especial.

16

05 2010

Poder ser de verdad

El dicho de que en Londres se puede hacer y ver lo que sea es absolutamente cierto.  En el poco tiempo que llevo de vivir en esta ciudad (8 meses), lo he comprobado. He estado sentada a pocas filas de Tilda Swinton y Tom Ford en conversatorios sobre sus películas, me ha tocado almorzar al lado de Willem Dafoe y su esposa, y he pasado una noche muy amena conversando con el doble de Daniel Craig en un secreto bar de Chelsea, por mencionar algunos ejemplos. Pero dos han sido los eventos que me han entusiasmado especialmente: uno tuvo lugar a pocas semanas de mi llegada, y fue el asistir a la presentación que Javier Marías hacía del lanzamiento de “Tu Rostro Mañana” en inglés, y el otro fue hace apenas 4 días, en la presentación del escritor británico David Mitchell de su quinta novela.

A Javier Marías lo vi en el Southbank Centre, en tiempos en los que aún soñaba con que mi escritura llegaría a ser una realidad por arte de magia, es decir, por un encuentro fortuito con un célebre escritor que pudiera, por medio de telepatía y gran imaginación, detectar potencial en mí, darme su email y decirme: envíame tu trabajo, que con gusto lo veré. Sobra decir que había serias depositaciones y expectativas en torno al encuentro con este escritor que por muchos años había admirado. La obra “Tu Rostro Mañana” debo confesar que me aburrió muchísimo (el inicio del fin de una ilusión), por lo que llevé conmigo “Corazón tan blanco”, que en mi memoria sigue siendo una joya literaria. Me senté en la segunda fila frontal, nerviosa, incrédula de que mis ojos estuvieran viendo a Javier Marías en persona. Debo decir que hubo una leve decepción en este encuentro, en sus fotos siempre me había parecido un hombre hermoso y enigmático, pero en persona me pareció más un hombre que ha envejecido prematuramente y está abotagado. Aun así, mi admiración seguía intacta. La charla fue impartida en el muy proper British English del escritor, que utilizó cuantas veces le fue posible la frase Not al all, not at all. Al final de una charla poco alentadora y fría, se abrió una ronda de preguntas donde lo que temía salió a relucir: la antipatía del autor. El que lo hubiera admirado por mucho tiempo no me había impedido sentir la petulancia detrás de sus letras. Decidí de todos modos engrosar la enorme fila que se movía a paso lento rumbo al stand de Marías una vez terminada la charla. Estaba con mi esposo, quien me había acompañado consciente de lo importante que para mí era este encuentro, ya que él no conocía la obra de este escritor. Infinitas variaciones de frases inteligentes y preguntas incitadoras pulularon mi cabeza agitada. Después de varios minutos de espera pude finalmente divisar al autor, con su perfil severo, su piel manchada, el cigarrillo con que sus dedos jugueteaban al charlar comedidamente con algunas de las personas a quienes les firmaba un ejemplar. Llegó mi turno por fin, y por supuesto todos los ensayos de frases adecuadas mostraron ser en vano, ya que con la mano temblorosa le entregué mi antiguo “Corazón tan blanco” y no pude más que decir una bobada al estilo de: Le traje uno viejito para firmar. Marías me miró con indiferencia, y solamente preguntó: ¿su nombre? Sara, dije, con ganas de decir, Sara la escritora, pero pronunciando tan solo un temeroso Sara. Muy bien Sara, dijo Marías a secas, disculpe que no le dedique más tiempo pero hay prisa. Tomé el libro firmado con una letra de niño problema, miré el trazo insignificante y desinteresado, y lo metí rápido en mi bolso, tratando de dejar ese horrible incidente en el pasado, huyendo con el corazón tan roto y los ojos húmedos.

La experiencia de esta semana con Mitchell fue radicalmente diferente, empezando por el hecho de que no estaba allí esperando ser la receptora de milagros literarios, sino como una persona que escribe y está consciente de que solo el escribir mucho y el escribir bien la va a llevar a algún sitio. Estaba allí para escuchar y aprender, no para ser rescatada. La diferencia fue también que, siendo Mitchell el único escritor que a la fecha nos une a mi esposo y a mí, ambos estábamos deleitados de estar allí. Si alguien se asomara a nuestra biblioteca, podría claramente trazar la diferencia entre sus libros y los míos (pese a que todos llevan mi nombre). Mitchell no solo no nos defraudó, sino que resultó ser un hombre inmensamente inspirador, de esos de los que una quisiera fueran inmortales, para asegurarse el placer eterno de su lectura y encuentros. Fuimos los primeros en entrar a la sala de Foyles, nos sentamos en la primera fila, desde donde pudimos disfrutar de la simpatía, ingenio y calidez del escritor a solo centímetros de distancia.  Mitchell no estaba allí, como Marías, para trazar diferencias ni dar cátedra, sino para charlar con nosotros, tratándonos a todos con un respeto e igualdad refrescantes. Ben compró el ejemplar de su última novela y yo llevé uno viejito, como con Marías, “Escritos Fantasma”, que considero uno de los libros más inteligentes y fabulosos que jamás haya leído. La fila era larga y se movía con aún más lentitud que la de Marías. Parece ser el tipo que se pone a charlar con la gente, le dije a Ben. Cuando finalmente alcanzamos a verlo confirmamos que estaba sumido en entretenidas conversaciones con cada persona a la que le firmaba el libro. Cuando estuvimos más cerca aún pudimos notar que no solo ponía el típico parade, sino que a cada libro le imprimía un toque personal, trazando dibujos y líneas que nacían de diferentes ángulos de la página del título. Qué hombre tan especial y hermoso, pensaba mientras me iba acercando. Al ser nuestro turno le dimos cada uno nuestro libro y entablamos una charla de lo más amena y natural con él, como si nos hubiéramos conocido de siempre. Are you Sara?, me preguntó cuando le dije mi nombre. I am Sara, le respondí con muchas sonrisas, deleitada con los dibujos que trazaba en aquel libro que había sido parte de mi vida por tantos años. Al regresarme el libro leí que había escrito. To Sara, this is you; y más abajo, encapsulado en una burbuja que había dibujado: Long and happy life. Sostuve el libro emocionada, sintiendo que en ese momento dos personas se habían quitado las ropas, tomado de las manos y puesto a charlar, como dos amigos de siempre, como dos almas cercanas que no tienen mucho que decir porque ya conocen todas las verdades.

