Archive for March, 2010

Primera publicación

http://www.barcelonareview.com/70/s_sc.html

Durante varios años he imaginado el momento en que mi trabajo llegaría a ser publicado. Este sueño creció como una ilusión ardiente que por mucho tiempo vi difícil de concretar. El 2009 fue un año extraño, de mucha pérdida, creo, o al menos así lo veo en su proximidad. Al comenzar el 2010 decidí que era tiempo de dejar de fantasear y empezar a actuar. Los frutos de esta decisión se han presentado mucho antes de lo esperado.

Espero que puedan leer el producto de esta travesía que inicia con Reciclaje, y que espero sea el comienzo de un largo viaje.

Saludos cálidos,

Sara Caba

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03 2010

El horror

A mediados de esta semana presencié un asesinato. Era un día como cualquier otro en esta ciudad, húmedo, gris, convulso. Me preparaba para una entrevista de trabajo en el centro, o lo que para mí lo es: la zona de Oxford Circus. ¿Bus o metro? fue la pregunta que me hice sumida en los nervios que siempre vienen acompañados de una entrevista laboral. Battersea, la zona en la que vivo, no tiene metro, al parecer porque aquí se enterraron los cuerpos de la peste negra que azotó a Londres en los 1600. Decidí tomar el bus hacia la estación de Victoria, para montarme allí en la línea que me llevaría directo a mi destino final. Ningún contratiempo, nada que no hubiera hecho ni planeado antes. Me vi entonces montándome en el bus, sacando mi Oyster Card, dándome cuenta de que no tenía crédito, pagando en efectivo, corriendo al asiento frontal del segundo piso en el que siempre me siento, diciéndome que me iría bien en la entrevista, escuchando música de mi ipod. Al llegar a la estación de Victoria, una de las más conglomeradas de la ciudad, con un tráfico diario de unos 300.000 transeúntes, respiré hondo y me dije que todo estaría bien. No fue así, nada estuvo bien. Yo repetía el mantra por el terror claustrofóbico que el metro pastoso, abarrotado y decadente de Londres me genera, pero poco sabía que tendría que decírmelo tras haber visto el cuerpo de un hombre apuñalado, flotante en un mar de sangre, rodeado de caras -la mía incluida- borrosas, espantadas, incrédulas de aquel espectáculo macabro que a quienes lo vimos no se nos va a borrar de esos ojos que se llevan por dentro en mucho tiempo.

No he sido del todo honesta ni en este primer párrafo ni en las múltiples veces que he narrado lo ocurrido en búsqueda de una empatía que nadie que no haya estado allí es capaz de profesar. La historia la he contado en su mayoría en inglés, y me he visto, de modo compulsivo, decir “I saw a man getting stabbed in Victoria Station this week”. La mentira radica en que no vi el ataque ocurrir (I didn’t see a man get stabbed), sino que lo escuché, a menos de un metro de distancia. Al llegar a la estación me confundí, ya que creí recordar que en la zona en la que estaba había máquinas para recargar mi tarjeta de viaje. El hombre de la autoridad de tránsito me indicó que debía dirigirme al final del pasillo. Al llegar vi una cola similar a la de un baño público en día de festival y recordé que en el kiosco dentro de la estación, justo en frente, podía realizar este trámite. Al entrar al kiosco me sentí orgullosa de mi ingenio: no había nadie excepto los dos hombres de apariencia india que se encargan del establecimiento. Le pedí al mayor de los dos con simpatía (seguía disfrutando de mi hazaña) que me pusiera 15 libras en la tarjeta. En el momento en que el hombre iba a hacerlo empezamos a escuchar un alarmante griterío venir de fuera, a la vez que dos mujeres entraban como expulsadas de boca de un monstruo al kiosco, y se estrellaban contra una pared llena de comestibles. Las mujeres agitadas gritaban y decían: “tiene un puñal, tiene un puñal, lo están matando, lo están matando”. Bastaron dos segundos para que el orden de las cosas y las prioridades de la vida dieran vuelta, las manos nos temblaban a todos, las mujeres gritaban, de mi boca no salía más que la palabra shit, de la del hombre indio que me atendía salió la nerviosa sentencia “This is a very dangerous city”. Las mujeres salieron, me quedé de nuevo a solas con los hombres que temblaban como marionetas, y la puerta metálica del kiosco se cerró. El miedo inicial, que era el de claustrofobia y atrapamiento se triplicó, y las prioridades iniciales regresaron a su lugar: necesitaba crédito en mi tarjeta para salir de allí, para llegar a mi entrevista de trabajo de media jornada a tiempo. Le rogué concentración al hombre que seguía dejando caer mi tarjeta, le dije que necesitaba llegar a una entrevista de trabajo, y él me vio con ojos de ‘mujer desalmada’.  Supongo que su decepción ante lo que consideró mi frialdad le ayudó a finalizar la transacción, y la cortina se abrió lentamente para dejarme salir. De nuevo los gritos, ahora un coro de terror humano reunido en esta gran estación a hora pico. Sabía que al salir de mi guarida encontraría algo que hubiese jamás querido ver, y pese a que salí casi a ciegas, mis ojos se encontraron con un hombre tirado en el suelo, nadando en un enorme charco de sangre, con la camisa levantada y un pecho cortado como trozos de res al descubierto, una manada de policías y muchos otros que se aproximaban a la escena, aquella que yo no vi suceder, pero escuché.

