Archive for April, 2010

Mirar o no mirar

La mirada se ha construido en el imaginario personal y colectivo como un elemento de peligro, incluso de terror (Miradas que matan, dice el dicho). Tenemos mitos, provenientes de la Biblia y de la mitología griega, que alimentan esta creencia. Por un lado está la mujer de Lot, quien al desafiar la orden de no mirar hacia atrás en su escape de Sodoma se convierte en estatua de sal, y por otro lado tenemos a Medusa, quien con sus ojos hechiceros y su cabellera de serpientes convierte en piedra a quien se atreve a mirarla a los ojos. Estas dos historias, que en mis primeros años de vida no sabía bien en qué lado del espectro entre fantasía y realidad colocar, instauraron en mí una prudencia latente con relación a la mirada y sus influjos.

Del año uno al siete fui cuidada por una de las mujeres que más he querido y quiero aún. Su nombre, tan inusual como el de Medusa, es Claret. Cuando llegó a nuestra casa (evento que me ha sido narrado) era una jovencilla de apenas 16 años proveniente de una familia muy extensa y humilde del pequeño pueblo de Cervantes, un confín rural de la provincia de Cartago en Costa Rica. Claret me enseñó muchas cosas, entre ellas a reír, pero también enigmas que décadas después recuerdo y son ahora parte de este blog, como aquel que me transmitió al decirme que una mujer que veía a los hombres a los ojos era una prostituta. Me decía que su hermana menor, Rosa, joven de dudosa reputación, se había metido más de una vez en conflictos de faldas por haber mirado a los hombres directamente a los ojos. Tras escuchar esto, y a pesar de ser entonces no más que una niña de seis años, no pude mirar por muchos años de un modo natural, preocupada siempre de ser vista como una niña -y luego una adolescente- pervertida.

El viernes fue uno de los primeros días oficiales de primavera en Londres, el segundo día del año en que he salido a la calle sin medias. Había quedado para almorzar con una amiga catalana en un restaurante turco del área de Southbank. Llegué con media hora de antelación y me puse a leer de pie -recostada sobre la canasta portátil de mi bicicleta- un libro de Paul Auster que había abandonado en 1998, mientras disfrutaba de la intensidad revitalizadora del sol. En medio del goce y la lectura soy interrumpida por un hombre vestido de trabajador de obras eléctricas (con su chaleco de seguridad amarillo, su insignia, su walkie-talkie, su celular) que menciona en un acento inglés casi ininteligible que necesita gasolina. Yo lo miro y le indico que no tengo un carro, que me muevo en bicicleta, pero el hombre insiste, con una cercanía asfixiante. Me pide, casi me exige, que le de unas 4 libras esterlinas para poder comprar gasolina porque su camión se ha quedado varado, y me señala un callejón al que mi vista no llega a alcanzar. El hombre me ofrece darme su celular o sus llaves como gesto de garantía, “me das la plata y en un par de minutos te traigo el dinero de vuelta, después de comprar la gasolina”, me dice con pretendida honestidad. Ahora que el evento ha pasado, y que es un hecho que perdí para siempre las 4 libras que le di a este estafador para llenar un tanque inexistente, me doy cuenta de lo ingenua que fui, y me pregunto por qué no pude decirle no y moverme de lugar. Quizás fue por la alerta que la cercanía de su cuerpo con el mío disparó.

No lo sé a ciencia cierta aún, pero lo que más me llamó la atención de la situación no fue esto, sino la reacción de mi amiga catalana, quien, tras escuchar mi desafortunada historia, me dijo con firmeza, casi a manera de regaño, “En Londres jamás de los jamases puedes ver a nadie a los ojos, es lo último que se te debe ocurrir hacer”. Me quedé un poco atónita ante su vehemente instrucción, pensando dónde colocar entonces mis ojos en esta ciudad que tanta curiosidad despierta en mí. Horas después tomaba unas cervezas con mi esposo y sus colegas de trabajo y, tras compartir la anécdota, uno de los pocos ingleses de su oficina repitió las palabras de mi amiga “En Londres nunca se debe ver a nadie a los ojos.” “Pero ¿por qué?” pregunté consternada. “No sé, mucha gente desquiciada”, me dijo como quien habla de una regla incuestionable de la naturaleza.