Este evento sucedió el miércoles, y desde entonces tengo el libro junto a mi almohada, como un amuleto, como un compañero del alma, y abro esa página llena de Mitchell y de mí de vez en cuando, o con frecuencia, y con una enorme sonrisa y esperanzas me digo que ese es el tipo de escritora que quiero llegar a ser.

09

05 2010

Lo que nos hace reír

Todo romance llega a su fin, y al llegar a este fin se abre la posibilidad de iniciar una relación real, con altos y bajos. El 8 de marzo de este año escribí en este blog un texto llamado “Seducción en el Barbican Centre” donde comentaba sobre mi adoración por este lugar, su atmósfera, y los espectáculos que allí había visto. Creo que este viernes el inicio de mi relación real con el Barbican se dio. Había comprado tiquetes para un show del que no sabía qué esperar, llamado I went to the house but did not enter. Lo primero que me llamó la atención fue el título, que me pareció infinitamente enigmático, y lo segundo fue la escenografía. El título continúa pareciéndome incitador, y la escenografía probó ser ingeniosa, pero el resto de la función fue un desastre somnífero.

La sala estaba llena de alemanes ya que Heiner Goebbels, el director de esta pieza, es un reconocido director y compositor de música alemán. Hubo risas en momentos en los que a mi esposo Ben y a mí nos fue imposible siquiera esgrimir una sonrisa. Tras cierto intercambio de opiniones, estuvimos de acuerdo en que se trataba de risas alemanas.

Mientras veía esta horrorosamente tediosa pieza teatral tuve que entretenerme con algún otro pensamiento, y lo que vino a mi cabeza fueron reflexiones sobre el humor. Pensé primero en lo cultural que tiende a ser, y recordé a un amigo mío costarricense casado con una mujer holandesa que, cuando yo aún vivía en Costa Rica, solía pasar por mi casa al menos cada sábado de por medio para ver Sábado Gigante. No estoy segura de si aún transmitan este programa o no, pero para quienes no lo conozcan, se trata -o trató- de un programa televisivo de concursos conducido por un mujeriego chileno llamado Don Franciscoooooo, que todo el show se dedicaba a hacer chistes sexuales a las modelos y mujeres participantes. Suena horrible, lo sé, pero lo cierto es que en algunos momentos no podía evitar reírme con mi amigo de las barrabasadas que salían de boca de este hombre que más bien parecía un sapo. Su esposa, proveniente de países con un set de valores muy distintos, o no podía permitirse reír con estos chistes, o no le hacían ninguna gracia.

Cuando estaba convencida de que el humor es absolutamente dependiente de la cultura o el país de proveniencia, recordé la primera noche que pasé con Ben, y empecé a dudar de mi hipótesis. Ben es de Michigan, Estados Unidos, yo de San José, Costa Rica, pero pese a esta diferencia de cultura y proveniencia, jamás nadie me había hecho reír tanto y con tantas ganas como lo hizo él la primera noche que salimos juntos. Llevamos 4 años de relación, y aunque en ocasiones tengo que pararlo en seco y decirle con todo el cariño del mundo que deje de contarme ciertos chistes, porque no me hacen ni me harán gracia nunca, en su mayoría tenemos una relación de muchas risas y diversión.

¿Qué es entonces lo que nos hace reír?, pensaba mientras la ópera alemana-británica continuaba como un ruido necio en el fondo. Pensé posteriormente que, nos guste admitirlo o no, Hollywood parece haber encontrado parte de la fórmula universal del humor. Estaría dispuesta a apostar que no hay nadie sobre la faz de la tierra que no se haya reído al menos en una escena al ver una película como Meet the Parents. Yo, al menos, me reí en casi todas las escenas de este film, así como en las de su continuación.

Hacia el final de mis reflexiones, cuando había considerado el aspecto cultural y el universal en el humor sin llegar a conclusiones certeras, me emocionó la idea de poder saber qué pensarían otras personas al respecto. ¿Habrá contribuido Hollywood a globalizar el humor, o habrá explotado esa parte ya global de lo que nos hace reír?, ¿cómo es que podemos reírnos con amigos que no solo tienen códigos culturales distintos a los nuestros sino también lenguas diferentes?, ¿por qué hay chistes que funcionan y chistes que no? Estas son algunas de las muchas preguntas que cruzaron mi mente sentada en medio de aquel público alemán que se reía de algo que yo no pude entender. Dejo el final de este blog en sus manos, curiosa de escuchar sus opiniones sobre ¿qué es lo que nos hace reír?

02

05 2010