Me pregunté si decía haber visto la acción acontecer (en vez de decir que la escuché solamente) para darle un carácter aún más dramático a mi historia, la que todos han escuchado con una atroz indiferencia, pero empecé a descartar esa hipótesis, sobre todo al darme cuenta de que el horror de ese instante crecía en mí precisamente por no haber visto. Creo que quise poder haber visto y como no vi dije que vi. No por morbo, considero que el morbo se ha malentendido, y que por eso la exposición directa a los horrores de la guerra no logran conmover a nadie (ya lo había anunciado Susan Sontag en Ante el dolor de los demás), es precisamente el ver a medias, el poner imágenes a sonidos inconfundibles lo que genera el verdadero horror, lo otro es morbo barato que, a veces para mal a veces para bien, deja a esa mirada interna en paz. ¿Cuántos eran los atacantes a los que las mujeres del kiosco se referían al decir, lo estáN matando?, ¿quiénes eran esos agresores?, ¿entrarían al kiosco a matarnos?, ¿eran jóvenes o viejos?, ¿cómo vestían?, ¿cómo embistieron a una sola persona en manada a plena luz del día?, ¿cómo son para poder protegerme si un día soy yo quien se atraviesa en sus caminos?. Recuerdo un estómago acuchillado blando y de tez clara, pero no era así en la realidad, era un chico de 16 años “paqui” de tez morena, entonces no era un pecho blanco el que yacía postrado en el frío y sucio suelo de la estación, era otro su color. Ese que mis ojos internos que aún no dejan de ver vieron era el color de la muerte, ese que ya no es color, que no vibra ni palpita. Llegué a la entrevista en un estado de shock tal que creo fue el que me permitió concluirla con éxito. Me llamaron al día siguiente confirmándolo. Esa noche, al llegar a casa después de tres horas de vida que no sé dónde encajar, me di cuenta de que no había escuchado y visto el desenlace de un feroz ataque, sino de un asesinato, el chico “paqui” al que yo vi de un modo distinto de como era, cuyo rostro no pude vislumbrar, cuyas heridas vacunas tengo grabadas en mi memoria, murió en la camilla de un hospital londinense minutos después.

Me vuelven a temblar las manos al volver a rememorar los hechos. He leído esta tarde una noticia en el periódico sobre Polanski que me ha hecho pensar en Rosemary’s Baby. “No le puse cara al demonio porque no hay horror más grande que el que uno mismo pueda imaginar”, creo que fueron sus palabras al explicar por qué nunca se ve el rostro del mal. Me pegunto entonces, si sería ese el mal que aquel delirante, obeso y enfebrecido Marlon Brando trataba de asir al pronunciar una y otra vez the horror, the horror.