Entre la noche de viernes y la mañana de sábado me zumbaron las palabras de mi amiga y el colega de mi marido, traté de restringir el alcance de mi mirada, hasta la tarde de ayer, en que pasé horas disfrutando de un día más de sol y calor en el parque de Battersea, donde me fue humanamente imposible no observar con detenimiento a la gente, las familias, las parejas, las expresiones, el brillo de los ojos, y me dije que no pensaba escuchar el consejo de ninguno de los dos, que prefería vivir con los riesgos del mirar, antes de sumirme en una ceguera obscura y fría, llamada protección.

25

04 2010

Des-control

Hace más o menos un mes publiqué en este blog una entrada que llamé “Vivir la ciencia ficción”. Si hubiera sabido entonces lo que iba a suceder en estos días, producto de la nube volcánica que cubre a Europa, hubiera reservado el título para esta ocasión. Debe tratarse de un caso de horror más que de ciencia ficción para quienes están estancados en un punto que no es su destino lo que está sucediendo, pero para mí, que me salvé por apenas un par de días de quedarme atrapada en Estambul, la situación, de la cual me entero desde el confort de mi casa, me parece un clarísimo advenimiento de la ciencia ficción a nuestras vidas: aeropuertos a lo largo y ancho de Europa convertidos en campamentos de rescate, miles de pasajeros extraviados armonizando con extraños en situaciones extremas, presidentes rigiendo sus países desde un teléfono o un Ipad-como es el caso del noruego-, corridas de taxi que van desde Suecia hasta España, buses que son rentados y recogen a quien sea que aparezca en el camino deseoso de movilizarse sin importar dónde, empresas aseguradoras acosadas por preguntas, pérdidas millonarias de las líneas aéreas, políticos incapaces de atender compromisos internacionales, en resumen: caos.

Esta situación me ha hecho pensar en la arrogante falacia de poder y control de los seres humanos y su parálisis ante situaciones que se salen de sus manos. La sociedad en la que vivimos está basada en la premisa de que todo es controlable y manipulable. Los desarrollos tecnológicos han ensalzado esta creencia, permitiéndonos realizar acciones que en un pasado hubieran sido imposibles, como el recibir un mensaje internacionalmente enviado en segundos en vez de semanas, por ejemplo. Esta ilusión de poderío y control es la que se ve hecha añicos en momentos en que la naturaleza, ese personaje de nuestras vidas que solo sale a relucir al momento de planear nuestras vacaciones, ruge y nos demuestra lo impotentes y pequeños que somos.

La continua e impredecible erupción del volcán islandés (no finlandés, como he visto escrito varias veces en Facebook) está generando este nivel de caos precisamente por desestabilizar la creencia de que el ser humano todo lo puede controlar. Esta ilusión de control ha sido puesta en acción incluso tras catástrofes producidas por tsunamis, o terremotos, o huracanes. No se han podido salvar las vidas perdidas (lamentablemente), pero se han podido tomar medidas de reconstrucción, así como la implementación de tecnologías que ayuden a prevenir estos desastres y a mitigar sus efectos. Pero ¿qué control se puede ejercer sobre un volcán que en el año 1821 hizo erupción dos años consecutivos?

Estoy leyendo un libro del 2005 de Enrique Vila-Matas que dice en un pasaje “Y leí que para aquellos que tienen miedo a volar probablemente haya de resultarles perturbador saber que los físicos y los ingenieros aeronáuticos aún debaten apasionadamente sobre la pregunta fundamental: ¿qué mantiene a los aviones en el aire?”. Me llamaron la atención estas líneas como recordatorio de la juventud y relativa insipiencia de la industria aérea. Adoro viajar (lo que en su mayoría implica volar) pero siempre me ha parecido algo megalomaníaca la invención humana de cruzar los aires, siendo que sólo los pájaros son capaces de hacerlo. Me pregunto en qué irá a parar esta situación, y qué mecanismo producto de la arrogancia humana será diseñado para poder seguir surcando el cielo pese a la naturaleza. Solamente espero que en este afán por preservar las bases de la sociedad moderna no se ponga en riesgo mortal las vidas de los miles de pasajeros que desesperados esperan por una solución.