Me sigo preguntando.

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03 2010

Belleza clásica

Esta semana tuve la oportunidad de ver el estreno de una película italiana dirigida por Luca Guadagnino y protagonizada (y producida) por Tilda Swinton llamada Io sono l’ammore (I am love). Lo primero que me atrajo a esta película fue el título, me pareció valiente que una película de cine independiente se ocupara de un tema que en este ámbito pareciera ser considerado como trillado y convencional. Me llamó posteriormente la atención, o me capturó, mejor dicho, la música del film, un intenso remolino minimalista que en el tráiler navega por laberintos de una mansión habitada por seres de vidas almidonadas y editadas. Decidí comprar boletos para la premier de la película, la cual resultó ser maravillosa. Quisiera poder acabar mi escrito con esta atinada palabra, pero temo que, siendo el concepto de maravilloso tan plural y a veces irreconciliable, me veo en la necesidad de explicar por qué este film es maravilloso, y por qué la experiencia como espectadora fue tan deleitable.

La música -una compilación de las piezas del compositor John Adams-  es uno de los protagonistas principales de la película que se encarga de potenciar lo dicho y hecho, y de hablar en los momentos en los que los personajes callan. Esta capacidad casi verbal de lo musical fue de los elementos que más me sorprendieron de esta producción. Me pareció maravilloso además que siendo el año 2010 esta película lograra sumirme, por medio de una elegancia y dramatismo propios de los clásicos del cine como Citizen Kane de Welles y The Birds de Hitchcock, en un tiempo en que el no había que concentrarse para seguir la trama de un film sino que había que dejarse llevar, tratándose de una experiencia no intelectual sino más bien sensorial. Me gustó la historia, también, simple, relacionada con la vida de cualquier persona (pese a que la trama girara en torno a una pudiente familia de industrialistas italianos), y pensé que era reconfortante que una película independiente tuviera la humildad de tratar temas de la cotidianidad humana como lo son la hipocresía en las relaciones, la tensión generada por los secretos de familia, el deseo de amar y ser real. Durante el transcurrir de la película no supe si era la historia o el estilo de la misma, o ambos, lo que me tenía tan compenetrada, pero el sólo hecho de haberme planteado esta duda me hizo estar segura de que esta película estaba destinada a perdurar.

Me gustó que Swinton y Guadagnino, quienes acudieron a una sesión de preguntas y respuestas tras la proyección, dijeran que habían querido crear una película hermosa , ya que lo hermoso parecía haber caído en una categoría desestimable, y que para esto habían formulado un melodrama, precisamente por ser el género que trata de la vida y sus emociones, y por permitir, a diferencia del drama, una resolución positiva. No sé en qué momento se llegaron a satanizar los finales felices en el cine independiente, pero es una pena, ya que si los viéramos más en la pantalla (los de verdad, no los de Hollywood) quizás nuestras vidas estarían más llenas de ellos.

Les recomiendo esta película por ser maravillosa, sí, y también por ser un verdadero trozo de cine, de ese donde
la frase de luces, cámara y acción se cumple a cabalidad.

21

03 2010

Vivir la ciencia ficción

Las candidatas al Oscar para categoría de mejor película de este año reunieron un peculiar grupo de géneros: animación, bélico, comedia, drama, socio-político, y ciencia ficción. En estos días me he dedicado a ver en casa algunas de las muy variadas películas que componen este grupo. La elección de ayer fue entre The Hurt Locker y District 9. Estaba de humor laxo y relajado por lo que descarté un drama de guerra, y me decidí por el film de extraterrestres.