18

04 2010

Estambul

Hay ciudades que nos atrapan y ciudades que no. París, de la cual escribí la semana pasada, no lo hizo. Quizá por fría, intelectual, pretenciosa. Estambul, por lo contrario, desde donde escribo este artículo, lo hizo desde el primer momento en que puse pie. Es mi segunda vez en esta ciudad, y espero no sea la última. Me siento en casa en este lugar, no sólo por el curioso hecho de parecer turca (la gente me mira con ojos sospechosos cuando les digo: English, please), sino porque hay algo en este sitio que emana vida y una extraña sensación de posibilidad.

Se equivocó Hemingway con su título de “París era una fiesta”, ya que no he conocido ciudad más vibrante que Estambul. La parte europea-mediterránea de esta metrópoli, que anida a dos continentes en su corazón, hace gala a toda hora, en todo lugar. Estambul es una ciudad conglomerada, 12.8 millones de personas la habitan, y este número se siente se esté donde se esté. Lo que me encanta de este bullicio y presencia humana es que no es opresivo para mí como visitante ni parece serlo para los turcos y turcas. Es fácil sentir la respiración de un vecino vial por la cercanía en que todo sucede aquí, pero no hay estrés ni neurosis, sino aceptación de esta realidad y así, en masa, se busca lo mejor de la vida, que aquí viene en forma de tonadas musicales que evocan profundos sentimientos, manjares que están siempre al alcance de nuestras bocas, comercios locales e internacionales que parecen nunca cerrar, bebidas con mucha azúcar que mantienen los sentidos alertas, y colores que superan cualquier gama imaginable.

Existe el otro rostro de Estambul que convive con la fiesta y el bullicio: el de la nostalgia. Por ser la nostalgia más indefinible que la euforia me ha llevado tiempo descifrar por qué este sentimiento me ha embargado no como un pesar sino como una puerta a sensaciones más profundas. He notado que hay restos en Estambul, restos de edificaciones -quizás originarios de alguno de los muchos imperios a los que ha pertenecido- que se encuentran por toda la ciudad; restos que notoriamente han ido decayendo al paso de un tiempo en que el ser humano no ha intervenido, casi como si se tratara de monumentos de la memoria y el tiempo ante los cuales se es muy pequeño para intervenir, entonces se les deja ser, como sabias esfinges, como guardianes silentes de esta ciudad que tanto ha vivido y tanto ha visto, desde los romanos y su imperio hasta la nueva república de Ataturk.

La nostalgia de Estambul también existe en sus imponentes mezquitas color olvido que se alzan como castillos mágicos en el horizonte de concreto, definiendo líneas aéreas con sus estilizados alminares que parecieran ser los lápices de la memoria desde los cuales la ciudad es convocada cinco veces al día al descanso y la paz. Las voces de los almuédanos se entrelazan para crear un óleo melancólico donde el tiempo se detiene y el corazón asiático de esta ciudad palpita con emoción.

Escribo desde el piso 18 de un hotel central donde me hospedo. Me detengo de vez en cuando para asomarme por la ventana y contemplar el Bósforo, sempiternamente plagado de barcos de todos tamaños que son como rinocerontes marinos que atraviesan el mundo con la sutileza de un delfín y la persistencia de una hormiga. Recuerdo el título de la película de Fellini “Y la nave va” y una mezcla de nostalgia y emoción y posibilidad me acoge, y entonces creo entender por qué Estambul me ha atrapado: creo que es por parecerme una ciudad tan humana, con sus contradicciones y sus recuerdos y monumentos de tiempos que no son, y su persistencia por continuar, como esas naves que van y van y van, y nunca se detienen, hasta llegar a su final.