De la película en sí no tengo nada positivo que decir, lo que supongo me pone en una categoría de minoría, ya que sorprendida leí posteriormente que había recibido críticas estelares. Mi descontento hacia la película creció al informarme de que su principal objetivo era el de aleccionar sobre hechos socio-políticos del pasado (el desalojamiento de los residentes no blancos del Distrito 6 en Ciudad del Cabo durante el Apartheid), y no el retratar una realidad futurista, como lo han hecho las mejores piezas de ciencia ficción. Lo que me llamó la atención del film, entonces, no fue el film en sí mismo, sino el hecho de que haya sido Johannesburgo la ciudad escogida para filmar una película de este género.

Hace pocos meses Ben y yo estuvimos de visita en Sudáfrica, y al contrario de la mayoría de los turistas decidimos pasar 4 días en esta ciudad. Estando allí me di cuenta de que había algo más profundo y ominoso que la visible división de pieles y recursos. Existen, tal y como lo retrata District 9 de modo en extremo pedagógico, dos mundos que coexisten en una ciudad que es totalmente distinta dependiendo del color de piel que se tenga. El mundo de los blancos es sobre ruedas, el de los negros a pie, el de los blancos es de concreto y piscinas, el de los negros de latas e inmundicias.

Pero no era en este hecho donde residía lo siniestro de este lugar, sino más bien en el modo en que Johannesburgo existe hoy en día como una ciudad invertida que carece de núcleo y unidad. El centro de la ciudad, que a inicios de los 90 empezó a ser reclamado por la población negra que había sido expulsada hacia los territorios del sur durante el Apartheid, tuvo como consecuencia el éxodo de los blancos y del comercio, convirtiendo a esta área un día central en una zona de abandono y deserción; tal y como sucedió en Detroit hacia el final de los 60. Ambas ciudades comparten un centro derruido que se convirtió en zona fantasma tras la desaparición de zonas comerciales y de recreación, y una periferia rica y blanca que se extiende hacia el norte como una sombra cada vez más irreconocible de lo que un día fue una ciudad.

No le bastó a los blancos pudientes con desahuciar el centro de su ciudad, sino que aterrorizados de que aquello que había quedado encerrado en su interior se propagara optaron por una vida de murallas: las murallas de sus carros, de sus oficinas, de los centros comerciales donde se entretienen, y las de sus hogares. No me refiero aquí a las cuatro paredes típicas de una edificación, sino a murallas de kilómetros que encierran universos con casas, centros comerciales, parqueos con seguridad, gimnasios, escuelas, colegios, universidades, edificios de oficinas, salas de masaje y campos de golf. El sudafricano que puede costearse una residencia en uno de estos populares estates, puede dormir en paz, protegido de la vida misma. La normalidad en Johannesburgo consiste en la materialización de una ecuación de horror a la que más y más ciudades en el mundo están acercándose: vida=peligro, encierro=seguridad.

Estando allí y contemplando estos hechos no pude dejar de pensar en una película de ciencia ficción protagonizada por Bruce Willis que vi en diciembre llamada Surrogates. El film trata sobre un futuro en que los seres humanos no salen a la calle aterrorizados por el clima de hostilidad e inseguridad (real o imaginada) que reina, y en su lugar viven desde la comodidad y seguridad de sus casas mientras, conectados a una computadora, pilotean a un androide que vive la vida por ellos: un sustituto.

Johannesburgo no me impactó por su pobreza, o su división de clases, ni su criminalidad, elementos todos que por desgracia están presentes en muchas otras partes del mundo, me impactó al darme cuenta de que lo verdaderamente siniestro consistía en que en esta ciudad invertida que ha perdido la cordura y la unidad el oscuro futuro se ha convertido en realidad.