11

04 2010

Una mancha en mi hogar

Este texto debió haber sido de tono alegre y jovial, así fue como lo había ensayado en mi cabeza durante las horas que pasé en el Eurostar camino a casa. Esta Semana Santa estuve en París por primera vez en mi vida, se suponía que iba a disfrutar de horas distendidas en terrazas, de suculentos manjares, de sol primaveral, se suponía que vería un prometedor y cotizado espectáculo de teatro y reportaría a mi regreso sobre el éxito de un proyecto social en que me he aventurado.

A París la había logrado evitar por más de ocho años. En 2002 fue mi primer viaje a Europa, ese para el que una ahorra una eternidad y que nunca se olvida como la mejor de las fiestas de quinceaños. A mis 23 logré juntar el suficiente dinero para montarme en un vuelo trasatlántico por primera vez. Antes de partir fui meticulosa en trazar mi itinerario de viaje, y pregunté por recomendaciones. Sin duda alguna París fue el denominador común, pero, pero, me decían quienes recomendaban, tenés que ser fuerte, porque los parisinos son detestables, mientras aderezaban sus sugerencias con historias de horror turístico propias o ajenas que me ponían los pelos de punta. Era evidente para mí que no pensaba derrochar el dinero que tanto me había costado ahorrar en las terrazas de unos atorrantes agresores. Estando en la estación de St Pancras Londres en aquel entonces recuerdo haberme preguntado por última vez: ¿estás segura?, como quien está a punto de darle un vuelco irreversible a su vida, y mientras me decía , mi boca pronunciaba un Bruselas, y no un París. No conozco Bruselas tampoco, de su estación salí directo hacia Brujas, y no me arrepiento ni un segundo de este giro que mi vida dio, porque bebí y comí como una reina en esta preciosa ciudad.

A París no deseaba en realidad ir a pasar estas fechas festivas, pero llevo cerca de dos años tratando de pescar un espectáculo de Robert Wilson, y resulta ser que en el Théâtre de la Ville de esta ciudad presentarían entre el 1 y 4 de abril una ópera dirigida por este dramaturgo. Este viaje, y la asistencia a este show, los vengo planeando desde hace 5 meses. Amargos fueron los días al teléfono en que tuve que llamar para comprar los boletos (porque este era el único espectáculo que no se podía reservar por Internet) ya que día tras día me topé con un rotundo No tickets, No tickets more, seguido del estallido del auricular francés en mi oído. Traté de no dejarme influenciar, quizás no eran todos los parisinos antipáticos sino solo aquellas mujeres nefastas que se presentaban al otro lado de la bocina. El resultado fue que me monté en el Eurostar, esta vez rumbo a París, avec no tickets.

Estando allá decidí disfrutar del tiempo con o sin Wilson. El viaje empezó muy bien, esto debido al éxito inicial del proyecto social que mencionaba al inicio. Hace unos meses Ben y yo nos hicimos miembros de una servicio llamado homeforswap, que consiste en intercambiar residencias con desconocidos en cualquier parte del mundo (como en las películas, sí). Pues también pasa en la vida real, y nosotros hemos sido parte de un proyecto al que creo pocos se animarían. La idea suena bien, pero a la hora de la hora da cosa. La primera incursión no fue simultánea, sino que estando nosotros en Costa Rica se quedó en nuestra casa por 2 semanas una pareja que vive en Trieste, Italia. Un señor italiano y su mujer rusa. Cada día de mi estadía en Costa Rica rogué porque todo estuviera bien al otro lado del océano, consciente de que un par de personas a las que no había visto mas que en fotos estaban durmiendo en mi cama, comiendo en mi cocina, viendo mi televisión, ojeando mis libros, mirando mis películas. Fue extraño el entrar a casa sabiendo que dos personas a las que no vimos y quizás jamás veremos habían vivido nuestra vida por quince días. El apartamento estaba impecable, solo había un par de cambios (extraños e innecesarios, nos parecieron, como el poner las sillas de la sala en un lugar distinto, o el cambiar de sitio las plantas de la cocina) que denotaban que había habido presencias ajenas. Casi como un ladrón que entra, se toma una taza de té, se prepara la cena, se acomoda, se prueba las pijamas del señor de la casa, y al irse se da cuenta de que se la pasó tan a gusto que prefiere no llevarse nada, pero por tradición decide cambiar el orden de las cosas, y mueve un par de sillas y descoloca un par de objetos.