14

03 2010

Seducción en el Barbican Centre

A los pocos días de haberme instalado en Londres tuve el primer encuentro con el Barbican Centre, lo digo de este modo, como si se tratara del inicio de una relación, porque así es. Se encuentra una al llegar al más recóndito lugar (al menos para quien lleva tan solo un mes en Londres y se transporta del suroeste al este de esta inmensa ciudad) con un universo desnivelado y cromado de formas, aromas, sonidos, estímulos, bebidas, sillones, lámparas, glamour. Ben (mi esposo) y yo nos aventuramos a este centro movidos por un par de noruegos famélicos y talentosos, reencarnaciones nórdicas de Simon & Garfunkel, que componen una música de lo más melódica y nostálgica –al mejor estilo escandinavo- llamados Kings of Convenience (http://www.kingsofconvenience.com/). No nos arrepentimos ni un segundo del largo viaje que se extendió hasta casi dos horas, ya que tuvimos la suerte de asistir a un concierto dotado de carisma y calidad musical. “Es como tocar sobre mantequilla,” decía emocionado uno de los miembros al pasar sus dedos sobre el recién afinado Steinway.

Las siguientes visitas al Barbican fueron igualmente gratificantes. En nuestra segunda aparición vimos a la agrupación suiza Öper Öpis presentar un muy bien logrado espectáculo de circo, danza, teatro y música electrónica (http://www.guardian.co.uk/stage/2010/jan/14/oper-opis-review), y en nuestra tercera visita tuvimos el gusto de participar en un petit comité performance escrito, producido y actuado por la valiente e ingeniosa Ursula Martínez, actriz de cabaret británica-española que nos deleitó con su filoso humor bicultural y su natural irreverencia, la cual llevó a la actriz a desnudarse casi por completo frente a su público, digo casi porque lo único que quedó pendiendo de su cuerpo fue un pañuelo que colgaba de su vagina, tal y como lo hizo en el muy visto y comentado video que circula en Internet de su número Hanky Panky (http://video.google.co.uk/videoplay?docid=-677067018495753751&ei=DhyUS-PeDIyC-AbLzs3fAg&q=ursula+martinez&hl=en#)

Esta tarde ha sido mi cuarta visita al Barbican. Las cosas han ido mejorando, en vez de 2 horas nos tomó tan solo 45 minutos llegar, e incluso logramos idear una ruta que nos permitió comer un suculento bocado en el mercado de Spitalfields. Teníamos Ben y yo altas expectativas sobre el espectáculo de hoy, llamado The Manganiyar Seduction. ¿Quién no va a tener expectativas en relación con un show musical en el que 43 músicos musulmanes provenientes de los desiertos indios de Rajastán interpretan su música colocados dentro de enormes andamios fluorescentes de terciopelo carmesí cual emulación de las vitrinas humanas del distrito rojo de Ámsterdam? Las grandes expectativas suelen ser un grave error por tender a no ser satisfechas, pero no fue este el caso, ya que no hay descripción, ni frase, ni truco de mercadeo capaz de sobrepasar el poder y la sinergia que se concentran en una pequeña sala de conciertos en cuyo espacio no dejan de explotar sorpresas musicales al ritmo de cortinas de terciopelo rojo que se abren ante nuestros ojos, aumentando el goce sensorial, haciéndonos llegar a lugares antes desconocidos del éxtasis sonoro.

Cuando me emociono mucho se me tensa el cuerpo, no por falta de disfrute, todo lo contrario, por la incontenible emoción que me habita. Mi cuerpo no tuvo ni un minuto de reposo en la hora y media que duró el maravilloso despliegue de notas y colores que fueron orquestadas de un modo magistral por un intenso y febril director que con sus pies descalzos (como el resto de los músicos) danzó por el escenario tejiendo lo que fue un espectáculo no solo digno, sino obligatorio de ver.

Si hay una recomendación que pueda hacer a seis meses de vivir en Londres es: busquen a The Manganiyar Seduction, persíganlos, rastréenlos, preséncienlos, y entonces entenderán mis humildes palabras, que son torpes intentos de tocar algo del esplendor que esta banda de músicos logró materializar con tonadas provenientes de sus musicales desiertos.

Los dejo con una pequeña muestra de este universo de seducción que hay que ver para creer, ¡créanme!

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03 2010