La experiencia fue interesante y decidimos volverlo a intentar. El apartamento en que nos quedamos en París, donde vive una pareja mayor de franceses -él profesor de la distinguida Sorbonne- con su mujer, y una hija de 18 años que estudia cine, resultó ser una joya. Impecable, con exquisita decoración, enorme, en el corazón de Saint-Germain-des-Prés. Desde la ventana de la sala podíamos saludar a la Torre Eiffel. Esto hizo de París, y de sus no muy agradables habitantes, y de su clima que resultó ser torrencial y gélido una experiencia fenomenal. No solo se intercambia una casa sino estilos de vida. Me puse las pantuflas de la señora de la casa muy ufana en cuanto entramos, mi esposo tomó el elegante paraguas del profesor y lo cargó por las calles de París como si le perteneciera, llenamos la refrigeradora como si fuera nuestra, nos llevamos desayunos a la cama, mi esposo empezó a decir de vez en cuando oui sin percatarse, y al final del día, empapados y exhaustos de tanto caminar, llegábamos a casa para darnos una ducha y relajarnos en la familiaridad del hogar. Así de fácil se adapta el ser humano. Hubiera podido seguir esa vida ajena que tan fácilmente asumí sino hubiera sido porque ya teníamos boletos de regreso.

Londres se me presentó extraña al volver. “Es raro, no me siento en casa en Londres” le dije a Ben un poco afectada. “Yo tampoco”, me dijo él, “pero creo que es cuestión de tiempo”. “Cada vez que volvemos siento que volvemos a un lugar donde están mis cosas, pero no a mi hogar” le dije sin sentirme menos inquieta. “Lo mismo me pasa” dijo él sin tomárselo tan a pecho. Al abrir la puerta de nuestro hogar fue evidente que otros habían asumido nuestras vidas con tanta naturalidad como nosotros las suyas. Había un olor sin precedentes en el apartamento, no un mal olor, solo un olor ajeno, que le pertenece a personas que no somos ni Ben ni yo, había productos en la canasta comestible de la cocina que nosotros no compraríamos, los huevos estaban sobre el mostrador, nosotros siempre los metemos en la refri, había leche, algo que jamás se compra en nuestra casa. Recorrimos el apartamento como lo hace un gato al ser transportado a un nuevo hogar, recorriendo las esquinas, re observando los objetos, tocando ciertos muebles. Mis cosas, mi hogar, me fui diciendo como en un mantra sueva e hipnótico. Todo parecía estar en orden hasta que llegué a la sala comedor y sobre la mesa me encontré con una nota novelística escrita por la dama francesa en la que anunciaba un accidente, uno que mis ojos felinos no habían llegado a captar.  Habían puesto una olla hirviendo sobre el centro de nuestra muy blanca mesa de comedor que había dejado una circunferencia café indisimulable. Ofrecían cubrir el accidente por medio de su compañía de seguros, lo que implica un esfuerzo logístico de mi parte que no estaba incluido en mis planes. El asunto no es solo la logística, sino que esa mesa la compramos en una tienda cuando vivíamos en Suecia y resulta ser que la tienda no existe mas que en este sitio polar. Esto es muy reciente, pasó tan solo anoche a eso de las 10pm, esperaba que al despertar mi enojo respecto a la quemadura hubiera cedido para poder escribir esa nota armónica que debía haber llegado a este blog, pero no es así, entonces escribo lo que escribo. Lo que no entiendo bien es el porqué de la molestia, si es porque parte de ese hogar mío construido por objetos se ha dañado, o si es porque con esta mancha no puedo terminar de despachar a estos extraños que vivieron mi vida por 5 días y siguen haciéndolo, no se van, los veo cada vez que paso por mi mesa y la mancha me atrapa.

06

04 2010